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Entre frutos y comida: Un döner kebab más

Amor

Por Keila Ochoa Harris

—Un döner kebab más, Elif —le ordenó Ali.

Elif colocó lechuga picada, col, cebollas, pepinos y tomates entre dos panes, una especie de emparedado previamente calentado. Luego añadió la salsa picante y terminó con la carne. El döner kebab estaba listo.

Elif preparaba comida todos los días. Su suegro, quien ya no se podía levantar debido a la vejez, le había enseñado a cocinarlos cuando ella llegó a Alemania. Allí, en ese pequeño restaurante conoció a Ali, su marido, y aun cuando en ocasiones le dolían los pies por permanecer muchas horas parada o incluso si su cabello se impregnaba del aroma a aceite caliente, Elif se consideraba afortunada, más no del todo feliz.

Su suegro le había dicho: —No estés triste, pequeña Elif. Si lloras o lamentas tu mala suerte, tus lágrimas traspasarán la comida y le provocarás indigestión a los clientes.

Pero nadie comprendía su tragedia. Elif había nacido en el sur de Turquía, en una provincia pobre. A los trece años, perdió a sus padres y quedó a cargo de Mustafá, su hermano mayor. Juntos emigraron a Estambul en busca de oportunidades, pero no supieron cómo sobrevivir. No sabían hacer nada y tenían miedo.

—Tengo hambre —ella se quejó una mañana.

—Vendamos el broche de oro de mamá. Por lo menos conseguiremos algo para comer —le dijo Mustafá.

Ella lo apretó entre sus dos manos: —¡Nunca! Es mi último recuerdo de ella. Antes de morir dijo que hay cosas que no tienen precio.

Pasaron muchos días de hambre y pena. El vientre se les endureció y las tripas se les encogieron, pero ella no entregó su broche.

Cierta noche, Elif escuchó que unos hombres hablaban con su hermano de quince años.

—Mustafá, danos a tu hermana. Te pagaremos bien.

¿Ofrecían comprarla? Tal vez la usarían para limpiar casas o para trabajar en fábricas donde les exigían horarios extremos. No quiso pensar en otras alternativas más escalofriantes. Entonces miró el broche. Quizá Mustafá, molesto por su negativa a entregarlo, ahora se vengaría de ella.

Entonces él levantó la voz y dijo: —¡Váyanse de aquí! No quiero verlos.

—Pero…

—¡Hay cosas que no tienen precio! —gritó.

Elif no le confesó que había escuchado la conversación. Mustafá tampoco la mencionó. Al día siguiente, su hermano la dejó en casa de unos extranjeros que ayudaban a chicas desprotegidas y Elif se despidió de él con un abrazo.

En casa de los extranjeros aprendió alemán, y cuando llegó el tiempo, viajó al país con el que había soñado. No tardó en encontrar a una familia turca. Y si bien Elif ahora no pasaba hambre, pensaba constantemente en Mustafá. Lo había buscado en las redes sociales sin éxito, hasta que una noche, un hombre turco, que venía de visita a Alemania, conversó con Ali.

—Tu esposa me recuerda a alguien.

Ali se encogió de hombros: —No tiene familia, solo un hermano que hace más de diez años no ve.

—¿Se llama Mustafá?

—¡Sí! —Elif salió corriendo de la cocina y contempló al hombre con intensidad: —¿Dónde está?

Esa noche, su suegro le dijo: —Escucha con atención, Elif. Si bien algunos negocios mezlcan la carne de cordero con la de res, o con pollo, o con algo más para economizar, nosotros somos honestos. Nuestra carne es cien por ciento de cordero, el más selecto, el mejor. No somos ricos y aún no pagamos nuestras deudas que contrajimos para abrir este negocio en un país que no es el nuestro, pero cuando decimos que es carne de cordero, ¡no mentimos!

Elif se preguntó a qué venía todo ese sermón.

Su suegro apretó las manos de su nuera: —Y la mejor carne, Elif, es la del sacrificio. Los corderos mueren para que nosotros comamos, ¿entiendes lo que digo? A veces tenemos que dar, para poder recibir. Es la prueba más grande de amor.

Elif supo entonces lo que tenía que hacer. Viajó a Estambul y se plantó frente a un cuartito con una puerta desvencijada. Tocó dos veces hasta que abrió un hombre delgado que se ganaba la vida vendiendo castañas en una esquina.

—¡Elif! —Mustafá exclamó con incredulidad—. ¿Qué haces aquí? Pensé que nunca más te vería.

—He venido por ti.

—¿Cómo? ¿Eres rica?

—No. Pero tengo suficiente para tu pasaje de avión y tus papeles de visa. Vendí el broche de mamá. Algunas cosas… no tienen precio.

—Un döner kebab más, Elif —le ordenó Ali dos meses después. Entonces, Elif entró a la cocina y sonrió al ver a su hermano Mustafá, preparando la carne, cien por ciento de cordero.

Foto por Armando Lomelí

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