Serie: Principios sobre la belleza 

Foto por Itzel Gaspar

Principio 10: La belleza más importante es la interna

Por Laura Castellanos

Le apodaban el Hombre de Hierro. Nadie podía hablar mal de él, pues se mostraba serio y poco compasivo. Su reputación lo catalogaba como un hombre poderoso con malos modales. Un capitán recio, que no se daba a sentimentalismos ni se dejaba intimidar; lejano de la palabra «suavidad» tanto como el cielo del fondo del mar. 

Sin embargo, ese hombre recio y austero amaba con locura a su mujer. Otto había conocido a Johanna a temprana edad. Se enamoraron a pesar de la oposición de los padres de ella y se casaron poco tiempo después de su compromiso. 

Gastó una fortuna durante la luna de miel y ella no dejó de mencionar cada detalle de esa semana de idilio por el resto de su vida. Otto había ganado su corazón.

Johanna resultó una mujer inteligente, pero que no buscó sacar provecho. A ella le gustaba apoyar a su esposo y se adaptó a sus gustos. Mantenía su hogar en perfecto orden y criaba a sus tres hijos. La vida pública no le simpatizaba, pero dado el oficio de su marido, se resignó y cumplió con todos sus deberes. Sus contemporáneos la calificaron como una mujer sin egoísmo ni vanidad; más bien la alabaron como la anfitriona perfecta.

Reconocía sus deficiencias, pues no era una gran conversadora, pero se las ingeniaba para lograr que los demás charlaran y elegía los temas con cuidado. Su amabilidad y gracia le brindaron muchos amigos y pocos enemigos. 

Seguramente vivir con Otto no era tarea sencilla. Él era dogmático, obstinado e irritable. Además, Johanna padecía de mala salud, en especial de asma e insomnio. Curiosamente, a pesar de su condición, su paciencia no menguaba y esto influenció a su esposo. «Ningún general podría vigilar el campo de batalla con tanta precisión como la princesa lo hace durante un banquete. Nada se le escapa», se comentó de ella.

Otto tuvo altos y bajos en su carrera política y militar, pero la influencia de ella sobre sus hijos y su esposo solo creció con el tiempo, en lugar de disminuir.Otto le escribía cartas  llenas de delicadeza y ternura. La llamaba «mi adorado corazón» y vez tras vez expresaba cuánto echaba de menos a su hogar y a su amada.

Cuando Johanna murió, Otto no se recuperó de la pérdida. El mismo Otto escribió en vida el epitafio para Johanna: «No pueden imaginar lo que esta mujer ha hecho de mí».

Una mujer así

La historia narrada es la de Otto von Bismarck, el canciller de Hierro, un político prusiano que ayudó a la unificación de Alemania y de su esposa, en quien encontramos una belleza interior tal que logró ser una mujer ejemplar.

Johanna bien pudo inspirarse en estas palabras:     

«Que la belleza de ustedes no sea la externa, que consiste en adornos tales como peinados ostentosos, joyas de oro y vestidos lujosos. Que su belleza sea más bien la incorruptible, la que procede de lo íntimo del corazón y consiste en un espíritu suave y apacible. Esta sí que tiene mucho valor delante de Dios» (1 Pedro 3:3-4 NVI).

¿Era Johanna hermosa? ¡Qué importa! Lo esencial recaía en su carácter.

De hecho, el mejor adorno de una mujer es su personalidad. Cualquier esposo preferiría una mujer atenta a una modelo ausente. Lo mismo diría una mujer sobre un hombre. No se podría comparar un marido romántico (aun fuera solo en la intimidad) que uno áspero, aunque extremadamente apuesto.

A final de cuentas, como hemos dicho, la belleza física se acaba y engaña, estorba y distrae, mientras que el carácter es más fino que un diamante y más duradero que una roca.

La inteligencia

Johanna cumplió con este proverbio:

«La casa y el dinero se heredan de los padres, pero la esposa inteligente es un don del Señor» (Proverbios 19:14 NVI).

Un hombre sabio estará más orgulloso de una esposa inteligente, que de una esposa artificialmente bella. Pero una mujer inteligente sabe que para su esposo es importante que ella sea atractiva y por eso se ocupará en cuidar su salud e higiene y se arreglará con feminidad.

En suma, la inteligencia es más importante que la belleza, pues en una forma gráfica:

Una persona inteligente, pero quizá no tan bella, sabrá cómo sacar partido a su físico.

Una persona bella, pero no tan inteligente, desperdiciará su físico.

La boca

Una mujer hermosa que abre la boca y dice tonterías, es un motivo de burla. Recuerdo a una política norteamericana que vestía de modo impecable y cuya imagen yo admiraba, hasta el día de su primera entrevista. ¡No sabía ni dónde quedaba Canadá!

Cuando nos entregamos a Dios y recibimos un nuevo corazón, podemos controlar nuestra lengua y pensar antes de abrir la boca. ¿Qué puede echar a perder nuestra belleza? Los chismes, mentiras, groserías y ofensas.

Como dice Proverbios 21:19: «Más vale habitar en el desierto que con mujer pendenciera y de mal genio» (NVI). Esto es un ejemplo de alguien que solo habla para quejarse. Los expertos nos dicen que al 80% de la gente no se interesa por lo que escucha. ¡Y el otro 20% piensa que esa persona merece lo que le pasa!

Una persona inteligente sabrá controlar sus palabras y así mostrará belleza con su prudencia.

El círculo se cierra

Una mujer sin un nuevo corazón no mostrará hermosura, sino lo contrario. Nuevamente, la Biblia lo recalca:

«La mujer ejemplar es corona de su esposo; la desvergonzada es carcoma en los huesos» (Proverbios 12:4 NVI).

La mujer «desvergonzada» es la que no tiene belleza. Ha perdido su propósito y por lo tanto pretende ser lo que no debe; en esto, es como una enfermedad para su esposo y los que la rodean. El esposo de la mujer ejemplar está orgulloso de ella, tanto como si trajera una corona que lo distinguiera como rey.

La belleza más importante es la interna

Se lanzó un programa televisivo llamado «Belleza Verdadera», en el que los competidores buscaban ser los más hermosos. Ellos pensaban que se les evaluaba por su belleza externa, pero en realidad se juzgaba su belleza interna.

Analicemos algunos de los capítulos: 

Episodio 1: Pierde una chica por fisgonear y ver los archivos de sus compañeros y por no ser amable (no le abre la puerta a un vendedor que carga tazas con café humeante).

Episodio 2: Pierde una chica por mentir para conseguir dinero, rehusarse a donar fondos a una obra de caridad y por no ayudar a un chico que se cae de una bicicleta.

Episodio 3: De los ocho competidores, solo dos consuelan a una chica que está pasando un mal día. La chica eliminada no levanta una botella de agua vacía que está tirada en la calle.

Episodio 4: Se les pide a los concursantes que trabajen con una persona de edad adulta; en el fondo, se les evalúa por su trato hacia ellos. El chico que pierde no le cede su lugar a un anciano.

Episodio 5: Se les da una misión que realmente no es evaluada, pero se está observando su trabajo en equipo. La chica que pierde no ayuda a sus compañeros y agrede verbalmente (y con vocabulario impropio) a un jardinero que accidentalmente la moja con una manguera. 

Son solo algunos ejemplos de lo que este programa demostró. Mientras los concursantes se esmeraban por mejorar su belleza externa y ganar, eran evaluados en aquello que en verdad importa: su honestidad, su carisma, su entrega, su compasión, su lealtad y su modestia.

A final de cuentas, esta es la prueba que más cuenta. Quizá no todos logremos participar en una pasarela o posar para una revista, pero en esta vida la belleza interna es más duradera y valiosa.

La pregunta es: si hubiéramos concursado en este programa, ¿habríamos sido eliminados? Busquemos a Dios, pues solo un cambio interno nos ayudará a pulir nuestra conducta externa. Anhelemos la belleza interna, la del corazón.


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