El poder de las palabras

Foto por Erick Torres

Foto por Erick Torres

Serie: Discípulas de Jesús

Por Katherine de Estrada

1805, Parroquia San José Palencia. Katalina sería presentada a la sociedad con su confirmación.

«Apúrate mijita, debes decir que sí a todo lo que diga el padre Matías. No sonrías, mantén la mirada baja y asiente con la cabeza cada vez que te hagan una pregunta. Todos te estarán viendo y la Señorita Mercedes te llevará solo si ve que eres una niña sumisa».

1789, dieciséis años antes

Yamil había quedado embarazada de Katalina, después de que su patrón había abusado de ella. En ese tiempo don Vicente era un criollo poderoso de cuarenta años que había quedado viudo, pues doña Mercedes había muerto dando a luz a su hija, a quien en su honor también llamaron Mercedes. Yamil era la “nana” de esa pequeña, quien estaba en sus años de infancia. 

«No dirás nada. Seguirás cuidando a Mercedes. Un mes antes vendrá por ti el sacerdote, él te llevará con las Carmelitas. Ellas se encargarán», le dijo Don Vicente a Yamil, cuando supo de su embarazo.

1790, convento de las Carmelitas. 

—¡Es niña! Una hermosa niña, Katalina… — susurró la sor Inés. 

—La niña se quedará con las monjas —insistió don Vicente—. Podrás visitarla cada primer sábado de mes. Asegúrate de que sea obediente y fiel católica. Después de su confirmación, Katalina será la pajecita [ayudante] de la Señorita Mercedes. Si aprende a obedecer, tendrá mejor vida que tú.

1797

Katalina era una niña traviesa e inquieta. Siempre estaba siendo castigada. Pero la sor Inés la quería, y la cuidaba con especial atención. Ella misma le enseñó a leer: en español y latín. Pero cuando Yamil, su madre, la visita solo podía hablar con ella en Kaqchikel, una lengua maya guatemalteca. 

«Los idiomas serán tu arma más poderosa. Te menospreciarán los criollos y los indígenas, pero tú nunca menosprecies ni el español ni el kaqchikel», la sermoneaba sor Inés cada vez que Yamil llegaba de visita. 

—¿Mami? ¿Por qué sor Inés quiere que hablemos en kaqchikel y no en español? ¿Qué es lo que podré hacer que no puedes tú? Al final tú también hablas español.

—Porque tú tienes lo mejor de las dos partes: el rostro de ellos y mi corazón. Por tu rostro te pagarán los patrones, pero por tu corazón te escuchará nuestro pueblo.

—Pero ella dice que nadie me querrá. 

—Te querrá ella y te querré yo. Eso te debe bastar. Ya verás cómo el oro borrará esa indiferencia. No tendrás que sufrir como yo, ni como nuestro pueblo. Estarás sobre nosotros, por eso no te querrán. Pero no olvides que eres parte de nosotros. Intenta siempre ganar la simpatía de los patrones, pero nunca te fíes de nadie.

—¿Mamá? ¿Y el latín cómo me servirá?

—Eso es juego, mijita. No le prestes atención. No sé por qué la Sor Inés se empeña en que leas latín. Te servirá solo para distraerte. Cuando estés aburrida, lee en latín. Pero trata de nunca aburrirte.

1805, Parroquia San José Palencia. Katalina fue presentada a la sociedad con su confirmación. 

«Katalina, espera», gritó sor Inés. «Toma este libro; está en latín. No te enseñé lo suficiente lo importante de su mensaje. Lo has leído para aprender el idioma, pero cuándo te sientas perdida, léelo. No importa si no entiendes, sigue leyendo. Sé que te salvará».

1807, Hacienda Palencia. Katalina revisa la contabilidad de los tributos recogidos.

—Apresúrate, Katalina. Necesito esas cuentas para hoy.

—Sí, señorita Mercedes. Solo hay un nombre que no me cuadra. No aparece en todos los registros. Hay algo mal con sus tributos.

—No te hagas la lista conmigo, Katalina. Esa es tú tarea. No intentes explicarme. Resuélvelo.

—¿Señor Josefino? Estoy revisando los tributos que reporta don Vicente, pero hay un tal José Pop que aparece a veces y muchísimas otras irregularidades parecidas.

—Eso, Katalina. Tenía razón don Vicente al decir que serías de ayuda. Ven cada sábado. Tú me ayudarás con la recolección, y solucionaremos este y muchos problemas similares.

—¡Criolla mal parida! —la insultó una campesina que escuchaba la conversación, mientras le hacía mirada de odio.

—¡Señora, yo estoy de su lado! ¡Solo quiero justicia! —le contestó con una sonrisa forzada y con cara de sorpresa.

—No les hagas caso —interrumpió Josefino—. Nos tratan así siempre, pero de allí no pasará.

—Gracias, señor Josefino.

—No digas gracias, toma esta moneda de oro. Hoy te has ganado una extra. Recuerda, si alguien te trata mal, cóbrale más. Así aprenderán a respetarte. Eso sí, cóbrales en tu idioma, eso los tranquilizará. Ese es el poder de nuestras palabras. Ahora toma tu almuerzo y come antes que vengan los patrones.

—Sí, señor Josefino. Gracias.

Su madre Yamil y sor Inés tenían razón. Nadie la quería. Los criollos le pagaban bien, pero la trataban con desprecio. Podía verse como ellos y hacer sus mismas tareas, pero debía estar siempre separada de ellos y, por supuesto, usar siempre su uniforme de moza. Los indígenas la aceptaban cerca, pero no la incluían en sus actividades, ni le dirigían la palabra. 

1810, hacienda Palencia

Katalina compró un cerdito de los que solo en la hacienda de don Vicente comían. Pensó que era una buena forma de ganarse a las amigas de su madre. 

Sin embargo, una por una se lo rechazó. Y parecía que les había llevado un insulto en lugar de un regalo. 

—¡Estoy cansada, mamá! ¡No le he hecho nada malo a nadie! ¿Por qué me tratan así? Yo no quiero ser blanca, soy como tú y como ellos.

—Lo sé, mi amor. Tienes el mismo corazón que yo. Pero no vives como ellos y no tienes que hacerlo. Nosotros no tenemos opción. Aguanta, tú vivirás diferente. Aprenderás a ignorar el dolor de tu pueblo y la indiferencia de tus patrones.

—No aguantaré. Yo solo quiero justicia, ¿por qué es tan difícil?

—La vida no es justa, Katalina. Nuestro pueblo sufre. Eso tampoco es justo.

—Pero no es justo que no paguen el tributo.

—Es más complicado que eso, Katalina. Pero no olvides: sirve a los blancos, pero no saquees demasiado a tu pueblo, o nunca te escucharán.

Katalina se sentía perdida. Recordó su libro de latín. Lo abrió y empezó a leer, pero no entendía nada y lo cerró.

Decidió seguir los consejos de su madre. Aprendió a ser dos versiones de sí misma.

Ante sus patrones se mostraba dura con su pueblo y siempre obtenía buenas ganancias. No la trataban igual que ellos, pero le pagaban bien. Y ante su pueblo se mostraba dura con los patrones; burlándose de ellos. De esta forma la trataban mejor. Todavía se reían de ella y no la invitaban a todas las fiestas, pero al menos era bienvenida en algunas casas.

Eso sí, sabían que llevaría un bonito presente. Además, siempre que veía que un campesino no la quería, le cobraba más.

1815, hacienda Palencia

—¡Katalina! Yamil está muy enferma. Debes venir a verla.

Katalina dejó el banquito donde cobraba el tributo y corrió a casa de su madre. 

—Tiene un fuerte dolor de estómago. Lleva así tres días. No sé si sobrevivirá. Será mejor que te despidas de ella.

—No, no estoy lista para esto. Hace dos meses que sor Inés me abandonó y no soportaría otra pérdida.

—Apúrate, mijita. Será peor si no te despides.

Katalina entró llorando y al nomás sentarse en la cama se desmayó.

—Estás bien, Katalina. No te asustes. Te puedes quedar aquí.

—¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi madre?

—Estás en el convento, aquí estarás segura. Tú madre está en un mejor lugar.

—¡No, no, noooo!

—Tranquila, Katalina. No pasa nada. Estarás bien. Con lo que has ganado, ya no necesitas trabajar.

—¡No me importa el dinero! ¡Solo quiero a mi madre! No quiero estar sola. ¿De qué me sirve toda esa riqueza? No hay nadie que me acepte; soy despreciable para todos. 

—No es cierto lo que dices, Katalina. Parece que se te han olvidado todas las lecciones que nos enseñó sor Inés en latín.

—¿A qué te refieres?

—A Jesús, él te quiere. 

—¿Jesús? No sé de quién estás hablando. No recuerdo a ningún Jesús que me quiera.

—No seas tonta, Katalina. No me refiero a ningún «Chus», me refiero al Jesús del que habla la Vulgata Latina.

—Estás loca.

—No, no lo estoy. Parece que todos estos años no has leído la Vulgata que te dio sor Inés.

—He estado muy ocupada. Y no me he aburrido.

—No seas testaruda, Katalina. Lee, y no pares de leer.

1817. Llega al convento un mensaje de parte de la señorita Mercedes para Katalina.

«El deber llama. Los campesinos protestan porque no quieren pagar el tributo y necesitamos tu ayuda. Si vienes, puedes cobrarles tres veces el tributo y dos partes son tuyas».

Katalina se puso su uniforme de moza, metió una manzana y su Vulgata en una bolsa, y se fue a la hacienda de la señorita Mercedes.

—¡Tranquilos! —dijo en idioma Kaqchikel—. El tributo ha subido porque los blancos tienen miedo. Saben que ustedes son poderosos. Solo con recibir las tres monedas se tranquilizarán. Pero el dinero los distraerá y se despreocuparán. ¡Paguen el tributo y, cuando menos lo piensen, ustedes los dominarán!

La multitud de campesinos se tranquilizó al oírla hablar en su idioma. Pero no estaban convencidos de su mensaje. 

—Nos miente; ellos solo nos explotan —se oía entre los murmullos.

—Tienen razón —gritó Katalina—, pero créanme, esto es lo mejor. Ellos pueden hacernos mucho daño, tienen mucho poder. Pero solo les interesa el dinero. ¿Qué vale más? ¿El dinero o nuestras vidas? ¡Démosle el dinero, quedémonos con nuestras vidas!

La multitud escuchaba. Y aunque no estaban contentos, uno por uno empezó a pagar el tributo.

—Pero tú te quedas con tu vida y con tu dinero. Mejor dicho «nuestro dinero» —le reclamó un campesino que dejaba sus tres monedas.

Esto era lo que hacía Katalina todos los días. De una hacienda se iba a otra. Y de cada tributo  obtenía dos de tres monedas. Tenía casi el mismo poder económico que sus patrones, pero se sentía vacía y perdida.

1820, Katalina acostumbraba a practicar su latín. 

«Vengan a mí los que están cansados y cargados, y yo los haré descansar»

Katalina quería descansar, Katalina estaba cansada y cargada.  

«...lleven mi yugo sobre ustedes, aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para sus almas».

«¿Quién es él?», se preguntaba mientras no podía parar de leer. «Necesito volver a empezar o me perderé la historia». 

Katalina leyó veinte veces el evangelio de Mateo. No podía creer lo increíble que era Jesús. Su compañera del convento tenía razón: Jesús la amaba. Él había dejado todo por venir a buscar a personas como ella: perdidas, cansadas y malvadas.

Mientras leía por vigésimo primera vez el evangelio de Mateo, se detuvo en el capítulo nueve, verso nueve: «Cuando Jesús se fue de allí, vio a un hombre llamado Mateo, sentado en la oficina de los tributos, y le dijo: Sígueme».

Katalina estaba sentada en el banquito en el que cobraba los tributos y sentía que estas palabras de Jesús le hablaban directamente: «Sígueme».

«Yo quiero seguirte. Quiero ser como tú. Quiero seguir tus pasos de humildad y amor. Muéstrame tus pisadas y ayúdame a seguirte», oró Katalina.

Mientras más leía y más reflexionaba en el asunto, decidió que su forma de imitar a Jesús sería dejando su riqueza para servir a los demás y hablándoles del amor de Jesús que puede transformar.

Katalina renunció a su trabajo. Empezó a visitar a los campesinos a los que antes les cobraba, y los invitaba a su hogar: a comer, a dormir y a escuchar la traducción de una porción del libro en latín. Siempre terminaba diciendo:

«El poder de las palabras no está en el español, ni en el kaqchikel. Ni siquiera está en el latín. El poder de las palabras está en el que se animó a pronunciar ese "sígueme" y en quien está dispuesto a responder "te seguiré". Seguir a Jesús te puede costar todo lo que tienes, pero tendrás algo de más valor». 

Mateo, el discípulo, también vivía en dos mundos, entre Roma e Israel, el enemigo y su pueblo. Pero su vida cambió cuando decidió seguir a Jesús. Renunció al dinero y la comodidad para seguir a un humilde carpintero. ¿Y tú?


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