La oración y la mirra

Necesitamos estar bien para presentar ante Dios nuestra ofrenda de oración

Por Julia Harris

¿Has oído hablar de la mirra? La mirra o estacte proviene del Styrax officinalis, un árbol que al cortar su corteza destila un líquido resinoso llamado mirra. Entre otras cosas, se usa para elaborar un perfume que se quema con facilidad y emite mucho humo.

En tres etapas de la vida del Señor Jesús estuvo presente la mirra. En su nacimiento se la ofrecieron los magos. En su muerte en la cruz le ofrecieron mirra como anestésico, pero no quiso tomarla. Y en su sepultura usaron la mirra para poner en los lienzos que le pusieron para envolver su cuerpo.

La mirra, aunque destila un buen aroma, simboliza sufrimiento. Esmirna es una iglesia en Asia menor a la que el apóstol Juan le escribió cartas (Ap. 2:8-11). Su nombre significa mirra y a esta iglesia le dice que va a sufrir y le pide que sea fiel hasta la muerte.

¿Podríamos comparar a la oración con la mirra? 

El pecado es un obstáculo para la oración: «Son sus pecados los que los han separado de Dios. A causa de esos pecados, él se alejó y ya no los escuchará» (Isaías 59:2).

Para que nuestra oración suba a Dios como el incienso es necesaria la confesión: 

«Si no hubiera confesado el pecado de mi corazón, mi Señor no me habría escuchado» (Salmo 66:18).

La confesión no es algo fácil para nosotros y podríamos considerarla un sacrificio. No nos gusta reconocer que estamos mal. ¿Te acuerdas cuando el rey David pecó con Bestabé? Pasaron por lo menos 9 meses antes de que confesara su pecado y todo ese tiempo sufrió terriblemente. 

¿Por qué nos cuesta confesarle a Dios lo que hacemos mal? Porque tenemos que reconocer que no somos perfectos, pero Dios es santo y conoce todo. No podemos acercarnos a Él como si no hubiéramos hecho nada.

El Señor Jesús dijo: «Por lo tanto, si presentas una ofrenda en el altar del templo y de pronto recuerdas que alguien tiene algo contra ti, deja la ofrenda allí en el altar. Anda y reconcíliate con esa persona. Luego ven y presenta tu ofrenda a Dios» (Mateo 5:23,24).

Necesitamos estar bien para presentar ante Dios nuestra ofrenda de oración. Además, nuestra relación con Dios solo funciona cuando nosotros nos entregamos a Él. El que ofrece a Dios una oración sin sacrificarse a sí mismo y apagar su yo, no está orando de manera efectiva. 

Nuestro Señor Jesucristo no tuvo que confesar ningún pecado, pero en el huerto de Getsemaní sufrió mucho al orar. 

«Se adelantó un poco más y cayó en tierra. Pidió en oración que, si fuera posible, pasara de él la horrible hora que le esperaba. “Abba, Padre —clamó—, todo es posible para ti. Te pido que quites esta copa de sufrimiento de mí. Sin embargo, quiero que se haga tu voluntad, no la mía”» (Marcos 14:35,36). 

Nuestro Señor dejó a un lado su voluntad y se sometió a la voluntad de su Padre, y esto cuesta. Por eso comparamos la oración con la mirra, porque nos cuesta mucho trabajo reconocer que estamos mal y confesar arrepentidos nuestro pecado.

Muchas veces nos saltamos este paso al orar, pero si hay pecado no confesado en nuestra vida, nuestra oración no es de olor grato ni sube como el incienso a la presencia del Señor. Para que la oración profundice nuestra relación con Dios es necesario este ingrediente: la confesión.


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