Entre frutos y comida: Mole poblano 

Foto por Eliab Bautista

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Paciencia

Por Keila Ochoa Harris

—¡Por fin se casa la prima Silvia! —anunció su madre una mañana—. Y lo mejor de todo es que ¡la abuela ha prometido preparar el mole!

José se entusiasmó. No solo viajarían al pueblo, sino que José sería testigo de cómo la abuela preparaba el mole poblano. Mientras empacaba, José no dejaba de imaginarse esa salsa café con la que bañaban al pollo. Cuando finalmente arribaron al pueblo, corrió a casa de la abuela. Quizá lo dejaría probar el mole antes que a todos. 

La abuela lucía más vieja, con muchas arrugas en el rostro y las manos. De hecho, no era su abuela, sino su bisabuela, pero como todos le decían abuela, José lo hacía también. 

—¿Vienes a ver cómo hago el mole? Mañana por la tarde debe estar listo.

La abuela acomodó tres tipos de chiles: ancho, mulato y pasilla. Luego se puso a tostarlos, uno por uno. El humo despedía una sustancia picante que hacía llorar a la abuela.  

—¿Sabes por qué la Silvita se fue para la ciudad? Porque quería estudiar medicina— le contó la abuela. 

Silvita, como le llamaba la abuela, no era joven como José, que apenas tenía ocho años, sino que tenía treinta y cinco. De hecho, no era prima de José, sino su tía. 

—En el pueblo muchos morían por falta de doctor. Los picaba una víbora y ni cómo ayudarles, así que la Silvita se propuso ayudar. 

La abuela quitó las semillas de los chiles y los puso a remojar en agua con sal. 

—¿Ya está el mole, abuela?

—¡Pus estás ciego o qué! Todavía falta. Mañana le seguimos.

José se paró con el canto del gallo. Quería ganarle a la abuela, pero ella ya estaba en su banquito escurriendo los chiles. 

—Pásame el molcajete. 

El molcajete era un mortero grande de piedra para moler. La abuela se puso a triturar las especias: clavos, canela y perejil. Luego añadió el ajonjolí, el pan, la cebolla, el ajo y tortilla frita. José miraba esas manos cansadas apretando y desbaratando los ingredientes. 

—Silvita pasó muchos años en la ciudad, porque la carrera de medicina no es corta. Cuando volvía de vacaciones, todos le decían que se casara y tuviera hijos, como Dios manda. Hasta su madre la desanimaba con sus comentarios. Pero ella venía conmigo. «Tatita, ¿qué debo hacer?» «Tranquila, mi niña, que ni que hubiera muchos hombres de fiar», le decía yo. 

—¿Ya está el mole, abuela?

—Pus tú estás ciego, José. ¿O dónde ves el mole ya hecho?

La abuela se puso a asar los jitomates, luego les quitó las semillas. Quizá pronto juntaría todo y listo. José no había desayunado para tener más espacio en el estómago, así que le andaba por comer. Pero la abuela no llevaba prisa, así que se puso a moler los jitomates con el chipotle. 

—Silvita decidió hacer una especialidad. Todos se burlaron de ella. Sería una solterona, peor que la tía Eulalia, a la que tú no conociste. Pero Silvita se estaba preparando para atender niños chiquitos. Aún así, la molestaban todo el tiempo. Todos los primos se habían casado. Aquí es costumbre que a los veinte, una chica ya esté matrimoniada. Pásame el guajolote. 

El guajolote estaba desplumado. Lucía horrible. La abuela lo limpió y lo lavó, al tiempo que lo trozaba. 

—Por fin Silvita anunció que volvía, pero no a casarse, sino a hacer su servicio. La mandaron pa’la sierra, así que poco la vimos. Su madre se acercó a mí. «Esta chamaca se va a quedar pa’vestir santos. Ya perdí las esperanzas». «Las muchachas modernas no llevan prisa», le recordé. Ay, pobre Silvita. Nadie creía en ella. 

—¿Ya está, abuela?

Ella apretó los labios y José no preguntó más. La abuela cocinaba las menudencias y el pescuezo del guajolote en agua. Agregó cebolla, perejil, un diente de ajo y el aroma del caldo emocionó a José. Quizá solo faltaban unos cuantos ingredientes.

—Entonces regresó. Trabajó en la clínica que está frente a la primaria, donde salvó a muchos chiquillos de picaduras de alacrán y otras cuestiones. Pero nadie la pretendía. Los hombres del pueblo le tenían miedo por ser una mujer preparada. Una vez le pregunté si estaba preocupada. «No, abuela, confío en que Dios tiene a alguien para mí». Yo mejor me guardé mis comentarios.

La abuela frió las piezas del guajolote con manteca en una cazuela grande.

—¿Sabes quién se atrevió a cortejarla? Nada menos que el hijo del presidente municipal. La madre de Silvita y otras de la familia se emocionaron. Se imaginaban emparentadas con la realeza, o qué sé yo. Pero Silvita me lo dijo a mí. «Él no es, abuela. Tiburcio no es el hombre que espero». 

José se prometió que si en unos minutos más no estaba el mole, inventaría cualquier pretexto para ir con las vacas o los caballos. Empezaba a aburrirse. La abuela juntó el jitomate molido con la carne, luego añadió el caldo. 

—Se tiene que secar —le explicó mientras se abanicaba con la mano—. Pasaron los años. Silvita trabaje y trabaje, pero nada de nada. 

—Abuela…

—Tiene que hervir, José. Quédate quieto y mira los cerros. 

José lo hizo durante lo que pareció una eternidad. Cuando el caldo se secó por segunda vez, la abuela agregó el chile molido, luego aguardaron más tiempo. José se lamentó porque había perdido la oportunidad de jugar por ponerse a vigilar una cazuela de barro. 

—Entonces llegó Ignacio, un médico que viene para servir a los demás, igual que Silvita. Él también supo esperar, pues ya va para los cuarenta, pero ¿les ves el amor? Se les nota en toda la cara. 

—¡Ya está hirviendo!

—Pus ponle el azúcar y el chocolate. Y que vuelva a hervir. 

José cerró los ojos ante la desilusión. Ya ni se le antojaba el mole. Se quedó dormido y el pellizco de la abuela lo despertó.

—Cuando uno es paciente, todo sabe mejor. 

La abuela le pasó un platito con mole. José lo probó. Era lo más delicioso que había comido en toda su vida. 

—¿Cómo quedó?

—Increíble.

—Lo repito. Cuando uno es paciente, todo sabe mejor. Si no, pregúntaselo a Silvita. 


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