Serie: Suficiente, Parte 4

Foto por Sinaí R Lozano 

Ilustración por Frida García Retana

Un estudio de Colosenses 1

Por Keila Ochoa Harris 

¿Te has deprimido al ver tus redes sociales? Creo que a todas nos ha pasado. Revisas el estatus de tus enemigos y ¡oh sorpresa! Todos tienen esas vidas fantásticas que tú no. Es triste pensar que no eres suficiente. 

Por ejemplo, en las competencias es frustrante no ganar el premio. Pero ¿sabes qué es peor? ¡Ni siquiera haber clasificado! ¿Te han descalificado o te has quedado en la banca porque no lo lograste? 

Sigamos con nuestro estudio de Colosenses. Después de que Pablo les desea varias cosas importantes a los de Colosas (si no sabes de qué estamos hablando, lee la lección anterior), ahora les recuerda las muchas razones que tienen para estar alegres. 

¿Sabes cuál es la primera? Leamos:

«Él los hizo aptos para que participen de la herencia que pertenece a su pueblo, el cual vive en la luz»(Colosenses 1:12b NTV). 

¿Recuerdas el tema de nuestros estudios? Como dijimos en la primera lección, muchas veces nos sentimos insuficientes. No somos capaces o hemos sido descalificadas por algún error, vicio o mentira. Pero Dios nos hace aptas, suficientes, capaces. ¿De qué? No de jugar mejor un deporte o cantar en un auditorio. Nos hizo aptas para participar de la herencia de sus hijos. Nos hizo aptas para ser sus hijas.

Imagina, por ejemplo, que tú teniendo facciones latinas seas adoptada por una pareja asiática. ¿Qué pensaría la gente cuando tus padres adoptivos te presentaran como su hija? Quizá te harías chiquita y pensarías: «Ahí vamos otra vez. Tengo que dar la versión larga de mi historia. Soy Fulana, pero soy adoptada. Soy originaria de tal y cual país».

Cada presentación llevaría consigo el mismo cuestionamiento.

Cuando nos presentamos como hijas de Dios, muchas veces nos sentimos igual. «Sí, Él es mi Padre, el Dios perfecto y bueno, y yo, bueno, yo soy yo, pecadora, rebelde y mentirosa. En realidad, soy adoptada».

Es verdad: somos adoptadas, pero Dios no nos deja ahí. Nos da todo lo que necesitamos para ser aptas para ser sus hijas, para ser capaces de ser como su Hijo perfecto: ¡Jesús! 

Fíjate en su verdad y las mentiras que nosotras creemos: 

Tú dices: «No sirvo para esto». Él dice: «¡Estás calificada!» 

Tú dices: «Soy un fracaso». Él dice: «Tienes la victoria en mí». 

Tú dices: «Merezco el infierno». Él dice: «Perdonada». 

Tú dices: «Soy pecadora». Él dice: «En mí, eres justa».

Eres apta. Dios te ha hecho capaz.

¿No es esta una razón increíble para estar alegres? Puedes ver el perfil de tus mil amigos de Facebook y sentirte poca cosa, pero debes poner tus ojos en el lugar correcto. Si lo que quieres es saber quién eres, despega los ojos de la pantalla y ponlos en la Palabra de Dios. Él nos ha hecho aptas para participar de la herencia que pertenece a su pueblo. 

¿Y cómo lo logró? 

Lee con atención.

«Pues él nos rescató del reino de la oscuridad y nos trasladó al reino de su Hijo amado, quien compró nuestra libertad y perdonó nuestros pecados» (Colosenses 1:13-14, NTV). 

Si no tienes un entendimiento profundo de esta verdad, tal vez vives una vida medio deprimente como hija de Dios. Si no comprendes lo que Dios ha hecho por ti, pensarás que los que no conocen a Dios son más felices y te pesará todo este tema de la iglesia.

Por lo tanto, pon atención. Imagina que un día tu casa se quema y no puedes salir. Te estás dando por vencida y de repente llega un bombero y te saca. ¿Qué sentirías? Exacto, gratitud. ¿Por qué? Porque alguien te rescató. Eso hizo Jesús. Nos hizo aptas por un precio: su vida en la cruz. Él nos sacó del fuego del pecado y del dolor para darnos nueva vida. Además, nos trasladó de ese reino de fuego a uno de seguridad.

Cristo nos rescató del reino de oscuridad, pero muchas veces no pensamos en nosotras mismas como alguien que vive en tinieblas. De hecho, llenamos nuestra casa de luz, hasta que, por supuesto, surgen ciertas actividades. Para emborracharnos, para drogarnos, para tener relaciones sexuales ilícitas nos escondemos en las sombras, ¿verdad? Cuando queremos hacer algo malo, buscamos los rincones. ¡Amamos más las tinieblas que la luz porque hacemos cosas malas! 

Basta con ver las películas y las series que hablan de crimen. Los directores suelen elegir escenarios grises y tristes, tonos marrones y deprimentes. Pero ¿qué hizo Jesús? Nos trasplantó. Nos arrancó de esas tinieblas y nos transportó a un nuevo lugar, el Reino de luz de su Hijo. No nos dejó en esos lugares de penumbra. De hecho, leí un hermoso canto del rey David en que le dice a Dios: «Tú eres mi lugar seguro».

Hemos oído mucho de los lugares seguros cuando hay terremotos o huracanes. Cuando la tierra se empieza a mover, no lo dudamos, no nos arriesgamos. Salimos corriendo al lugar seguro. Sin embargo, cuando se trata de nuestra alma y nuestro destino eterno, nos quedamos debajo de las vigas del techo y nos preguntamos si se va a derrumbar o no. Tengo una noticia para ti: Tarde o temprano, el terremoto va a destruir la casa. ¿Por qué no ir a ese lugar seguro desde hoy?

Y para las que ya estamos ahí, ¿por qué no alegrarnos porque estamos ahí y ya nada nos lastimará? 

Finalmente, Dios no solo nos rescató del fuego y nos trasladó del epicentro del terremoto a un lugar seguro, sino que también nos compró en la subasta de nuestras vidas. Cuando estábamos a punto de ser echadas al cesto de basura como inservibles, Él nos compró y nos hizo aptas.

¿Has hecho algo con material reciclado? Así también Él nos tomó, nos remodeló y nos ha dado un nuevo uso. ¿Y cómo lo hizo? A través del perdón. Sí. Nos rescató del fuego, nos sacó del curso de la tormenta y nos compró cuando todos nos querían lanzar a la basura. 

A Él lo ofendimos. Contra Él pecamos. Y a pesar de eso nos perdonó. Ampliaremos más este concepto en la próxima lección, pero por lo pronto, sonríe. No encontrarás muchas razones para hacerlo en las redes sociales, pero sí en la carta a los Colosenses.

Eres apta, capaz, suficiente, completa a los ojos de Dios porque te rescató, te trasladó, te compró y te perdonó.

Y esto es más que suficiente. 


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