Serie: Crónicas del primer siglo (6)

Foto por Frida García Retana

La ley

Por Erika Simone

Patricia caminó sigilosamente, guiando a su hermana mayor por las sombras del callejón y con cada sentido alerta. Si los soldados las encontraban o alguien las reportaba a las autoridades podían poner en peligro a la pequeña congregación. Sin embargo, a pesar de la amenaza, la mayor parte de su enfoque estaba en las palabras que el hermano Lazar había dicho.

«Agradecemos a Jehová por su gracia mostrada en Cristo. Cristo vino para cumplir la ley. Y a nosotros nos toca seguir su ejemplo, cumpliendo la ley también. Él ha ofrecido salvación a todo aquel que cree. ¡Qué gran misericordia! Pero, habiendo recibido esa misericordia, ¿seremos perezosos? ¿Andaremos en el Camino sin acatar a las leyes con las que siempre hemos buscado agradar a Dios?».

Al recordar sus palabras, Patricia sintió comezón en la nuca. Algo no andaba bien. Pero ¿cómo cuestionar a un hermano tan erudito? Las palabras tocaban una alarma en su alma, pero no sabía con exactitud en qué estaba mal. Todo lo que él había dicho sonaba lógico. Por instinto se detuvo en una esquina al escuchar pasos. Su hermana chocó contra ella, pero ninguna hizo ruido. Cuando vieron que no eran soldados, sino unos vecinos, continuaron su camino. 

En la entrada de su casa, su hermanita más pequeña y su mamá las esperaban. Ellas habían sido las primeras en salir, al final de la reunión de hermanos esa noche. Al ver a Patricia su mamá le preguntó:  —¿y Agripina?

—Aquí, conmigo. 

Patricia se pasó y permitió que su mamá viera a su hermana mayor. Vio relajarse las líneas alrededor de los labios comprimidos de su mamá. Esas líneas habían aparecido por primera vez la noche que su papá no había regresado de la reunión. Al día siguiente, llegaron las noticias de su muerte, junto con la de varios hermanos más.

Pero por un día más, todas estaban a salvo. Y Patricia tomó la mano de su mamá mientras susurraban juntas una oración de gratitud. Agripina se encargó de llevar a la pequeña Celia a dormir, mientras que Patricia se quedó platicando con su mamá a la luz de una pequeña tea. Sentía, más que ver, una sombra en la profundidad de sus ojos.

—He disfrutado mucho de la gracia del Mesías, Patricia, y ser libre de la ley ha sido… —Su mamá dejó el pensamiento a medias, pero Patricia de inmediato supo a qué se refería. ¡Entonces no sólo a ella le habían caído extrañas las palabras del nuevo hermano!

—Quizás el hermano nuevo tiene razón. Quizás nuestra vida ha desagradado a Dios porque ya no seguimos su ley… si es así, fue un error sincero. Cuando nos compartieron el evangelio por primera vez, nos enseñaron que la ley ya no era necesaria. —Patricia dejó caer su cabeza en las manos, su velo se deslizó al suelo y sintió las manos compasivas de su mamá acariciando su cabello.

—Hija, no sé qué es lo correcto. El hermano Lazar está contradiciendo al hermano Pedro, quien nos trajo el evangelio en un principio. Pero, a la vez, es muy conocedor —dijo con un suspiro—. No sé qué hacer. El hermano Pedro nos enseñó que el Espíritu Santo nos mostraría la sana doctrina. Tendremos que pedirle a Dios que nos guíe.

Patricia le dio un beso a su mamá, recordando con nostalgia las noches en que su papá se desvelaba conversando con el hermano Pedro sobre temas de doctrina. ¡Cuánta falta les hacía!

En la oscuridad de la madrugada, Patricia podía oír la respiración de sus hermanas y su madre en el cuarto que compartían. Afuera, pasaron unos soldados y ladró un perro. Y ella sentía una carga en el pecho. 

¡Seguir la ley! ¡Sería tan difícil! Trabajaban con personas gentiles. Jamás podrían seguir todas las leyes judías. Además, ¿cómo nadie les había comentado esto? Al contrario, en el mensaje del Camino un punto clave era que Cristo Jesús ofrecía gracia, pecados borrados porque Él ya había pagado y cumplido toda la ley. Pero ahora… ¡este mensaje era una contradicción! Si sólo tuviera la capacidad de leer y la sabiduría para entender, si pudiera conseguir una copia del pergamino que había leído el nuevo hermano…  pero ¡cuántas imposibilidades! Se volvió a quedar dormida, aún con la carga en su alma. 

En los siguientes días, ni Patricia ni su mamá volvieron a comentar sobre el nuevo mensaje del hermano Lazar. Por un lado, temían contradecir a alguien tan conocedor, y por otro, Patricia estaba segura de que como ella, su mamá procuraba evitar enfrentarse con la carga de la ley. 

Su rutina continuó. Su mamá, acompañada de Celia, salían antes que el sol a vender en el mercado; Agripina y Patricia iban a limpiar casas. Cada día regresaban más recuerdos de su vida antes del evangelio. Cada mañana tenían el temor a olvidar una regla, la culpa por las noches al darse cuenta de todo lo que había quebrantado ese día. Todas llegaban agotadas por las noches, pero Patricia buscaba más cosas que hacer en casa para que no le diera tiempo de pensar.

El primer día de la siguiente semana, era su turno recibir a la congregación en su pequeño hogar. Los cambios de lugar permitían reunirse sin correr tanto peligro. Para Patricia, siempre había sido un privilegio emocionante recibir a los hermanos, pero esta semana limpió la casa con movimientos lentos y corazón triste. En el transcurso de dos horas fueron llegando los hermanos, no con sus saludos alegres como solían llegar. Patricia vio reflejado en los ojos de muchos el peso que ella sentía. Escuchó a una hermana susurrar a su mamá que no podía encontrar a un rabino dispuesto a circuncidar al hijo de una seguidora de Jesús.

Uno de los últimos en llegar fue un joven que Patricia creía haber visto antes, pero no recordaba su nombre. No tuvo mucho tiempo para preguntarse sobre la identidad del joven, porque en cuanto inició el servicio se puso de pie y se presentó.

—Gracia y Paz. Mi nombre es Timoteo y he estado viajando con el hermano Pablo. De hecho, tengo aquí una carta de él y quisiera compartirles un poco. —Se detuvo un segundo para abrir un pergamino y dio una corta explicación—. Pablo ha oído que hay personas que llamándose hermanos están enseñando en muchos lugares que es importante obedecer toda la ley de los judíos. Pablo quiere animarnos a recordar que Cristo cumplió la ley, y que —dijo y buscó un párrafo en el pergamino—: No presten atención a fábulas y genealogías interminables, éstas acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe.

Levantó de nuevo los ojos para ver a su público. 

 —Recordemos de qué se trata la vida en el Camino —y volvió a leer—: «Amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería, queriendo ser doctores de la ley…» —Timoteo continuó leyendo ciertas partes de la carta del hermano Pablo agregando explicaciones adecuadas y concluyó—: La ley no es mala y ya cumplió su función.

Cuando se sentó, los ojos de Patricia estaban llenos de lágrimas y su corazón, de paz. 

Dios había enviado a este hombre joven para recordarles la enseñanza sana de los apóstoles. No necesitaban cargar las imposibilidades con las que habían lidiado sus antepasados. La ley les había enseñado que eran pecadores y cumplida su función, podía pasar a la historia dejando nada más a Cristo, ¡el Salvador que ofrecía Vida en abundancia de gracia y misericordia!


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