Confesiones de una hija de pastor, Capítulo 1

Imagen por Frida García Retana

Sobre la ropa

Por Keila Ochoa Harris

Me llamo Priscila y soy hija de pastor. Priscila fue una mujer importante en la iglesia primitiva, o eso siempre dice mi papá, y por eso me llamaron así. Supongo que no me debo quejar, pues a una amiga de la escuela le pusieron Hulda, como la profetisa del Antiguo Testamento. Afortunadamente cuenta con dos nombres: Hulda Miriam, así que todos le decimos Miri. ¿Y a mí? Solo Pris.

Por si te lo preguntas, no es precisamente fácil ser la hija del pastor. El rol pesa más con cada año que pasa y a mis diecisiete primaveras, cuando creía que ya lo había superado, algo más nubla mi horizonte. Quizá por eso he decidido escribir estas confesiones en mi diario. Realmente no sé qué llegará a ser de esta libreta que recibí hace tres días en mi cumpleaños.

Por otra parte, si mi vocabulario te parece en ocasiones elegante y poco moderno, puedes culpar a mi maestra de redacción, miss Paty Torres. Desde primero de secundaria ha insistido en que para progresar en la vida se necesita hablar y escribir correctamente. Nos ha pedido ensayos y composiciones cada semana durante más de cinco años. Supongo que por eso me identifico más con la pluma que con otros medios.

Además del diario, mi mamá me regaló una blusa sencilla que me parece que vi en un supermercado y mi papá me sorprendió con unos jeans. Por supuesto, no están rotos, ni desteñidos. Realmente no puedo culpar al trabajo de mi papá en este tema de la ropa, pues quizá todas las adolescentes del mundo sufren del mismo problema.

¿A qué me refiero? A que la moda parece ir en contra de los gustos y las buenas costumbres de nuestros progenitores. Me acuerdo cuando, a los trece, llegué a la iglesia con una blusa de tirantes. La hermana Sofía arrugó el entrecejo. Debo aclarar que no es mi hermana. En la jerga evangélica todos nos decimos «hermanos o hermanas», sin que tengamos lazos familiares. En fin, la hermana Sofía se acercó y me dijo: «Esto no es propio para la hija de un pastor».

Esa fue la primera prenda de muchas. Aprendí que tampoco las minifaldas, las camisetas de grupos de rock pesado ni las botas rudas compaginaban con la decencia que debía componer mi guardarropa. 

Quizá por eso empecé a considerar los domingos como días de poca moda y «no-intentes-gran-cosa-porque-de-todos-modos-alguien-te-va-a-criticar». 

Ese día, en particular, me decidí por los jeans que me regaló mi papá y la blusa que me dio mi mamá. Mi único grito de protesta se resumió en mis tenis Converse que, por supuesto, nadie notó.

Eso traía puesto en la cuarta fila del lugar de reunión, con mi mamá a mi izquierda y mi hermano Aarón, de once años, a la derecha. En eso, algo captó mi atención y mi corazón se detuvo por diez segundos. Sentí un hueco en el estómago y confirmé que mi vida cambiaría para siempre. 

Jamás había visto a un muchacho tan guapo. Su cabello hasta la barbilla combinaba con su altura, tipo jugador de baloncesto. Traía unos jeans deslavados y rotos, y una camisa de la Fórmula 1. Ojos negros. Nariz perfecta. Mil veces mejor que mis actores preferidos. Venía con su mamá, Amalia. Una mujer que comenzó a participar en nuestras reuniones desde enero. Mi mamá la saludaba con cortesía. Mi papá solo decía que tenía muchos problemas. Pero estoy segura de que su hijo no era uno de ellos.

Se colocaron dos filas detrás, después del pasillo. Yo no podía pensar en nada. Tenía que seguir la letra de los cantos en la pantalla, mientras que con el rabillo del ojo lo vigilaba de cerca. ¡Y yo de jeans! No de los que resaltan la figura. No con una blusa de marca, sino con la que mi mamá me compró en el supermercado.

«Trágame, tierra», dije en un murmullo, pero mi mamá me dio un ligero codazo.

Traté de fijar mis ojos al frente y no sudar más de la cuenta. Sería el colmo manchar la blusa con sudor y apestar a futbolista después de un partido. Decidí mejor observar al grupo de alabanza. 

Ahí estaba Christian, mi «amor platónico» de la iglesia. Nos conocemos desde que yo tenía doce años, aunque él es mayor que yo y ya cursa la universidad. Toca bien la guitarra, pero de pronto ya no me parecía tan atractivo. Tiene lo suyo, ciertamente. Un cabello castaño aceptable, ojos amables y hoyuelos en las mejillas. Pero nunca ha hecho palpitar mi corazón como el chico nuevo.

En el teclado se encontraba Emiliano, mi amigo desde que estábamos en el cunero. Su papá era un diácono en la iglesia; otro de esos puestos que hace que todos te miren. Emiliano, con sus gafas y su corte militar, un poquito pasado de peso y esa manía que tenía por morderse las uñas, alzó la vista y me envió una sonrisa. Yo desvié la mirada. No quería que el chico nuevo malinterpretara nuestra amistad. Aunque, obviamente, el chico nuevo lucía confundido y sus ojos no pasaban de la cabeza que tenía adelante.

La reunión se me hizo eterna. Cada canto duró más de cinco minutos o eso me pareció. Los anuncios solo me recordaron los horarios de siempre: reunión para damas, reunión para varones, reunión para jóvenes y clases para niños. Luego mi papá se puso de pie para predicar. Toda posibilidad se acabó en ese instante. Mi papá dio uno de los sermones más aburridos de su carrera. Seguramente el chico no volvería jamás.

Cuando finalmente alguien pronunció el «amén» de despedida, giré la cabeza. Amalia y su hijo saludaban a los más cercanos. La sonrisa de la madre bien podría producir suficiente energía para alumbrar una ciudad. Sin embargo, yo decidí escabullirme y arrastré los pies a la parte de atrás donde me esperaban mis dos amigas incondicionales.

Desde la distancia observé el cabello alaciado de Pau y su vestido de verano que resaltaba su perfecta figura. Incluso Tomy (un apodo para Antonia), que casi no se arregla, llamaba más la atención con su falda recta y su blusa de olanes.

—¿Vieron al chico nuevo? Deberíamos invitarlo a la reunión de jóvenes —dijo Pau de inmediato.

—Dile a Emiliano, Pris —insistió Tomy—. Él es el encargado.

—¿Yo qué? —Emiliano apareció con una sonrisa.

—Hay un chico nuevo. Te acompaño para invitarlo a la reunión. 

Pau lo tomó del brazo y se marcharon por el pasillo. Yo me quedé ahí petrificada.

—Pris, ¿estás bien? Parece que has visto a un fantasma —me preguntó Tomy.

—Todo bien, Tomy —respondí mientras suspiraba. No. No era un fantasma. ¡Era el amor de mi vida!

—¿Y cómo estuvo tu cumpleaños en casa? —siguió Tomy.

—No la pasé tan mal. Mi hermanito Aarón me regaló una tarjeta de iTunes y eso mejoró notablemente la lista de obsequios. Pasé un buen rato pensando qué música descargar.  

Esa noche, mientras depositaba la blusa de supermercado en el cesto de ropa sucia, repasé mentalmente las prendas en mi ropero. Tenía muchas cosas hermosas que hubiera podido combinar o planchar de antemano. Uno podía usar ropa «decente» y verse hermosa. ¿Acaso no era eso lo que hacía Tomy?

Lancé un profundo suspiro. ¿Qué habría pensado de mí el chico nuevo? ¿Me habría ubicado en medio de tanta gente nueva que conoció hoy? Solo rogué para que no me identificara como «la-chica-de-la-blusa-del-supermercado».

Todos los derechos reservados.
D.R. ©️ Keila Ochoa

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