Serie: Suficiente, Parte 5

Foto por Sinaí R Lozano 

Ilustración por Frida García Retana

Un estudio de Colosenses 1

Por Keila Ochoa Harris 

¿Te ha pasado que terminas de leer un libro y te sientes un poco triste? O quizá viste el final de una serie y sientes un nudo en la garganta. ¿Por qué? Porque te encariñaste con los personajes. Porque quieres seguir sus aventuras. Porque quieres saber qué más pasó. Porque por un momento estuviste en sus zapatos y te sentiste dichosa.  

Ojalá sintiéramos la misma nostalgia cada vez que cerramos la Biblia o cada vez que termina un sermón. Sería tan lindo quedarnos con un hambre insaciable por conocer más a Jesús. Sin embargo, quizá pensamos poco en Jesús. 

A veces cantamos de Él, pero pocas veces le cantamos a Él. Hablamos de Él, pero hablamos poco con Él. De hecho, en más de una ocasión nos veremos sorprendidas de que ha pasado un día, una semana o un mes, y no hemos pensado en Él. Quizá esto pase porque pasamos poco tiempo con Él y lo conocemos poco. 

Pablo nos da todo un canto magistral para describirnos quién es Jesús, a quien como los cristianos de Colosas, decimos seguir.  

Leamos en Colosenses 1:15-20 (NTV), la descripción detallada del Hijo de Dios: 

Cristo es la imagen visible del Dios invisible.

Él ya existía antes de que las cosas fueran creadas y es supremo sobre toda la creación porque, por medio de él, Dios creó todo lo que existe en los lugares celestiales y en la tierra.

Hizo las cosas que podemos ver y las que no podemos ver, tales como tronos, reinos, gobernantes y autoridades del mundo invisible.

Todo fue creado por medio de él y para él.

Él ya existía antes de todas las cosas y mantiene unida toda la creación.

Cristo también es la cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo.

Él es el principio, supremo sobre todos los que se levantan de los muertos.

Así que él es el primero en todo.

Pues a Dios, en toda su plenitud, le agradó vivir en Cristo, y por medio de él, Dios reconcilió consigo todas las cosas.

Hizo la paz con todo lo que existe en el cielo y en la tierra, por medio de la sangre de Cristo en la cruz.

Hablamos al principio de esos personajes que se meten al corazón y queremos saber más de ellos. Quizá lo que hemos leído de quién es Jesús, es decir, Dios mismo, nos ha intimidado un poco. Sin embargo, el propósito de Pablo, y el mío, es más bien acercarnos a quien nuestras mentes no logran comprender, pero a quien necesitamos más que a nadie.  

Entonces, ¿quién es Jesús? 

Dios es invisible. Cierto. Nadie vio jamás a Dios; ni siquiera Moisés. Sin embargo, Dios decidió que Jesús fuera su representación visible. ¿Quiere esto decir que Jesús se parecía físicamente a Dios? No. Más bien nos habla de que Jesús, el Padre y el Espíritu Santo comparten la misma naturaleza divina, la misma gloria y el mismo propósito.  

Amar a Jesús es amar a Dios. Amar a Dios es amar a Jesús. Para aclarar que Jesús es Dios, Pablo nos habla de su eternidad. Él ya existía cuando el mundo se creó. De hecho, Él creó todo lo que existe.  

Piensa en esto: Jesús decidió hacer una casa (este mundo). Jesús es el arquitecto que la diseñó, compró los elementos para construirla y la decoró para que vivamos en ella.

¿Y qué clase de habitantes somos? Te lo diré. Somos aquellos que no aprecian la casa, la destruyen, ponen en tela de juicio quién la diseñó. Somos quienes menosprecian el material de la casa, se apropian de ella, no pagan renta y como crueles invitados despojan al dueño y se quedan con todo. 

¿Te acuerdas que en la lección pasada hablamos del perdón? Pues necesitamos su perdón porque hemos destruido e ignorado que es su casa. Y a pesar de todo, Él la mantiene unida. Aun cuando hemos rayado las paredes y dañado el sistema de agua, Él sigue componiéndola para que podamos vivir en ella.  

Esto merece seria consideración. Si Jesús no lo quisiera, los mares, los ríos y los lagos ya se hubieran secado. Si el oxígeno sigue produciéndose es porque Él, por así decirlo, mantiene todo unido con el pegamento de su amor a pesar de que nosotros hemos roto todo.  

Pero algunos nos hemos dado cuenta del daño a la casa. Hemos querido reconciliarnos con el Señor de la casa, así que nos hemos vuelto a Él. No sabíamos que estábamos lejos hasta que leímos la Biblia y como ese hijo rebelde de la parábola que contó Jesús, con harapos y sin dinero, hemos venido al Padre y le hemos dicho: «He pecado contra el cielo y contra ti». 

Como ya hemos visto, Jesús aun así nos ha perdonado y por eso es la cabeza del cuerpo. Es decir, es el jefe de la casa, el patriarca, el que trae el sustento y nos cuida y protege. Pero no es nuestro Padre solo en domingo, sino también el lunes, el martes, el miércoles… Cada día y a cada hora.  

Medita en el privilegio que tú y yo tenemos al ser invitadas de honor para estar en su casa. Piensa si eres solo una invitada o ya has aceptado ser también su hija. Y luego analiza tu actitud hacia Dios. ¿Qué sientes por Él? ¿Temor? ¿Indiferencia?  

Como ya hemos dicho, quieras o no, estás en su casa, su mundo, su creación, pero quizá no perteneces a su familia, lo cual es muy distinto. Su casa, el mundo, tiene fecha de caducidad. Un día ya no será más. Su familia, por otro lado, es eterna.  

Si aún no perteneces a su familia, ¿qué esperas? Y si ya eres parte de su familia, ¿cómo estás cuidando su casa? ¿Cómo estás cuidando a su familia? ¿Cómo está tu relación con Él?


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