Serie: Suficiente, Parte 2

Foto por Sinaí R Lozano 

Ilustración por Frida García Retana

Un estudio de Colosenses 1

Un estudio de Colosenses 1

Por Keila Ochoa Harris 

¿Te has preguntado qué es todo esto del cristianismo? Quizá has ido a tu iglesia toda la vida, pero no sabes ni por qué lo haces o qué diferencia hay entre lo que crees y lo que profesan millones de otras personas. Tal vez apenas estás leyendo la Biblia, pero no entiendes bien de qué trata. Veamos qué aprendemos hoy. 

Seguimos estudiando la epístola a los Colosenses, así que, si no leíste la lección anterior, hazlo cuando tengas la oportunidad.  

Pablo, después de saludar a los colosenses, agradece por sus vidas. Leamos los versos 3 al 8: 

«Siempre oramos por ustedes y le damos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, porque hemos oído de su fe en Cristo Jesús y del amor que tienen por todo el pueblo de Dios. Ambas cosas provienen de la firme esperanza puesta en lo que Dios les ha reservado en el cielo. Ustedes han tenido esa esperanza desde la primera vez que escucharon la verdad de la Buena Noticia.

Esa misma Buena Noticia que llegó a ustedes ahora corre por todo el mundo. Da fruto en todas partes mediante el cambio de vida que produce, así como les cambió la vida a ustedes desde el día que oyeron y entendieron por primera vez la verdad de la maravillosa gracia de Dios.

Ustedes se enteraron de la Buena Noticia por medio de Epafras, nuestro amado colaborador; él es un fiel servidor de Cristo y nos ayuda en nombre de ustedes. Nos contó del amor por los demás que el Espíritu Santo les ha dado».

Colosas era una ciudad romana ubicada en la actual Turquía. Como ciudad romana, sus habitantes creían y practicaban religiones politeístas. La mayoría seguía al dios griego Zeus o a su versión romana Júpiter. Si querían amor, iban con la diosa Venus. Si necesitaban divertirse, acudían a Baco. 

Probablemente conocían las leyendas de Hércules y Cupido, y disfrutaban las fiestas alegres de la cosecha y el invierno. Quizá una proporción seguiría a los dioses de sus lugares de procedencia. Unos cuantos egipcios adorarían a Ra, los persas practicarían el zoroastrismo y algunos cuantos darían reverencia a sus ancestros. Unos pocos, muy pocos, serían judíos, procedentes de Israel. Ellos seguirían la ley de Moisés y se circuncidarían como parte de su credo. 

Entonces, un día llegó Epafras, conocido en la ciudad. ¿Y qué les contó? La Buena Noticia. ¿Qué era esa Buena Noticia? La maravillosa gracia de Dios. ¿Y cuál es esa? Que no importa el lugar o tus creencias, tu cultura o tu afiliación política, todos, en el fondo, sabemos que hemos pecado, que hacemos mal y que algo falta en nuestras vidas. 

No hay manera de vernos al espejo y decir que somos perfectas. Todas, sin importar la edad, tenemos culpas que cargamos a cuestas. Todas ocultamos secretos.  

Por ejemplo, imagina que recién conoces a un chico apuesto. ¿Lo dejarías conocer de inmediato todos tus pensamientos o revisar todas tus publicaciones de Instagram y Facebook o conversar con todos los que te conocen desde siempre? Es probable que no. Quieres causar una buena impresión y sabes que hay ciertas cosas que no te conviene mostrar. 

A todo esto, la Biblia le llama pecado. Sí, mentiras, orgullo, desobediencia, envidia. Todas estas cosas que excusamos cuando nosotras las hacemos, pero que no dudamos en señalar cuando los demás las practican.  

El pecado nos ha echado a perder la vida. Piénsalo. Es el pecado, ese constante desear mal a los demás y actuar del mismo modo, el que lastima las relaciones personales y afecta nuestra tranquilidad. ¿Y sabes qué hacemos con ese pecado? Lo escondemos, lo maquillamos, lo ocultamos, ¡pero no logramos hacerlo desaparecer! Lo que sucede es que el pecado necesita el perdón. Necesita de alguien que pague el precio de lo que hemos hecho y repare el daño.  

Ese alguien es Jesús. Él tomó nuestro lugar para morir por ese pecado que tanto nos afecta y nos da hoy la oportunidad de cambiar. Él nos regresa al lugar de donde salimos: los brazos de Dios. Estas Buenas Noticias cambiaron la vida de los colosenses.  

Ellos tuvieron «fe» en Cristo Jesús, es decir, aceptaron que esto es verdad y que Jesús es el camino al cielo. Esta fe produjo en ellos «amor» unos por otros. Ese pecado que constantemente echaba todo a perder se transformó en interés y cuidado del uno por el otro. ¿Y sabes de dónde surgieron estas dos cosas? De la esperanza.  

Seguro has tenido días en que te quisieras esconder bajo la cama. O días en que te preguntas qué haces aquí. Cuando crees en Jesús, una nueva dimensión se agrega a tu vida: la esperanza del cielo, de la vida eterna, de una vida con Dios después de la muerte. Sé que muchos hoy en día prefieren no pensar en lo eterno. Otros creen que los cristianos hacemos mal en pensar en el futuro. Pero la esperanza es indispensable en la vida de un creyente.  

Verás, la única manera de soportar el presente sufrimiento y entender las cosas que pasan aquí en la tierra es reconocer, meditar, y participar de lo que pasa en el cielo. No somos criaturas pasajeras, sino con eternidad en el corazón. Tenemos una promesa: un día estaremos con Jesús para siempre. Un día estaremos con Dios y no habrá más guerra ni dolor ni enfermedad ni muerte, y no es un sueño rosa o una quimera, sino una promesa del que no miente.  

Cuando analizas la perspectiva de un futuro con Dios, de una recompensa a lo que haces aquí, de un lugar donde pasarás el resto de tu vida con personas que aman y sirven a Jesús, las cosas en el aquí y ahora deben, de algún modo, cambiar. 

Pensar en un futuro con Dios nos motiva a conocerlo más aquí. El hecho de que habrá recompensas nos impulsa a hacer el bien con los que nos rodean. Considerar que por una eternidad estaremos con los que forman parte de la Iglesia, debe impulsarnos a llevarnos bien con ellos desde hoy. Estos son solo ejemplos de lo que la esperanza venidera puede provocar en nuestras vidas.  

Además, saber que muchos enfrentan una eternidad sin Dios, nos impulsa a amarlos,  nos motiva a compartirles sobre el amor de Dios y a perdonarlos cuando nos insultan o agreden.  

¿Tienes esta esperanza viva y latente o necesitas reavivarla?  

Los colosenses tuvieron esta esperanza desde la primera vez que oyeron las Buenas Noticias y esto les cambió la vida.  

¿Has puesto tu fe, tu confianza, en Jesús? 

¿Ha producido esta fe amor por los demás? 

¿Te mueve hoy la esperanza a enfrentar el día a día? 

¿Cómo están tus niveles de fe, esperanza y amor hoy? 


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