Corazones rotos

Foto por Armando Lomelí

Siempre es más fácil ser la víctima que la villana de la historia 

Por Johanna Ochoa

¿Te han roto el corazón alguna vez? Probablemente dirás que sí. Quizá ese dolor no te sea ajeno, fue hace mucho y ya has sanado. O bien, es una experiencia reciente y aún duele.

Pero ahora dime: ¿Tú le has roto el corazón a otra persona?

De seguro, esto es más difícil de admitir. Siempre es más fácil ser la víctima que la villana de la historia. 

Todas hemos sido heridas en algún punto, así como también hemos lastimado a otros. Tenemos que aceptar nuestra realidad y reconocer el dolor que nosotras hemos causado con palabras, indiferencia, arrebatos, mentiras, groserías, traición, silencio, falsas esperanzas, falta de compromiso y más.

Culpamos a otros de nuestro corazón destrozado cuando la realidad es que nosotras mismas contribuimos a romperlo y desvirtuarlo. 

Anhelamos tener un corazón lleno porque sentimos que algo nos falta. Buscamos en lugares equivocados a alguien o algo que lo pueda satisfacer. En esta insaciable búsqueda, lo descuidamos, lo exponemos continuamente y lo llenamos de todo menos de aquello que realmente necesitamos.

Cuando sabemos que nuestro corazón le pertenece a Dios y entendemos que el único que puede llenar nuestro vacío es Cristo, entonces, podemos tener la confianza y seguridad de que sin importar lo que pase, nuestra identidad y valor está en Jesucristo, quien nos ama como nadie jamás podrá hacerlo. 

La verdad, siempre existirá el riesgo de salir con el corazón roto. Sin embargo, Dios puede usar ese dolor para mostrar su gracia y poder, y a través de nosotras dar esperanza y consuelo a otros. 


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