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El día que falté a clases y gané una amiga

Foto por Marian Ramsey 

Como niños obedientes, le quitamos el habla a Karen

Por Gema Vanessa Sánchez

Un día de clases, nos encontrábamos esperando a nuestro docente, de pronto, un compañero se acercó diciendo: —Chicos, ¡vámonos! ¡Hablé con el resto y no entraremos a clases!

Yo fruncí el ceño como de costumbre y respondí dudosa: —¿En serio? ¿Todos nos vamos?

Mi compañero respondió muy seguro: —Sí, nadie entrará.

Mientras nos aventurábamos al regreso a casa, un compañero nos gritó:

—¡El profe Vinicio llegó!

La expresión de mi rostro cambió y quise regresar, en ello otro compañero dijo: —No podemos entrar a clases. Ya muchos se han ido. ¡No podemos hacerles eso!

Preocupada, opté en regresar a casa como habíamos quedado. Al día siguiente, también teníamos clases con el ingeniero Vinicio. Nos enteramos que Karen (una compañera muy aplicada e inteligente) había ingresado a clases. Al entrar, el ingeniero miraba de manera profunda y misteriosa; eso causó pánico e imaginábamos lo peor.

Evidentemente el profesor dispuso una cacería contra nosotros: exposiciones, presentación de trabajos y más… Ademas, colocó la temperatura del aire acondicionado (clima), como si estuviésemos en el polo norte.

Yo soy de las chicas más friolentas de la clase, a pesar de cargar abrigo, gorro y guantes, mi rostro palideció, empecé a temblar de manera vigorosa, casi desmayo.

Mis compañeros al percatarse de ello y de la manera como se había vengado el docente por nuestra ausencia a clases, se molestaron con Karen y manifestaron: — ¡No le hablemos! ¡Es mala compañera!

Yo me encontraba indignada al igual que mis compañeros, aunque una voz interior me decía: «Tú también hubieras ingresado a clases, no hagas eso».

Como niños obedientes, le quitamos el habla a Karen. Hacíamos como que no existía en el planeta, a excepción de un compañero que se le acercaba para demostrar su amistad y cariño.

En el transcurso de mi distancia hacia aquella compañera me sentía vacía, y la misma voz interior me decía: « ¿Qué te pasa? ¡Tú no eres así!»

Ese mismo día, tuve una invitación a un retiro espiritual, allí redescubrí que somos instrumentos de Dios en la vida de los demás. Así que mi compromiso del día fue llegar a la Facultad y acercarme a Karen.

Esa experiencia con Dios en mi vida, hizo posible que de ahí naciera y creciera una hermosa amistad. Aceptando mi responsabilidad y mostrando amabilidad, me hice acreedora de uno de los dones más valioso que existe en la humanidad: “la amistad”.

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