Serie: Principios sobre la belleza

Foto por Itzel Gaspar

Principio 8: Para encontrar la belleza necesito compasión

Por Laura Castellanos

Tenía tan solo cinco años cuando sus huesos y su cráneo se desarrollaron de modo anormal. José supo que no era igual a los demás, ya que no podía jugar con los otros niños debido a que su cadera y sus piernas estaban deformadas. Su madre María, una mujer piadosa y religiosa, no se dio por vencida. Su hijo aprendería a leer y a escribir.

Cuando María iba con José por la calle, la gente se detenía para mirarlo. Para protegerlo, lo mantuvo a su lado noche y día, así que él se hizo dependiente de ella. José se preguntaba por qué era diferente, pues sus hermanos nacieron sanos. Su padre abrió una mercería para sostener a la familia. En un día sombrío, a la edad de once años, José perdió a su madre. Fue el peor evento de su vida. María había sido la única persona que le había demostrado verdadero amor. José se había quedado solo en el mundo.

Su padre se volvió a casar. La madrastra y los hermanastros de José no aceptaron sus deformaciones y le exigieron ganarse el pan. José nunca olvidó cómo su madrastra le quitaba el plato a medio servir.

—Como no trabajas, solo mereces media porción —le recriminaba.

José entró a trabajar en una fábrica de puros hasta que su mano derecha se deformó y tuvo que abandonar su empleo. Se escapó varias veces de casa, harto de las humillaciones. Su padre no lo quería, pero le consiguió un carrito para que fuera vendedor ambulante. Sin embargo, su aspecto era tan grotesco que nadie le abría la puerta. En su vecindario, lo odiaban.

La mandíbula de José se deformó y un tumor le creció encima de la boca, de modo que ya no podía hablar con claridad. En las calles los niños le gritaban y los adultos lo insultaban. Para colmo, José prefería no comer por no escuchar las quejas de su madrastra, hasta que a los quince años abandonó su hogar.

Su tío se compadeció de José y salió a buscarlo. Lo hospedó en su casa y lo trató con decencia. Al tío Carlos le asombraba la gran voluntad de su sobrino, pero la vida se complicó y a José no le permitieron renovar su licencia de vendedor ambulante. Ante tantas puertas cerradas, José optó por refugiarse en una casa de trabajo, donde las condiciones de vida eran duras, pero sin otra alternativa, permaneció allí cuatro años.

Debido a sus malformaciones, se le envió a un hospital donde fue operado. Se le quitó medio kilo de tejido y logró hablar mejor, pero su cara simulaba una trompa. José no deseaba volver a su casa ni a la casa de trabajo. La única salida se resumía en el circo. Buscó a un promotor de ferias quien convirtió su presencia en una gran atracción.

Entra el doctor

El doctor Federico vio a José en una exhibición y pidió permiso para examinarlo. Tristemente, se descubrió que la enfermedad de José era incurable. José, por timidez, no hablaba debido a sus deficiencias en la boca, por lo que el doctor pensó que era retrasado mental. Se había equivocado. José poseía una admirable inteligencia.

La exhibición se clausuró pues las autoridades consideraban «indecente» mostrar el aspecto horrendo de José. Se le cerraron las puertas en ese país, así que José viajó al extranjero con un promotor que lo dejó abandonado después de notar que en todos lados cerraban el espectáculo.

José juntó dinero para regresar a su país. Un capitán de barco le prohibió subirse a su navío; otro lo permitió con la condición de que no se mezclara con los pasajeros, así que se quedó escondido en cubierta y debido al mal clima enfermó de bronquitis. Del puerto viajó en tren, también oculto, hasta la ciudad. No esperaba que en la estación la gente le insultaría con tal crueldad. Cuando llegó la policía, José estaba al borde de un ataque de locura. Presa de la multitud, solo acertó en enseñar la tarjeta del doctor Federico.

El doctor lo recibió y lo hizo ingresar al hospital de modo fraudulento. Pero no podía quedarse allí para siempre. José rogaba que le enviaran a un asilo para ciegos —donde nadie le juzgaría por su apariencia—, o a un faro —para estar solo. Su único ruego era que no lo regresaran a una casa de trabajo.

El doctor entonces tuvo una idea. Puso en el periódico un anuncio para solicitar dinero y con eso mantener a José de por vida. La sociedad respondió con cuantiosas sumas de dinero. Así se preparó un hogar para José. Protegido en ese ambiente, José se dedicó a sus dos pasiones: la lectura de novelas románticas y la escritura. También recibió visitas, y estas se sorprendieron por su educación y sensibilidad.

En cierta ocasión, una mujer le dio la mano por primera vez y José se deshizo en lágrimas. Había olvidado lo que era la amabilidad. A los veintisiete años de edad, encontraron a José muerto en su cama. Se había desnucado por el peso desproporcionado de su cabeza.

Sin embargo, la gente recordó a José porque a pesar de las humillaciones, las palizas y el rechazo de la sociedad, no guardó rencor contra el género humano, y supo salir adelante debido a su carácter dulce e inocente.

Una historia verdadera

Esta conmovedora historia en verdad sucedió. Joseph Carey Merrick nació y vivió en Inglaterra, y su vida se ha llevado a la pantalla grande en un filme titulado «El hombre elefante».

Merrick sería el último hombre en la tierra en ser considerado hermoso; y aún así, no encontramos biografías que demeriten o manchen su carácter, sino todo lo contrario. Se han hecho estudios psicológicos para lograr explicar la pureza en el alma de este hombre, pero quizá la conclusión se resume en una palabra: compasión.

La clave para encontrar la belleza interna es la compasión; esa capacidad de ponernos en los zapatos del otro y sufrir con ellos; esa característica de sensibilidad hacia los demás con miras a no verlos sufrir. 

«Dichosos los compasivos, porque serán tratados con compasión» (Mateo 5:7 NVI), dijo Jesús en su inolvidable Sermón del Monte.

¿Qué pasaría si padeciéramos una enfermedad como la de Merrick? ¿Cómo nos gustaría ser tratados? Si en un incendio perdiéramos nuestra «normalidad», ¿comprenderíamos mejor la compasión? 

Una actitud

La compasión es una actitud. Es un movimiento del alma que nos hace sensibles al mal que padece el otro. Merrick no encontró muchos ejemplos de compasión en su vida; pero para nuestro asombro, mostró compasión hacia los que lo rodeaban. 

El apóstol Pablo nos manda: «Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran» (Romanos 12:15 DHH).

La compasión implica olvidarnos de nosotros mismos por un momento y pensar exclusivamente en el otro. Conlleva el renunciar a nuestros derechos por un momento con tal de ayudar a otro.

Y al dar y darnos, la compasión nos hace mejores. 

Jesucristo nos mandó: «Sean compasivos, así como su Padre es compasivo» (Lucas 6:36 NVI).

Las nuevas actitudes nos ayudarán a ver a los demás, no a través de nuevos lentes, sino a través de nuestros ojos humanos. La compasión nos hará más perfectos, no más débiles. De hecho, en la película sobre Merrick, llega un momento en que los malvados y feos son aquellos que lo increpan y molestan. 

Deformaciones

A final de cuentas, si la maldad tuviera color, todos estaríamos teñidos de manchas. Cuando nos enfocamos en los defectos de otros, perdemos la perspectiva y olvidamos nuestras propias malformaciones de carácter y espíritu.

Bien dice la Biblia: 

«¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo?» (Mateo 7:3 NVI). 

Para encontrar la belleza necesito compasión

Seamos compasivos y aprenderemos a encontrar la belleza a nuestro alrededor. A final de cuentas, los más beneficiados en conocer a Merrick fueron los que lograron traspasar la barrera de su propia indiferencia. Al mostrar compasión fueron recompensados, ya que lograron disfrutar de un hombre inocente y un alma hermosa detrás de una cara deforme y con trompa como de elefante.


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