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¿Por qué hay sufrimiento?

¿Cómo podemos conciliar que, si Dios es bueno, hay sufrimiento en el mundo?

Por Emma Luján

¿Cómo ha sido tu tiempo de pandemia? Seguramente puedes contar tus pérdidas, aunque serán diferentes para unas que para otras. Algunas hemos perdido libertad y normalidad. Ya no salimos como antes, ni estudiamos como acostumbrábamos. Nuestras actividades sociales se han limitado, así como nuestra movilidad.

Quizá algunas hemos perdido nuestros lugares de residencia. Algunas habrán perdido empleos o tranquilidad financiera. ¿Has perdido la salud? ¿Has perdido a seres queridos?

Y la pregunta que surge es: ¿por qué? ¿Cómo podemos conciliar que, si Dios es bueno, hay sufrimiento en el mundo?

Antes que nada, quiero aclarar que hay dos maneras de responder a la pregunta del sufrimiento. La primera es de modo intelectual, y la segunda, emocional.

Comencemos con la intelectual. Muchas de nosotras queremos comprender porqué pasan cosas malas a personas buenas. Muchos filósofos se han hecho la misma pregunta, y al no poder pensar que un Dios bueno permita la muerte de, por ejemplo, miles de judíos en los campos de concentración nazi, mejor lo sacan de la ecuación.

Sin embargo, el hecho de que Dios exista y sea bueno no es incompatible con el dolor. Debemos considerar que el dolor es necesario. Sin él, no quitaríamos la mano del fuego para evitar quemarnos ni detectaríamos que algo no anda bien en nuestro sistema digestivo.

Pero para responder a esta pregunta veamos el catecismo menor y la confesión de fe de Westminster, un breve resumen teológico de la fe cristiana. En primer lugar, necesitamos comprender el propósito de la vida. Como seres humanos pensamos que estamos aquí para ser «felices», sin importar cuál sea tu definición de la palabra. Para algunos, felicidad implica mucho dinero, para otros mucho amor, y para unos más éxito en su profesión.

Según el catecismo de Westminster, «el fin principal del hombre es el de glorificar a Dios, y gozar de él para siempre». Cuando Jesús se encontró con un hombre ciego, le preguntaron porqué ese hombre había nacido así. Jesús respondió que a través de esa enfermedad la gloria de Dios se manifestaría. Lo que pudo verse como una triste situación, en realidad se convirtió en un milagro.

En segundo lugar, la confesión de fe nos recuerda que: «Dios ha dotado a la voluntad del hombre con aquella libertad natural, que no es forzada ni determinada hacia el bien o hacia el mal». En otras palabras, podemos elegir. ¿Y qué crees? Hemos escogido mal.

En México nos dolimos con la noticia del incendio de una guardería en Hermosillo, Sonora, el 5 de junio de 2009. ¿Debemos culpar a Dios por lo sucedido o a la falta de detectores de humo, extintores y salidas de emergencia que aumentaron la tragedia? Muchos accidentes e incluso los cambios climáticos son consecuencia de nuestros actos y decisiones. El genocidio nazi que mencionábamos antes también se puede reducir al odio del ser humano y a los muchos espectadores que se cruzaron de brazos y no quisieron mostrar amabilidad.

Finalmente, debemos recordar que nuestra vida no termina aquí y habrá castigo para aquellos que han infligido sufrimiento a otros. Si te sientes frustrada porque a los buenos les va mal, y a los malos les parece ir bien, esto no termina aquí.

La confesión nos dice que Dios juzgará a todos para mostrar su misericordia y su justicia: «Pues entonces los justos entrarán a la vida eterna y recibirán la plenitud de gozo y refrigerio que vendrá de la presencia del Señor; pero los malvados que no conocen a Dios ni obedecen el Evangelio de Jesucristo, serán arrojados al tormento eterno y castigados con perdición perpetua, lejos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder».

Resulta terrible ver cómo son exonerados los criminales en muchos juicios. Duele ver que los más ricos, que han cometido delitos, no pagan por ello. Pero Dios es justo. Es parte de quién es. Y todo saldrá a la luz, tarde o temprano.

Ahora hablemos de la respuesta emocional. Tal vez a ti no te consuelan estos hechos pues hoy estás llorando por la muerte de alguien que amas y formaba parte de tu familia. Nada de esto te tranquiliza pues la realidad es que «hoy» esa persona ya no está para abrazarte o reír contigo, y su ausencia es como un cuchillo que cada día se clava más en el corazón.

Nada de lo que escriba puede sanarte, pero sí puedo asegurarte algo. El Dios en el que creo no es impersonal y ajeno al sufrimiento. De hecho la Biblia ha llamado a Jesús un «varón de dolores y experimentado en quebranto». Me gusta una canción de Santiago Benavides que dice: «Dios también se quedó sin amigos… Dios también pasó por el dolor… Dios también lloró».

Así que, para ti que hoy lloras, te mando un abrazo virtual y guardo silencio, pero solo te pido un favor: no olvides que Alguien te entiende y quiere y puede consolarte, y que está a una oración de distancia.

Foto por Abraham Macip