Serie: Suficiente, Parte 6

Foto por Sinaí R Lozano 

Ilustración por Frida García Retana

Un estudio de Colosenses 1

Por Keila Ochoa Harris 

¿Has visto en las redes sociales las fotos del «antes y después»? La gente muestra sus casas antes de la remodelación y después de que se marchan los carpinteros. Otras muestran un corte de cabello, y unos más un cuerpo antes y después de entrar al gimnasio y tener una buena alimentación durante un año.  

En la vida cristiana también hay un antes y después que se describe en Colosenses, en los versos 21 al 22. Leemos: 

Eso los incluye a ustedes, que antes estaban lejos de Dios. Eran sus enemigos, separados de él por sus malos pensamientos y acciones; pero ahora él los reconcilió consigo mediante la muerte de Cristo en su cuerpo físico. Como resultado, los ha trasladado a su propia presencia, y ahora ustedes son santos, libres de culpa y pueden presentarse delante de él sin ninguna falta (NTV).

Siguiendo el pensamiento de la lección pasada y por lo que Pablo ha venido diciendo, entendemos que todos tenemos un antes y un después. Antes estábamos lejos de Dios. Punto. Nos separaba un abismo de pecado. ¿Pero qué nos mantenía apartados? Nuestros pensamientos y nuestras acciones. 

Nuestros pensamientos son los que culminan en actos erróneos. Todo comienza en la mente. Pero cuando venimos a Cristo, al Dios encarnado del que aprendimos en la lección pasada, tenemos un ahora o un después. Estamos reconciliados con Dios por medio de la muerte de Cristo y el resultado es que somos santas, libres de culpa y podemos acceder a Dios. 

Todo esto ya está hecho. Ya se logró. Nuestro antes quedó sepultado. Nuestro ahora es una realidad, estamos reconciliadas: podemos acercarnos a Dios. Pero hay algo que nos toca hacer. Leamos con atención el siguiente versículo.

Pero deben seguir creyendo esa verdad y mantenerse firmes en ella. No se alejen de la seguridad que recibieron cuando oyeron la Buena Noticia. Esa Buena Noticia ha sido predicada por todo el mundo, y yo, Pablo, fui designado servidor de Dios para proclamarla. (Colosenses 1:23).

¿Te fijas en la importancia de estos versículos? Aunque ya tenemos todos estos regalos hermosos de parte de Dios, corremos el peligro de alejarnos de la seguridad de estas promesas. Como puedes ver, somos expertas en huir. Primero, nos alejamos de Dios por nuestro pecado. Hoy podríamos alejarnos, no de Dios, sino de una vida segura en Cristo, debido a nuestra incredulidad.  

Por eso, Pablo nos recomienda seguir creyendo esa verdad. Es decir, cuando te vengan dudas, reafirma tu confianza en que todo lo que Dios dice es cierto. Mantente firme cuando otros quieran hacerte dudar sobre tu salvación o tu posición en Cristo. Cuando la vida se torne difícil, vuelve a aferrarte a las Buenas Noticias. 

¿Y cuáles son estas? Pablo las repite:

Dios me ha dado la responsabilidad de servir a su iglesia mediante la proclamación de todo su mensaje a ustedes. Este mensaje se mantuvo en secreto durante siglos y generaciones, pero ahora se dio a conocer al pueblo de Dios. Pues él quería que su pueblo supiera que las riquezas y la gloria de Cristo también son para ustedes, los gentiles. Y el secreto es: Cristo vive en ustedes. Eso les da la seguridad de que participarán de su gloria. (Colosenses 1:25-27).

Leamos con claridad las Buenas Noticias: Cristo vive en nosotras. Jesús no vive contigo, o a tu lado, o sobre ti, o debajo de ti, ¡vive en ti! Durante siglos la gente adoró a Dios en un tabernáculo y luego en un templo. La gente se acercaba con temor a los altares. La gente inventó mitos y leyendas, pero en todas ellas, puso a los dioses en una residencia apartada, fuera el monte Olimpo, los cielos, el subsuelo o el cosmos. Ninguna civilización concibió a un dios cercano, mucho menos habitando el mismo corazón del hombre. 

El plan de Dios se dio a conocer cuando Jesús vino, murió y resucitó, y por eso ahora Él vive en nosotros.  

En otra versión leemos: Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.  

¿Qué pensarías si supieras que esta vida es todo lo que hay? Lo que te tocó es todo. No hay cielo, no hay vida eterna. Tu vida empezó el día que naciste y terminará el día que mueras. Todo lo que hagas se acabará aquí y no habrá recompensas, ni castigos. ¿Deprimente? Bastante. Por lo menos para mí.  

El hecho de que Cristo vive en nosotros nos da la seguridad de que participaremos de su gloria. Y su gloria no es solo el cielo, es Cristo mismo.  

Quiero contarte un secreto, o más bien compartirte una experiencia. Cuando era joven, digamos menos de veinticinco años, mi vida giraba en torno mío. Leyendo mis diarios de esas épocas mis problemas más grandes eran escolares (pasar o reprobar materias), amistades (me querían o no, me aceptaban o no), los novios (los que por supuesto no tenía), y, finalmente, mi futuro (qué estudiar, con quién casarme, dónde vivir).  

Jesús era parte de mi vida. Me gustaba ir a la reunión de jóvenes y dar clases a los niños. Me agradaba estudiar la Biblia y entenderla o tratar de hacerlo. Pero entonces crecí. Me casé. Tuve hijos y todo cambió. 

La vida no se puso más fácil, sino más complicada. Ya no se trató de mí nada más, sino de un esposo y dos niños. Los problemas han aumentado con el paso de los años. No es lo mismo vivir en casa de mis padres que pagar los recibos de los servicios cada mes. El trabajo no resultó más sencillo que la escuela, pues de eso depende el sustento.  

Entonces comencé a conocer a Cristo con una mirada más madura. Jesús se volvió de alguien de quien había oído, a alguien a quien sigo. La oración se ha vuelto más vital. El estudio de su Palabra es un deleite, pero también una necesidad. Y en ese proceso, veo a Jesús como lo que nunca antes: el premio mismo, la recompensa misma, la persona a la que más deseo.  

Cuando era soltera, pensaba que mi esposo llenaría el vacío. Cuando tuve hijos, creí que ellos harían mi vida diferente. Sin embargo, el vacío solo lo ha llenado Cristo. Lo hizo en mi adolescencia. Lo hizo en mi juventud. Lo está haciendo en mi madurez.  

Tenemos un antes y un después, pero, sobre todo, tenemos un gran tesoro: Cristo vive en nosotras. Cristo es la esperanza de gloria.  

Muchas cosas pueden robar nuestra atención: modas y películas, series y música, amigos y redes sociales, sin embargo, Cristo es suficiente para satisfacer los deseos más profundos, más privados, más secretos y más reales de nuestro corazón.  

Muchas veces recitamos: «Jehová es mi Pastor, nada me faltará». Lo más triste es que no lo creemos al 100 %. ¿Es Jesús quien nos guía? ¿Es todo lo que necesitamos? Jesús es suficiente. Si lo tenemos a Él lo tenemos todo. ¿Lo crees? 

¿Es Cristo tu esperanza de gloria?


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