Amigos en el viaje

Foto por Philip Eager

Sobre amistades intergeneracionales

Por Ania Lías González

Hay riquezas intangibles en las que algunas personas nos hacen meditar. Y yo medito en esas que, de tanto en tanto, acompañan mi viaje. 

Dania mira a mis ojos con esa paz de los años que la envuelven y me cuenta de sus experiencias más profundas. Eventos que me sobrecogen, asombros que me retan a encontrar, yo misma, la belleza de mi lugar secreto en la oración. Entonces, accedo a una realidad sobrenatural, pero de un modo tan natural como su charla. 

Rodrigo me invita un helado y a la par discutimos acerca de teorías que demuestran del todo la existencia de Dios, aunque desde puntos de vista bastante bizarros: hablamos con ese desenfado de la franqueza. Al final, él sabe más, me aventaja en años de estudio o reflexión y callo así para escucharlo. Entonces, accedo a un conocimiento más extenso y yo gano aunque pierda, o ganamos los dos.

Gabriela, con sus quince, contiene sin embargo la seguridad del llamado de los que se saben tocados por Jesús e influyen a su vez la vida de muchos. Gaby produce en mí ese celo por la protección o discipulado. Esa sensación de estar generando impactos más allá de mi vida. Entonces, accedo a la oportunidad de tocar el barro donde el Señor moldea su arte.

Alejandro, de catorce, con ese permiso implícito de ser casi el mejor amigo de mi hija, irrumpe en mi casa. Nos abraza y se ríe de los cabellos erizados de Amanda. También nos confabulamos en alguna broma para el resto de los adolescentes en el campamento de verano. Entonces, accedo a la frescura del alma donde la risa no tiene impedimento ni el gozo  conclusión.

¿Qué tienen en común todas estas personas entrañables? En primer lugar, lo más obvio: son mis amigos. Otra dicha común: Dios es realmente importante en sus vidas. Y la tercera semejanza me saca la sonrisa: ninguno, en su viaje, anda por mi edad. 

Rodrigo y Dania me aventajan en doce y veintitantos años; pero con Gaby y Alejandro soy yo quien contiene sus edades, como en razón de a tres. A pesar de eso, aún una cuarta semejanza se levanta de modo indiscutible: los cuatro me alimentan, bendicen, enriquecen mi vida de maneras distintas que agradezco al Señor. 

Y no puedo dejar de encontrar semejanzas con algunas relaciones igual de nutricias, pero dispares en edad, que nos regalan también las Escrituras. Una de las primeras que encuentro en mi recorrido es muy poco habitual: la amistad indeleble nacida entre una muchacha y su suegra. Es increíble, pero Ruth y Noemí demuestran que no es del todo imposible, del mismo modo en que lo demostraron Moisés y su suegro Jetro, mucho tiempo atrás. 

En esta última, Moisés, entonces menor, encuentra paz en seguir las recomendaciones de su suegro para el inteligente pastoreo del pueblo de Israel. Pero en la relación de Noemí y Ruth, es esta muchacha, de menor edad, quien apoya y sustenta admirablemente la vida de la atribulada Noemí. 

Esta mujer viuda que había perdido a sus dos hijos y despedía a sus nueras para morir de oprobio y soledad, experimenta la fidelidad de Ruth quien le dijo aquella frase memorable: «A donde quiera que tú fueres, iré yo, y donde quiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios» (Ruth 1:16). 

Es decir, la experiencia y sabiduría de nuestros amigos mayores puede bendecirnos; y también lo hace el idealismo y el empuje de nuestros amigos que cuentan con muchos menos años. 

Ya sé que es más fácil entablar relaciones con chicas de nuestra edad, porque hablamos un idioma semejante, pero quizá el idioma de otras generaciones hable de modos nuevos y necesarios a nuestro corazón. ¿Somos amigas, reales amigas de nuestras madres, tías, abuelas, suegras en caso de tenerlas? ¿O de nuestro primito del kínder o nuestra vecinita? Que el prejuicio de la edad no nos prive de tan necesario manjar, de tan gratos sabores. 

Cada etapa del viaje humano tiene sus propios sabores. Y compartir la experiencia o la jovialidad de amigos con diferente número de pasos en el camino, nos adelanta tramos significativos. Nos recuerda lo necesario que quizá dejamos olvidado en el sendero al caminar, algo que puede revivir su joven compañía. 

Pienso cuánto ánimo y sustento habrá provisto el tierno Timoteo al corazón de Pablo, su maestro. O cuánto aprendizaje y profundidad le habrá suplido Pablo. Sin dudas la vida de Timoteo, sin su huella, jamás habría sido igual. Pablo apuntaló su mundo, moldeó del todo su modo de vivir. Ambos habrán estado inmensamente agradecidos.

También medito en la edad variopinta que el Señor Jesús permitió entre sus más cercanos discípulos. Desde Juan, el más joven, de quien se piensa tuviera entre dieciséis y dieciocho años; hasta Pedro, de quien no se sabe la edad pero sí sus responsabilidades de hombre maduro, incluso con familia. ¿No muestra esta inclusión, su sabiduría? ¿No nos enseña Jesús hasta en las cosas más pequeñas de su proceder? Ciertamente, ninguno de sus actos carece de significado. 

Tal vez no serán doce en nuestra vida, los amigos a elegir para acompañarnos en el viaje. Quizá tengamos menos, o más. Pero esta sabiduría de Cristo, y de las Escrituras, es una brújula sincera en nuestro caminar. 

Después de todo, los amigos aguzan nuestro rostro, o sea, refuerzan nuestros pilares de personalidad y nuestros logros en la vida: «Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo» (Proverbios 27: 17). 

Dania, Rodrigo, Gabriela y Alejandro son amigos con un número de pasos diferentes del mío, pero me ayudan en mi andar. 

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Ania Lias González. Escritora, maestra y Máster en Teología. Casada y madre de dos hijas adolescentes. 


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