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Los dos espejos

¿Cual elegirías tú?

Por Katherine de Estrada

Hace muchos años, en un pueblo muy pequeño, estaban colocados en el centro de la ciudad dos espejos, uno volteado al este y otro al oeste. En esa época eran los únicos que existían. Cuando alguien se acercaba a ellos, podían producir una luz brillante u opacarse hasta volverse negros. Todo dependía de quién se les acercara.

Si alguien era considerado por uno de los espejos como bello, resplandecía mucho o poco, pero si alguien era considerado feo, se apagaba en distintos tonos. El problema era que los dos espejos no reaccionaban igual. Un ciudadano podía parecerle bonito a un espejo y feo al otro, o al revés, o bien alguien le parecía algo bonito o algo feo a los dos.

Las personas tendían a preferir solo uno de los dos, sin importar si producía luces o se apagaba. Pues habían descubierto que en la medida en que se miraban en uno de ellos, aprendían cómo arreglarse para que cambiara de opaco a brillante. Por lo que cada habitante se esforzaba por embellecer ante su predilecto.

El espejo colocado hacia el oeste tenía un rótulo que decía interius. Este solía brillar cuando alguien amable, humilde y paciente se acercaba. Pero se oscurecía cuando era alguien orgulloso, egoísta o desconfiado. El espejo que veía al este decía superficiem, y se encendía cuando alguien coqueto, rico o inteligente se observaba. Pero si pasaba una persona insegura, pobre o con reducido conocimiento, se apagaba gradualmente.

Como no existían más espejos, las personas solían ver a través de estos espejos: a veces, mientras se veían y arreglaban, observaban pasar a alguien; en otras ocasiones, una persona se arreglaba junto a ellos, y no podían evitar ver si era considerado bello o no. Pero algo extraño sucedía: entre más se observaban, más miraban a los demás según como se reflejaban en el espejo de su preferencia.

Conforme pasó el tiempo, el pueblo se fue dividiendo, pues los ciudadanos discutían sobre cuál espejo mostraba la verdadera belleza. Se formó tal tumulto que entre empujones y gritos botaron ambos espejos y los dos cayeron. Se oyeron muchos sonidos de cristales. Al unísono se escuchó el grito del pueblo, y después un gran silencio.

Cada uno salió corriendo a buscar qué había quedado de su reflejo. Para sorpresa de todos, interius se había hecho trizas completamente. No quedaba ni una fracción en la que alguien pudiera mirarse. Por otro lado, superficiem, aunque también se había hecho pedazos, se convirtió en pequeños fragmentos de espejo.

Entonces sus admiradores corrieron a levantar un pedazo para guardarlo y poder reflejarse. Alcanzó para todos y sobraron fragmentos. De hecho, quedaron muchas partes por recoger. ¿Qué harían los que solían mirarse en interius? ¿Recogerían una fracción y aprenderían a verse a sí mismos y a los demás con nuevos ojos? ¿Con los ojos de superficiem?

El día en que interius fue quebrado, ninguno de sus seguidores recogió un pedazo de superficiem para sí. Pero mientras los días avanzaban, poco a poco, eran más los que discretamente levantaban un fragmento para poder ver si eran bellos o no.

Todos los demás decían que era ridículo no verse a través del único espejo. “Al fin y al cabo, él había ganado. Había demostrado reflejar la verdadera belleza”. Sin embargo, los pocos que no cedieron decidieron buscar la belleza oculta: aquella que no podía reflejarse en un espejo, pero sí a través de actos de amabilidad, humildad y paciencia.

Foto por voluntario de Milamex

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