Close

Entre frutos y comida: Palillos chinos

Gentileza

Por Keila Ochoa Harris

Sun llegó a casa de Ricky, quien lo había invitado a cenar y jugar un rato, en punto de las seis. Ricky, con pantalones cortos y una gorra, lo saludó y lo hizo entrar. Sun se sorprendió. La televisión estaba encendida y en el sillón se encontraba el hermano mayor de Ricky, acostado y con una bolsa de frituras en la mano. En la alfombra había unas cuantas migajas de palomitas, que parecían del día anterior, y unas manchas de aceite.

La madre de Ricky lo saludó, pero no salió de su recámara. Estaba hablando por teléfono con su mejor amiga.

La hermana de Ricky gritó desde la cocina: —¿Quién se acabó la salsa picante?

Como nadie respondió, salió con las manos en la cintura y arrebató la bolsa con frituras de manos del hermano mayor.

—Hice una pregunta.

—Pues ignoro la respuesta —respondió él y le jaló el cabello.

La chica lanzó un grito.

Para cenar, la madre de Ricky había pedido una pizza, así que cada quien tomó una rebanada y continuaron sus actividades. El hermano mayor plantado frente al televisor, la hermana en el comedor pintándose las uñas y la madre en su recámara, aún en el teléfono.

—¿Y tu padre?

—No tarda en llegar.

Unos minutos después, el padre de Ricky entró, saludó y se marchó. Se llevó un trozo de pizza en la mano.

Sun y Ricky cenaron solos en la cocina. Cuando Sun se despidió, invitó a Ricky a cenar a su casa a la semana siguiente para retribuir el favor.

Ricky llegó tarde y lo notó enseguida, pues cuando tocó la puerta, la madre de Sun abrió con el ceño un poco fruncido. Se trataba de una señora asiática, como bien se podía suponer, con una elegante blusa de seda roja con figuras en negro.

—Adelante —lo invitó a pasar. Ricky ocultó sus manos en los bolsillos. Sus uñas traían un poco de mugre. Debió habérselas cortado. La madre de Sun le pidió que dejara sus zapatos en la entrada. Ricky lamentó traer un hoyo en el calcetín derecho.

Cuando finalmente observó la casa, agradeció no haber metido sus zapatos sucios, pues la alfombra lucía impecable.

—Vamos al comedor. Te estábamos esperando.

Ricky se sonrojó. Una vez que ocupó su lugar le mandó una mirada de disculpa a Sun, quien asintió con comprensión. En el platón había un rico arroz con ciertas verduras que Ricky no acostumbraba. ¿No habría pizza? Luego vio que el padre, la madre, la hermana y Sun tomaban unos palillos y con ellos sujetaban el arroz.

Ricky nunca había usado esas cosas. ¡Ni siquiera solía utilizar cuchillo o tenedor! Imitó a Sun, pero al primer intento, el arroz se deslizó entre los palitos.

—Los palillos son como extensiones de tus dedos. Sujétalos así —le explicó el padre de Sun. Ricky lo intentó de nueva cuenta. No resultó tan complicado. De pronto se le ocurrió imaginar que se trataba de las hélices de un helicóptero y los hizo volar.

La madre de Sun arrugó la frente.

—Los palillos no son un juguete —susurró.

Ricky se disculpó.

Después del arroz, la señora trajo diversos platillos a la mesa. En uno había trozos de pollo agridulce y en otro puerco en una salsa deliciosa. Cada quien tomaba un poco y lo depositaba en su plato. Ricky trató de elegir, pero no se decidía así que picaba aquí y allá.

—Los palillos no son para jugar con la comida —le recordó la madre de Sun.

Ricky empezó a inquietarse. Quizá no volvería, pero después de esa noche, comenzó a ser un invitado constante a la mesa de la familia Chow.

Cierto día, se acercó a la madre de Sun:

—Usted es diferente. Trata los palillos con delicadeza y nunca levanta la voz, ¿por qué?

—Porque mi madre me enseñó el arte de la gentileza. «Usa los palillos como si fueran parte de ti. Trata a los demás como a un recién nacido». La gentileza es dar honor a los demás con palabras, actos y pensamientos.

¿Así que la forma en que él comía reflejaba cómo era su familia? Se le ocurrió intentar ser más gentil con los de su casa. Tal vez ellos empezarían a imitarlo y cambiarían también. ¿Cómo saberlo? Solo había una manera de comprobarlo. Le pediría a la madre de Sun un par de palillos chinos. Quizá eran la clave para la gentileza.

Foto por Itzel Gaspar

Tal vez también te interese leer:

Entre frutos y comida: Un Döner kebar más    (Hablemos del amor)

Entre frutos y comida: ¡Salud!     (Hablemos del gozo)

Entre frutos y comida: Caldo de pollo y hamburguesas    (Hablemos sobre la paz)

Entre frutos y comida: Mole poblano    (Hablemos de paciencia)

Entre frutos y comida: Un poco de amabilidad    (Hablemos de la amabilidad)

Entre frutos y comida: Palillos chinos    (Hablemos de la gentileza)