Serie Crónicas del primer siglo (8)

Imagen por Frida García Retana

La diferencia 

De Erika Simone

Minerva miró a la prima que con tanto cariño la había recibido en su hogar 

—¿Se te ha ocurrido que estás tratando al Gran Dios Omnipotente como si fuera uno de aquellos dioses romanos falibles y caprichosos? 

—¡Claro que no! —Aurora le respondió con ojos inmensos de horror. Minerva tomó sus manos temblorosas y las apretó. 

—Aurora, mira a tu alrededor. 

Las primas estaban sentadas en el jardín central de la casa. Se oían las aves, el cielo oscurecía y corría una brisa desde las ventanas.

—¿Quién creó todo esto? 

—Dios. 

—¿Y qué nos demuestra? 

—Su poder. 

—Sí, pero otra cosa. 

—Su grandeza. 

—También, pero no. —Minerva sonrió. —¡Su amor! Me estás contando que con ansias esperas la noche para confesar tus pecados y hasta ese momento vives con miedo. Pero, Él no está esperando a que falles para hacerte sufrir.

—No, pero el hermano Juan nos enseñó a confesar nuestros… —Minerva interrumpió.

—Sí, la confesión es una parte de nuestra fe. Otra parte es sabernos perdonados, sabernos amados y saber que tenemos acceso constante a nuestro Padre, al Padre que nos espera, no para regañarnos, sino porque disfruta nuestra compañía. Por eso te digo que lo estás tratando como si fuera Marte o Júpiter. Esos dioses que se vengan por cualquier cosita, que tienes que apaciguar con sacrificios. Nuestro Dios es tan diferente… Su deseo de estar con nosotros era tan fuerte que no esperó a que sacrificáramos lo necesario, ¡lo hizo Él mismo! 

Aurora se sentía muy confundida, pero no tuvo tiempo para hacer más preguntas. Su mamá las llamaba, era hora de cenar. Durante la cena, Minerva respondió a todas las preguntas de sus tíos sobre la familia y su viaje ese día. Aurora permitió que sus papás y hermanitas se adueñaran de la conversación. Ella compartiría recámara con su prima entonces habría mucho tiempo para platicar a solas. 

Terminada la cena, la familia se puso de rodillas y el papá de Aurora las guió en oración. Aurora nunca entendía por qué su papá pasaba tanto tiempo alabando a Dios y hablando de sus cualidades. Todos sabían que Dios era bueno, poderoso, amoroso, justo, fiel y misericordioso… lo importante, desde su punto de vista, venía después, cuando comenzaba la confesión. Confesaba cuando sus hijos se habían peleado, que habían mostrado ira e injusticia hacia otros y que todos habían tenido pensamientos pecaminosos. Pero, Aurora sentía que pasaba muy rápido de esa parte. Siempre terminaban dando gracias por las bendiciones y aunque Aurora se sentía agradecida, no quedaba tranquila. ¿Qué tal si algo se les olvidaba y quedaba un pecado entre ella y Dios? 

Como era su costumbre, ayudó a su mamá a recoger el comedor y se retiró a su habitación. Se puso de rodillas en el piso de piedra y comenzó a pensar en qué más debía confesar. Minerva entró al cuarto. 

—¡Ay! Perdón, no sabía que estabas orando. 

—Sí, sólo confesando las cosas que mi papá no vio o que se le pasaron. —Aurora se levantó sobándose las rodillas, tendría que terminar después.

—¿Por qué no te arrodillas sobre una cobija o algo? —Minerva la estaba observando atentamente.

— Bueno…—Aurora enrojeció. No sabía cómo explicar lo que sentía cuando sus largas oraciones le causaban dolor en las rodillas—. No es como que merezco estar cómoda… tengo muchos pecados que confesar.

Minerva quedó boquiabierta. Y lo que nunca le sucedía, sin palabras. Aurora miró al suelo, sus mejillas todavía rojas de vergüenza. Si su prima solo supiera lo pecadora que era, ni siquiera sería su amiga. Minerva al fin encontró las palabras que buscaba. 

—Aurora, ¿qué piensa Dios de ti? —Aurora sin mirarla encogió los hombros. Pero Minerva permitió que se extendiera el silencio. Finalmente, Aurora se sintió obligada a decir algo. 

—Pues, soy salva y necesito vivir en santidad. Para honrar a Dios. 

—¿Y cuando pecas?

—Pues, le muestro a Dios que mi confesión es en serio, que entiendo lo grave que es el pecado.

—¿Y qué te hace pensar que Dios necesita que sufras? —Volvió a reinar el silencio en la habitación. Minerva se sentó en la cama e invitó a Aurora a sentarse junto a ella.

—Aurora, ¿te das cuenta de que si tú sientes la necesidad de sufrir por tus pecados, estás menospreciando el sufrimiento de Cristo por esos mismos pecados?

—¡No! ¡Yo sé que sufrió muchísimo! —Las lágrimas ahogaron las palabras de Aurora. Entonces, Minerva continuó. 

—El mismo hermano Juan que nos enseñó a confesar nuestros pecados, ¡también nos habló del inmenso amor de Dios por nosotros! Claro que quiere que vivas en santidad, pero no que vivas en temor, castigándote por tus pecados. ¿Por qué no permites que Dios te bañe en Su amor? Estás viviendo como si no te hubiera perdonado. En lugar de ocuparte de ti misma y tus pecados, que por cierto, eso es idolatría, ¡eh! —Minerva no se detuvo con los sollozos de Aurora.

—Ocúpate de Dios, de quién es y cómo es. El punto de la confesión no es sufrir, es aclarar todo con Dios para poder disfrutar nuestro tiempo con Él. Es tener una relación más cercana, tener más intimidad amorosa con Él. ¡Nada que ver con esto que estás sufriendo! —Las palabras apasionadas de Minerva dieron paso a un silencio.

Aurora lloraba aún. Minerva la abrazó. Después de unos minutos, ya más tranquila, Aurora se envolvió en una cobija y, una vez cómoda, tomó la mano de su prima y comenzó a orar. Ya no para confesar, sino para alabar a Dios por quién era. Nada que ver con los dioses tiranos que ella antes adoraba, sino un Dios que la amaba tanto que quería pasar tiempo con ella. Un Dios diferente.


Tal vez también te interese leer:

Serie: Crónicas del primer siglo (1) El óbolo (Historias del cristianismo primitivo)

Serie: Crónicas del primer siglo (2), La huérfana  (Historias del cristianismo primitivo)

Serie: Crónicas del primer siglo (3), El pacto  (Historias del cristianismo primitivo)

Serie: Crónicas del primer siglo (4), La hija del soldado (Historias del cristianismo primitivo)

Serie: Crónicas del primer siglo (5), El incendio  (Historias del cristianismo primitivo)

Serie: Crónicas del primer siglo (6), La ley  (Historias del cristianismo primitivo)

Serie: Crónicas del primer siglo (7), Mi trabajo siempre fue la muerte   (Historias del cristianismo primitivo)

Anterior
Anterior

Sin sudor

Siguiente
Siguiente

La oración y el incienso