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Abrazando con las rodillas

El poder de un abrazo es inmenso. ¿Y si no podemos abrazarnos esta Navidad?

Por Sheila Hernández

Un abrazo es un potente nutriente físico y emocional que todo ser humano necesita, desde el más pequeño hasta el más anciano. Y conforme se avanza en edad se torna más necesario para combatir el fuerte sentimiento de soledad.

El  poder de un abrazo es inmenso y produce beneficios sorprendentes en nuestro cuerpo y en nuestra mente.

Nos hace sentir protegidas, fortalecidas, seguras y confiadas.

¿Cómo puede suceder todo esto?

Nuestra piel es el órgano mas extenso pues abarca cerca de veinte metros cuadrados. Cuando alguien nos abraza, la sensación en la piel activa los receptores de presión llamados «corpúsculos de Pacini» que envían señales al nervio vago, un área del cerebro, que dentro de algunas de sus funciones tiene la disminución de la presión arterial.

Actúa también como un analgésico que quita el dolor, relaja los músculos y libera la tensión corporal. Así reduce el cortisol en nuestra sangre, la hormona de estrés, que tanto daño nos hace. También fortalece nuestro sistema inmunológico.

Las investigaciones también nos dicen que un abrazo prolongado de mínimo seis segundos eleva los niveles de serotonina, mejorando notablemente el estado de animo y produciendo una inmensa sensación de bienestar.

Virginia Satir, psicoterapeuta familiar, dice que «un abrazo es uno de los grandes soportes afectivos cuando somos pequeñas, y una bonita forma de acariciar el alma de los demás, cuando somos adultos».

Ella afirmó que necesitamos 4 abrazos para sobrevivir, 8 para mantenernos y 12 para crecer. En realidad podríamos vivir sin abrazos, pero sería como morir lentamente un poco cada día.

Hoy nos encontramos frente a una pandemia por el covid-19. Sus consecuencias están siendo devastadoras: el aislamiento social, las perdidas de personas que amamos, la disminución de la interacción social con familia y amigos, y la limitación del contacto físico con las personas que amamos.

Ante estas limitantes nuestra mente se llena de  preocupaciones y empezamos a embotellar nuestros sentimientos,  guardándolos y no compartiéndolos con nadie. Dejamos de ver y agradecer todo lo bueno que viene de Dios y damos paso al  estrés, la ansiedad, los temores, el insomnio y los desórdenes en la comida. Esto nos lleva a síntomas más graves como depresiones, sentimientos de desesperanza y estrés agudo.

¿Cómo mantenernos fortalecidas en este tiempo?

¿Qué podemos hacer?

Dios nos dio una manera muy especial de cuidar nuestra mente, nuestras emociones y nuestro cuerpo: elevar una oración a Él. Él nos dijo por medio del apóstol Pablo en Filipenses 4: «No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentaran la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús» (versos 6 y 7, NTV).

Dios me dice que puedo ir a Él con toda confianza y decirle lo que me preocupa en este momento de pandemia mundial. Puedo hablarle de todo aquello que desordena mi mente, de lo que siento al no poder abrazar y estar con los míos.

Esta Navidad será muy diferente para muchos. No podremos estar juntos, estrecharnos ni disfrutar de una cena o regocijarnos en las pláticas familiares. Pero sí podemos agradecer todo lo que el Señor nos ha dado, principalmente a su Hijo Jesucristo, el Salvador del mundo.

Gracias a Él tenemos el perdón de nuestros pecados y la cercanía con Dios, por lo que podemos poner delante de Él a los seres que amamos y que Él cuidará mejor que nosotras mismas.

Podemos abrazarlos con las rodillas: por medio de la oración.

Hoy recuerdo las últimas palabras que mi abuela me decía antes de morir: «Abrázame. ¡Abrázame!» En ese momento lo pude hacer de manera muy cercana y afectuosa, un lindo recuerdo.

Hoy no puedo abrazar físicamente a mi abuelo y a mi madre, a mis hermanos, sobrinos y amigos; ¡ni siquiera puedo estar cerca de ellos para evitar contagio! Pero los abrazo fuertemente con mis rodillas por medio de mis oraciones.

Es muy benéfico recibir abrazos pero te aseguro que darlos es aún más.

Y tú, ¿a quién abrazarás de rodillas hoy?