Serie: Suficiente, Parte 7

Foto por Sinaí R Lozano 

Ilustración por Frida García Retana

Un estudio de Colosenses 1

Por Keila Ochoa Harris  

Hoy en día existen muchos tipos de denominaciones. A veces nos sentimos confundidos por tantos nombres y diferencias de estilos. 

Tal vez desde pequeña te han llevado a la iglesia. Se ha convertido en una especie de costumbre para ti, y es probable que no te llene de emoción. A veces, preferirías ir al centro comercial que a una reunión.  

La verdad es que no podemos cambiar a las iglesias pues ninguna es perfecta. En esta ocasión, nos limitaremos a meditar en cuál es el propósito de Dios para reunirnos. Aprenderemos a considerar con cuidado lo que Dios quiere lograr en nuestras vidas a través de la iglesia.  

Después de que Pablo describe a Jesús y nos recuerda que su muerte es suficiente para darnos vida eterna, nos recordó que Cristo vive en nosotras y es nuestra esperanza de gloria. Luego continúa de esta manera en los versículos 28 al 29:  

Por lo tanto, hablamos a otros de Cristo, advertimos a todos y enseñamos a todos con toda la sabiduría que Dios nos ha dado. Queremos presentarlos a Dios perfectos en su relación con Cristo. Es por eso que trabajo y lucho con tanto empeño, apoyado en el gran poder de Cristo que actúa dentro de mí (NTV).

Lo que Pablo hizo en el pasado es lo que los siervos de Dios hacen o deberían hacer en estos días. No están ahí para entretenernos y hablarnos bonito, ni para decir cosas de pasada para no ofender a nadie. El propósito del ministro de Dios es hablar a otros de Cristo, así como advertirnos y enseñarnos toda la sabiduría que Dios nos ha dejado.  

Si te fijas, son tres cosas que puede que no se encuentren en todas las iglesias. Analiza si estas tres se presentan en tu congregación. 

1.     ¿Los líderes hablan de Cristo? Es triste, pero muchas veces su nombre es el menos mencionado. Su obra no ocupa la primera plana. La cruz queda en el olvido. 

2.     ¿Advierten del peligro del pecado? Quizá ese tipo de predicaciones no son las que más likes se ganan en las redes sociales, pero son las que necesitamos para no irnos chueco. 

3.     ¿Nos enseñan toda la sabiduría de Dios? ¿Abarcan los profetas mayores y menores? ¿Desmenuzan las epístolas como hemos estado haciendo con Colosenses? 

Más que usar esto como un pretexto para salir corriendo de tu iglesia, considera esto en oración delante de Dios y permite que sea Él quien te muestre si estás en el lugar correcto. Todavía más, si tú tienes algún tipo de cargo, como por ejemplo en el área de niños, adolescentes o jóvenes, analiza tus propias acciones o lecciones bíblicas.  

En ocasiones regañamos a los demás. Nos la pasamos diciendo a los niños lo que está mal y nos enfocamos solo en el comportamiento, olvidando la obra de Cristo y las buenas nuevas. ¡Cristo es suficiente! Quizá, por otro lado, no hablamos de toda la sabiduría de Dios y nada más repetimos las historias que ya sabemos, por pereza de estudiar y prepararnos más. ¡Tengamos cuidado!

Ahora, ¿para qué realizan esta labor los ministros, pastores, ancianos o como les digan en tu congregación? ¿Para qué lo hacía Pablo? A final de cuentas, ¿para qué vamos a la iglesia? Pablo nos lo explica.  

La meta de todo cristiano es que todos nos presentemos ante Dios maduros y completos en Cristo. 

Señalemos varias cosas. En primer lugar, se usa el plural. Se trata de que todos SEAMOS completos.  

¡Por eso necesitamos reunirnos con otros creyentes! Esta no es una competencia donde tú y yo queremos llegar antes que los demás o queremos ganar puntos extras con Dios. No, no, no. La idea es que somos un cuerpo, una familia, un equipo. Así que, si uno está más atrás, debemos esperarlo para llegar todos juntos a la meta.  

Si tú no te reúnes en una iglesia o si solo asistes para calentar la banca los domingos y no te relacionas con otros creyentes, no estás participando de esta gran aventura de fe. No estás trabajando en equipo. Y el punto aquí es que todos juntos avancemos, crezcamos y nos ayudemos.  

Sí, ya sé lo que dirás: que en la iglesia hay pura hipocresía, que todo está mal, y que las personas fallan, etcétera. Tienes toda la razón. Por eso, es ahí donde tú y yo podemos aprender a perdonar. Entre las cuatro paredes de nuestro cuarto no podemos practicar el amor a los demás, sino en los pasillos de la iglesia donde tenemos que saludar a todos, sí, aun a los que no nos simpatizan mucho. En la iglesia podemos también apoyarnos y orar unos por otros, llorar y abrazarnos.  

El trabajo es en conjunto. ¿Juegas en equipo?  

Recordemos la meta: Presentarnos ante Dios completos, maduros, es decir, suficientes.  

Pero… sí, te escucho. ¿Quién puede lograr esta gran obra? Insisto en que por eso debemos trabajar en equipo. No lo podemos lograr solos. Debemos advertirnos unos a otros, hablar de Cristo unos con otros y enseñarnos unos a otros. ¿Y sabes? Esto implica trabajo, mucho trabajo.  

Por eso, Pablo dice que lucha con empeño para lograrlo. Quizá esto te ayude a apreciar un poco más la labor de los pastores y diáconos en la iglesia. No es un trabajo sencillo. No es fácil. Para Pablo implicó la cárcel y situaciones peligrosas. Para tus pastores quizá implique críticas y malos entendidos.  

Escucha, estos hombres no solo tienen que lidiar con los demás, sino con ellos mismos. Como tú y como yo, también sufren, ríen, se enferman y les falta dinero. Quizá podrían renunciar, darse la media vuelta o fingir desinterés, pero la realidad es que no lo hacen porque no dependen de sí mismos. Ni debemos hacerlo tú ni yo.  

¿Sabes qué nos da la fuerza para seguir enseñando a los niños o asistiendo a la iglesia o llamando a los amigos que ya no se interesan por Dios o estudiando la Biblia aunque a veces no la entendemos? El gran poder de Dios que actúa en nosotros.  

Existe una expresión en inglés que he experimentado en carne propia. Se llama burnout. Significa un desgaste total o el síndrome de «estar quemado». Cuando estás pasando por este desgaste, estás agotado todo el tiempo, el estrés y la ansiedad te dominan, adoptas una actitud de indiferencia y desapego, te vuelves irritable y tratas a los demás con dureza. Además, ya no sientes satisfacción en lo que haces, por lo tanto, te sientes poco motivado.  

¿Has estado ahí? Yo sí. ¿Y sabes por qué llegué a esa situación? Porque no me apoyé en el gran poder de Dios sino en mis propios esfuerzos. Me dejé «quemar» por no dejar que Dios ardiera en mí.  

Digámoslo de otra manera. ¿Te gustan las velas? A mí me fascina observarlas y disfrutar el aroma que desprenden. La cera está hecha de hidrocarburos, es decir, átomos de hidrógeno y de carbono. Cuando enciendes una vela, el calor de la flama derrite la cerca de la mecha. Esta cera líquida es atraída por la mecha también.  

El calor de la flama evapora la cera líquida a través de un aire caliente y empieza a romper los hidrocarburos en moléculas de hidrógeno y carbono. Estas moléculas evaporadas son atraídas por la flama donde reaccionan con el oxígeno del aire para crear calor, luz, vapor de agua y dióxido de carbono. De hecho, un cuarto de la energía creada por la combustión surge del calor que irradia de la mecha en todas las direcciones.  

Muchas veces Jesús dijo que somos la luz del mundo. ¿Qué parte de la vela te imaginas que podríamos ser? ¿La cera? ¿La mecha?  

Me parece que las dos. Verás, Dios es la energía, el fuego de la cerilla que nos enciende. Pero él creó la vela, es decir, la cera de la que estamos compuestas: nuestros talentos, nuestras inclinaciones o en términos bíblicos, nuestro cuerpo, corazón, fuerzas y mente. La mecha se me figura que es como nuestra voluntad, aquella parte del espíritu que responde a Dios en forma positiva o negativa.  

Cuando respondemos de modo negativo, el fuego no enciende. Nuestra mecha no hace contacto con la cerilla. Nos quedamos apagadas y somos velas inservibles. Pero cuando aceptamos la obra de Jesús, el Espíritu Santo nos ilumina, nos calienta y nos hace arder.  

¿Has visto cuando una vela deja de funcionar? ¿Cuándo pasa eso? Cuando el proceso de combustión no se produce. Cuando la flama no cuenta con suficiente aire, la mecha se acorta o la cera se acaba.  

¿Cómo evitar el burnout? Debemos tener la mecha en buenas condiciones, es decir, debemos querer que Dios nos haga completas, perfectas y suficientes. Y, además, debemos estar en contacto con el aire, con el oxígeno de la iglesia para crecer de manera saludable.  

¿No es hermoso ver una vela brillar en medio de la oscuridad? Sin embargo, su luz no alcanza para leer ni para hacer otras cosas. Sería fascinante observar cien, mil, un millón de velas ardiendo a la par. Con tanta luz, parecería que estamos de día. Ese es el sueño de Jesús: vernos brillar para Él como Iglesia, no cada uno en su rincón del mundo, sino juntos, como un equipo que se ayuda enseñando, advirtiendo y hablando de Cristo. ¿Lo hacemos?  

Gracias por leer estas lecciones basadas en Colosenses capítulo 1. Esperamos que hayan sido de ayuda a tu vida. 


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