El siguiente paso

Foto por Phil Eager

¿Ahora qué? ¿Qué hago?

Por Keila Ochoa Harris

¿Y ahora qué sigue? Me he preguntado esto en diversas ocasiones, cuando termino de llenar un formulario con mis datos para algún trámite oficial y miro alrededor. ¿Ahora qué? ¿Dónde lo llevo? ¿Qué hago?

Sucede lo mismo con el camino de la vida. He elegido a Jesús. ¿Ahora qué? 

El momento de elección es mágico, tanto así que los que transitan por él siempre regresan a ese punto cuando se extravían, y lo relatan con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos, pues se trata de un momento trascendental, un cambio de dirección, una nueva aventura. 

Pero ¿y después? El apóstol Pablo lo explica en el libro de Colosenses: «De la manera que recibieron a Cristo Jesús como Señor, ahora deben seguir sus pasos» (2:6).

En un campo verde o en un terreno pedregoso no se vislumbran senderos claros. Solo se ve el pasto, y en algunas partes éste luce más seco debido a las pisadas. La vida cristiana, en mi opinión, no se traduce como una carretera moderna, con señalamientos claros, asfalto y ayuda en el camino. Simula más bien un viaje donde las estrellas dirigen y uno encuentra posadas en el camino para refrescarse y proseguir. 

Pero también comprendo que la vida no es al cien por ciento una caminata, como cuando salgo a practicar senderismo; sino que incluye despertarme, tomar una ducha, salir a la escuela o al trabajo, lidiar con las pequeñas tribulaciones diarias, llamar por teléfono, escribir correos, contar el dinero para hacerlo rendir y relacionarme con otros. 

¿Cuáles son los pasos de Jesús que debo seguir? 

Una interpretación errónea sería vestir como en el primer siglo en Palestina y hacer exactamente lo que hizo Jesús. ¿Multiplicar panes? ¿Conseguir doce discípulos? ¿Hablar a multitudes? ¿Andar sobre el mar?

Cuando interpretamos la Biblia, lo más lógico siempre resulta lo más acertado. Seguir los pasos de Jesús implica vivir como él vivió. ¿A qué me refiero? A cambiar mi mentalidad y ver las cosas como Él las vio. A realizar ciertas acciones concretas como el perdón, el amor y la constancia. 

Un paso a la vez. 

¿Y si fallo? Soy una mujer de orden. Decenas de papelitos decoran mi escritorio y mi refrigerador. En ellos anoto mis pendientes, mis listas y mis objetivos. Cuando en un día puedo palomear cada artículo en la lista, me felicito.

A veces hago trampa. Borro una anotación de uno de los papelitos y lo copio en otro. Lo pospongo, pero me repito que se llevará a cabo en su momento. Sin embargo, cuando la lista queda con pendientes, cuando por la noche me doy cuenta de que mis proyectos no se cumplieron, me entristezco y me castigo. 

Comencé la vida cristiana de la misma manera. Papelitos con pendientes: orar por la mañana, hacer el devocional matutino, realizar una buena obra, compartir con alguien de Jesús, orar por la noche, leer la Biblia otra vez. 

No hubo un sólo día en que lograra cumplir todos mis buenos propósitos. De hecho, generalmente fallaba en tres o más. Así que me taché de mala cristiana y de alguien que no merecía gracia ni vida eterna. 

Si bien en mi juventud por lo menos abarcaba dos o tres actividades de mi impuesta lista, a la hora de tener una familia el sueño se desvaneció por completo. Imposible mantener un horario. 

Pero en el camino de la vida cristiana andamos un paso a la vez. Y Jesús no está a nuestro lado con una libreta en mano para marcar cada vez que erramos. De hecho, me parece que tiene tanto amor y misericordia, que nos anima a acertar, pero nos da un campo con un abundante margen de error. 

Me explico mejor. Al hacer mis listas, es como si delante de mí viera una pisada del tamaño del pie de mi padre. Debo complacerlo al acertar, pero aún más, debo «caber» dentro de ese espacio. 

Sin embargo, Dios no es mi padre. Su pisada no es la de un ser humano. Dios es Dios. ¿No será que su pisada es diez, veinte, cien veces más grande, y que, por eso, al avanzar por fe, al levantar mi pie para dar un paso, forzosamente caeré dentro de la pisada? Quizá no le atine a la mitad, pero sí en la periferia. ¿Y no será suficiente?

Mis listas no sirven salvo para frustrarme y derrotarme. Pero en Jesús hallo gracia. La gracia suficiente para dar el siguiente paso de fe. El único modo de no errar es si Él me toma de la mano, apunta al piso y a su pisada, y me ayuda a atinarle. Así de fácil, así de difícil. 

Así que me abrazo a Él y me aferro, como mi hija se cuelga de su papá para que él no se vaya al trabajo. Él es el camino, Él ha hecho las pisadas, Él me guiará. Éste no es un viaje donde Jesús se sienta como espectador para ver qué hago. Más bien es su modo de recordarme que Él hace todo: me da la vida, me da las opciones, me muestra el camino. Él va a mi lado, y de ese modo, puedo dar el siguiente paso.

Mi abuelo contaba la anécdota de un niño que se extravió. Se acercó a un señor de traje gris y le pidió indicaciones sobre cómo ir a su casa. «¿Sabes tu dirección?», le preguntó el hombre. 

El niño la recitó de memoria. Entonces el señor contestó: «Camina dos cuadras hacia arriba, luego giras a la derecha. Tres calles después, te toparás con un crucero. Gira a tu izquierda para más tarde…».

Esto hacen las religiones, las que creen conocer el camino y hacen listas y listas que jamás se cumplen. Pero el niño encontró a un segundo hombre. Le hizo la misma petición, luego recitó su dirección. El hombre entonces lo tomó de la mano y le dijo: «Yo te llevo».

Eso hace Jesús. Él es el camino. Él es el guía. Él es la pisada siguiente. Sólo me debo dejar conducir.


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