Todas las cosas obran para bien

Foto por Gyula Bacsa

Foto por Gyula Bacsa

A pesar de todo, mis papás decidieron seguir con el viaje, pues sentían que era la voluntad de Dios

Por Sally Isáis

El calor era insoportable y las ventanas abiertas del coche no ayudaban mucho. Íbamos hacia Nicaragua por la carretera Panamericana y habíamos encendido el radio. ¡De repente nos quedamos helados!

«Veo un brazo por acá, una pierna por allá, gritos, fuego. ¡Todo parece denotar histeria general!» comentó llorando el locutor.

¿Qué había sucedido? ¿A qué se refería? Tanta destrucción solo podía ser resultado de una gran catástrofe. Una guerra, un bombardeo . . . no sabíamos qué pensar.

En la mente seguía dando vueltas mi incredulidad. ¿Cómo era posible que todas las cosas obraran para bien a los que aman a Dios? Ya sé que lo dice la Biblia, pues la maestra nos lo enseñó, pero no tiene sentido.

Pensé: Padre, yo te amo, y ahora más que nunca creo estar experimentando lo contrario a esa enseñanza. Además de que es ilógico de que todo obre para bien. ¿Qué acaso la muerte de mamá Chabela fue de bien para alguien? Seguro que no lo fue para mí yo soy tu hija, repliqué al Señor.

Hacía más de un año que mis papás habían prometido llevarnos en coche a conocer los lugares de Centroamérica donde tres de los cuatro hijos habíamos nacido. Dos semanas antes de salir al viaje, murió mi abuelita. Esa fue la primera llamada de que no debíamos ir y el inicio de mis dudas respecto a la enseñanza de mi maestra en la Escuela Dominical.

Fuimos al funeral y a pesar de la tristeza que sentía, papá dijo que haríamos el viaje como planeamos. Habíamos perdido tres días pero los podíamos recuperar si pasábamos de largo al llegar a Guatemala.

El día que partimos, tristes pero con la expectativa de un largo y anhelado viaje, al pasar por Córdoba, Veracruz, precisamente cerca de casa de unos amigos, mi mamá repentinamente puso freno al coche y gritó: «¡Olvidé los pasaportes!»

Cosa totalmente rara, pues ella nunca olvida nada, y menos algo tan importante, ya que tendríamos que pasar por varias fronteras centroamericanas.

Aquella noche nos dejaron en casa de nuestros amigos y trataron de comunicarse a la Ciudad de México para pedir que alguien nos mandara los documentos por autobús, pero fue humanamente imposible: los teléfonos estaban cortados o ni siquiera funcionaban aquel día.

Cansados y apurados mis padres tuvieron que regresar a la capital donde vivíamos, a buscar los documentos, lo que causó otro día perdido e irreparable en nuestro itinerario.

Yo seguía con mi duda respecto a la veracidad de Romanos 8:28. Hasta lo aprendí de memoria y ahora las palabras hacían eco en mi mente con más fuerza: «Todas las cosas obran para bien a los que a Dios aman, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados». Nuestros amigos aseguraron, por su parte, que algún día entenderíamos la razón de tantos contratiempos.

A pesar de todo, mis papás decidieron seguir con el viaje, pues sentían que era la voluntad de Dios hacerlo. Fue así como en Guatemala, encendimos el radio para buscar la emisora evangélica y todo lo que pudimos escuchar era la descripción de una gran catástrofe.

Por fin, el locutor anunció: “Este es el informe en vivo del gran terremoto ocurrido anoche en Managua, Nicaragua”. Era el 23 de diciembre de 1972.

Mamá y papá se miraron sin decirse nada y orillaron el coche al lado de la carretera. Después de un silencio que pareció interminable, papá con lágrimas en sus ojos dijo: «¿Se dan cuenta hijos míos, que nosotros debíamos haber estado en un hotel de Managua anoche, pero Dios en su gran misericordia nos lo impidió? Si no fuera así, ahora probablemente estuviéramos muertos, porque muchos hoteles se cayeron».

En un momento, todas mis dudas respecto a la promesa de Dios se desvanecieron y comprendí que era verdad: «Todas las cosas obran para bien a los que aman a Dios».


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