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Entre frutos y comida: Curry-adicto

Foto por Maddy Morrison

Dominio propio

Por Keila Ochoa Harris

El doctor miró al señor Black.

—Usted tiene un serio problema de sobrepeso. Deberá cambiar su dieta — advirtió con seriedad.

La nieta se estremeció y Terry Black, de ochenta años, suspiró. Sus hijos habían muerto, así que estaba en manos de su nieta, la bella Violeta, quien, sin embargo, resultó más estricta que su maestra de segundo año de primaria.

—No más curry, abuelo.

—Pero…

—Comes curry todos los días y es malo para tu salud.

Los hijos de Violeta, Penny y Will, escuchaban desde la puerta.

—Hijita, el curry me hace sentir vivo. Además, en algún lado leí que evita el Alzheimer.

—Pero provoca otros problemas y debemos velar por tu salud.

Violeta dio por concluido el tema y Terry se enfadó. Amaba el curry. Le gustaba lo que esa salsa proveniente de la India provocaba en su lengua. La comida de su país se le figuraba aburrida y monótona: papas con carne, papas con huevo, carne seca y carne asada.

Pensar en dichos platillos le resultaba indiferente. Pero cuando imaginaba el curry, los latidos de su corazón se aceleraban. Rogan josh sobre cordero, cebollas, aceite y mantequilla. Pimentón, anís, clavos, comino, canela. Especias que se mezclaban para robarle el aliento. Algunas variaciones incluían jengibre, ajo y yogur.

—Soy un curry-adicto. No cabe duda —se lamentó el señor Black. Entonces intentó por todos los medios conseguir un poquito.

—Penny, no seas mala, trae un poco de curry del pub que está pasando la colina. De lo contrario, tu bisabuelo morirá.

—No lo creo, gran-dá. Al contrario, mamá ha dicho que si comes curry, tu salud se verá afectada.

Primer intento fallido.

—Will, te pago dos libras si me traes un poco de curry del pub pasando la colina.

—¿Dos libras nada más?

—Diez libras.

—No puedo, gran-dá. Mamá me regañará. Debemos velar por tu salud.

Segundo intento fallido.

—Penny, Will, pronto moriré. ¿No quieren cumplir el último deseo de un moribundo?

—Debes aprender a dominarte, gran-dá. Mamá dice que el dominio propio es una virtud. ¿No te interesa tu salud?

—He vivido ochenta años. ¿Para qué más?

—¿No quieres estar en nuestra graduación?

Al señor Black le pareció un golpe bajo, pero se tragó sus palabras.

Cuando recapacitó en que nada movería a sus bisnietos ni ablandaría sus corazones y comprendió que la voluntad de esos chicos era más recia que el fierro, tomó su bastón y decidió ir él mismo por un poco de curry al pub pasando la colina.

Aprovechó que su nieta andaba en otra ciudad y tomó su bastón. Paso a paso lograría su cometido. Los chicos andaban en el segundo piso jugando videojuegos, así que sospechó que no notarían su ausencia.

Mientras avanzaba imaginaba lo que pediría. Un platón de cordero repleto de curry. Quizá se trataría de su última cena.

Las palabras de Violeta lo perseguían: «Abuelo, debes aprender a controlarte». Pero él no permitiría que nada lo desanimara.

En su mente resonaron las palabras de sus bisnietos: «¿No quieres estar en nuestra graduación?». No deseaba pensar en cosas tristes. Por supuesto que amaba a sus bisnietos, pero ¿y el curry?

Pero más que un dolor de estómago, en el trayecto le preocupó lo que su familia pensaría de él. Su nieta se decepcionaría; sus bisnietos seguirían su mal ejemplo. Para él era el curry, pero ¿qué tal si Will se volvía adicto a la heroína o la mariguana? ¿Y si Penny era dominada por la afición a apostar? ¿Cómo los convencería de vencer los vicios si él no podía controlar el suyo?

El señor Black se hallaba a unos pasos del pub. El olor a curry se percibía a la distancia.

—Has comido curry durante años. No pasará nada si te privas de él de ahora en adelante —le dijo una vocecita.

Entonces se dio media vuelta y se sorprendió cuando casi chocó con dos personas.

—¡Penny y Will!

—Bien hecho, gran-dá—lo felicitaron los chicos.

—¿Me han estado siguiendo todo este tiempo, muchachitos espías?

Los dos asintieron

—Pues me alegro, porque ahora saben que el dominio propio se cultiva en familia. ¡Y más les vale que no se dejen dominar por ningún vicio!

Y los tres volvieron a casa.

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