Serie: Crónicas del primer siglo (9)

Imagen por Frida García Retana

La valentía de unos

Por Elizabeth Rh

Mi nombre es Valeria. En nuestra lengua significa «Valiente o Fuerte». Mi padre Origen me dio ese nombre porque siempre anheló un primogénito varón que reflejara el sentido de: Valerio Origen, el que es valiente desde sus raíces. Pero sólo pudo concebirme a mí.

Supongo que esa es la razón por la que él siempre ha puesto empeño en mi educación. Como uno de los negotatioere más importantes del Imperio, él sabe que un matrimonio de buena posición para su hija, no podría garantizarse sólo por el nombre de nuestra familia. Si su única hija podría ser hallada por el mejor postor, necesitaba demostrar un honor a mi virtus de una forma sobresaliente.

Mi padre me ha llevado a todos los eventos relevantes de nuestra sociedad, que mi edad y género permiten. Uno de sus favoritos es el Circo. Mi padre dice que una verdadera valentía se forja con la violencia bien equilibrada. Me ha llevado al Circo desde que tenía 10 años. Si bien el teatro y las artes me enseñan representaciones e historias de los dioses y de nuestros héroes, los maestros del areópago me enseñan estética, y los viajes de comercio a los que me ha llevado me enseñan del poder económico, el Circo me enseña sobre la astucia y la valentía.

Una vez por semana, me lleva al gran Anfiteatro construido por su grandeza, el Emperador Vespasiano. Mi padre y yo debemos observar el espectáculo por separado. Él siempre se queja; recuerda una época antes de César Augusto cuando los espectadores podían sentarse en cualquier sitio y en la compañía que quisieran. Desde que yo vine por primera vez he mirado los eventos desde lo alto con las otras mujeres. A nosotras no nos dividen entre las clases, pero se hace visible la distinción gracias a las ropas o el número de esclavos y sirvientes que nos atienden mientras disfrutamos de los eventos.

Mi lugar siempre ha estado con Ogulnia de Iksos. Es la esposa del comerciante de sedas al que mi padre ha financiado muchos viajes. Nuestras familias se conocen y yo puedo decir que, gracias a los Juegos, conozco a Ogulnia un poco mejor que nadie. Ambas usamos sillas de alquiler para no tener que mirar de pie como las otras mujeres; ella renta también pérgolas de la misma tela que su esposo exporta, ánforas de agua para refrescarnos entre actos y sendas bandejas de comida.

Hoy Ogulnia ha mandado tener lista una fuente de lonjas bañadas en salsa, vino y frutas de la mejor calidad. Quiere un gran banquete para esta tarde. Hoy, después de que pasen lo que ella llama aburridísimos intermedios, los ludus soltarán a sus gladiadores y veremos a su Campeón favorito: Celiades. 

Ogulnia quiere brindar y hacer un festín por su amor secreto. Ya se habla mucho de eso entre las masas, pero a Ogulnia nunca le ha interesado lo que otros opinen de sus fijaciones. Siempre dedica largas frases al porte de Hércules de Celiades, un gladiador escita con cicatrices y deformaciones que exponen los peligros que ha vivido antes de ser un gladiador. Por sus orígenes, Celiades posee la piel y complexión de los dioses, cabellos como el cobre y piel dura como el mármol.

A su manera, trato de pensar que Celiades y Ogulnia son un ideal de valentía. Él es el mejor y más aclamado gladiador de nuestros días. Ha matado con su espada a más de trescientos hombres y a muchas bestias. Mi padre incluso habla de él o de los guerreros. Ogulnia también debe tener sus aires de braveza. ¿Retar con sus acciones a su esposo, a la sociedad y a sí misma? Eso debe ser valentía.

La hora del mediodía es la más aburrida en el Circo. No son horas de cacería, ni furiosas luchas de gladiadores. Las horas de los condenados a muerte son un acto poco relevante si lo comparamos a los otros eventos en el anfiteatro de Vespasiano. 

La semana pasada, los criminales fueron un parricida y varios ladrones que atentaron contra el Senado. Fueron condenados, vestidos como actores para hacer más entretenido el evento. Uno de ellos, recuerdo, llevaba una lira de madera y corona de laureles como Orfeo. El hombre fue devorado por un oso, igual que al héroe se le despedazó en manos de las ménades enfurecidas.

Esta tarde, los condenados salen en grupo. Detecto alturas distintas, complexiones variadas. Hombres, mujeres, algunos muy bajos. Los presentes que no se fueron a comer abuchean al entender quiénes son. Todos visten como actores también, les han puesto harapos como a Edipo tras su errante viaje. En sus cuellos, como lo marca la ley, cuelga su delito. Hostis Inimicus Imperium. Los enemigos de Roma. También conocidos por el nombre de su secta perniciosa: cristianos.

Si ellos «serán» Edipo, el par de leonas que salen de las jaulas serán las esfinges. El público está poco interesado. ¿Oiremos al par de leonas hambrientas hablar y dedicar acertijos a estos condenados? ¿Responderán ellos con la maestría del viejo Edipo y así librarán la muerte? Eso es imposible. Ningún condenado a las bestias puede sobrevivir. Ninguno. No importa si es un anciano, un niño, un hombre débil o una mujer como yo.

Los cristianos son considerados cobardes. Hay judíos que han usurpado sus ideas, que tienen sectas religiosas basadas en el combate revolucionario. Estos christus pequeños son débiles, según la gente; no son provocadores de las masas, incapaces de tomar las espadas que les dejaron allá abajo para hacer más entretenido el espectáculo. Se quedan allí, observados por cincuenta mil ojos de romanos ávidos de sangre. Se repliegan con esas ropas de caminantes perdidos y asolados. Se escucha el gimoteo más débil de alguno dentro del grupo, un niño, tal vez dos.

Ogulnia susurra su aburrimiento y se echa en el banco afelpado. Yo me enderezo más y miro sobre las cabezas abajo. Hay algo...

Un hombre sale del pequeño tumulto, detecto las facciones de un anciano que no es romano ni griego, tal vez de la lejana provincia de su Christus. Este «Edipo» sale pero no enfrenta a las leonas, que hoy están replegadas en las paredes del Circo. Los encargados de incitarlas persisten con lanzas pero ellas gruñen y se quedan allí, como si una fuerza las atara al suelo de arenas, sangre y muerte.

El anciano de ropas raídas se torna al grupo tembloroso de «Edipos» incapaces de mirar arriba. El anciano tiembla también. Lo puedo ver desde mi asiento. El correo de las voces romanas debe llegar a sus oídos y espantarlo. Sin embargo, puedo ver también...

Algo... en la arena hoy. Entre los gritos de la multitud que ríen y Ogulnia a mi lado que se abanica fastidiada con la mano, hay algo en el rostro de ese hombre allá abajo.

Tiene miedo, sí. Tiene la certeza de la muerte en las garras y dientes de las fieras, sí...

El oye, como yo, los llantos de los otros condenados, y también llora y quisiera pasar de esta copa de alguna otra forma. Pero en su rostro surcado de días, sus propias cicatrices de luchas más secretas que las de Celiades, en sus ojos antiguos hay años de vida, hay calma, hay templanza, hay una Pax, no Romana.

Les susurra a su grupo algo que ninguno de nosotros puede oír. Los insta con movimientos, los reúne, los abraza como un pastor a sus ovejas. Y en medio de un abrazo fundido, somos testigos de la elevación de una melodía que ninguno entendemos.

Agnus Dei. Me viene a la mente el rumor que he oído.

Hoy se ven no como condenados, ni como Edipos entregados para nuestro entretenimiento.

Hay algo en ellos que no sé si es realmente mortal, natural o meramente humano. 

Las leonas son azuzadas. El ataque se concreta como debe ser. Ogulnia está tan aburrida como al principio, los públicos abajo están menos interesados. Perdieron la atención después del tercer o cuarto ataque. Es todo. Silencio, sangre, muerte.

Mi mente no entiende lo que mi corazón siente. Dudo que mi padre pensara en esto cuando comenzó a traerme al Circo. ¿Esto quería que yo aprendiera? Pero los años pasarán y yo entenderé que hay una Voluntad en el mundo que es superior a la de mi padre, a la de Roma y a la de César.

Esa voluntad me ha traído aquí; aunque habrá años después cuando lo lamentaré. 

Hoy ha funcionado para encender la lámpara en mi mente y no dejarme tranquila hasta indagar más. La clase de valentía que he presenciado hoy, jamás ha de ser vista por otro ojo humano. Esta convicción de vida, capaz de retar a Roma con una calma superior en pleno Circo, es lo que me ha hecho buscar, llamar, y recibir respuesta por la Voluntad que me llevó al Anfiteatro aquel día.

Conocer a los enemigos del estado. Y ser, con el tiempo, por la gracia del Agnus Dei, uno de ellos.


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