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La herida del abandono

Mis papás se separaron cuando tenía 3 años, aunque no entendí todo lo que eso implicaba hasta mucho después

Por Sandra G.

Tengo pocos recuerdos de los días en los que disfruté de la compañía de mis padres. Atesoro sus lecciones por haber sido tan escasas: “Tienes que enfrentar las consecuencias de tus decisiones y acciones” o “a veces la cabeza nos duele porque le hace falta oxígeno. Intenta respirar bien”.

Con 24 años, estoy apartando un tiempo para encarar algunas heridas de mi pasado que de manera consciente o inconsciente tienden a estropear mi presente. Una de ellas es la del abandono.

Mis papás se separaron cuando tenía 3 años, aunque no entendí todo lo que eso implicaba hasta mucho después. Me quedé con mi mamá, pero ella se fue a trabajar a Estados Unidos cuando tenía 5 años. Así que crecí con mi abuelita, como es el caso de muchos niños hoy en día.

Mientras mi mamá no estaba, mi papá venía a visitarme contadas veces al año y me llevaba al parque, al zoológico o simplemente a rondar la ciudad.

Recuerdo que cada vez lo recibía con un largo abrazo y valoraba mucho los ratos que pasaba con él, porque nunca sabía cuándo lo volvería a ver. Después de mis 12 años, sus visitas se volvieron cada vez menos frecuentes, luego solo recibía llamadas en mi cumpleaños. Finalmente el teléfono también dejó de sonar.

Vi a mi mamá de nuevo cuando cumplí 10 años, pero nada volvió a ser lo mismo. Por mucho tiempo me sentí responsable por no lograr que mis papás me quisieran como hija. Durante mi adolescencia crecí dándome a mí misma las instrucciones que pensaba que un papá amoroso me daría, y evitando los lugares y asuntos que se me ocurría que una madre pendiente de mí me aconsejaría.

Más de una vez he llegado a pensar en quitarme la vida y aunque el abandono no es la única razón, el haber sido rechazada por mis padres me ha provocado un dolor profundo. Me ha llevado a considerar que si quienes suelen amar de forma incondicional no me creyeron valiosa, no es tan difícil pensar que nadie más lo hará.

Nuestra mente puede llegar a jugarnos sucio y Satanás no desaprovecha la oportunidad. Sus mentiras no siempre suenan ilógicas o absurdas y las consecuencias de creerlas (aun más cuando se sufre de depresión), pueden llegar a ser mortales.

Satanás quiere terminar con nosotros cada día de nuestra vida, mientras pueda. Solo basta mirar alrededor y ver el caos que impera, siendo el suicidio una de las principales causas de muerte en la actualidad. Él no juega para divertirse, él tira a matar.

Quiero compartir lo que experimenté una de las noches más oscuras. Me encontraba ahí, sentada en la oscuridad, sola. Mirando a Jesús a los ojos, abriendo mi corazón en completa vulnerabilidad, le decía: “Soy muy débil.

El dolor que siento es mucho y estoy cansada. ¿Por qué no lo terminas? Ya no quiero estar aquí. Ambos sabemos que nada en este mundo me cautiva lo suficiente como para quedarme. No tengo fuerzas ni voluntad para seguir en esta lucha por sanar. ¿Para qué? Es demasiado”.

Él no me pidió que dejara de llorar o de sentirme triste. Lo único que me dijo fue: “No terminaré con tu vida hoy, solo te pido que confíes en mí. Quédate y te mostraré algo”.

Lejos de mirarme enojado o de darme un sermón con todas las razones por las cuales mi petición no podía ser concedida, se sentó y lloró conmigo. Quizá suene raro, ¿pero cómo sé que así fue? Al ver las lágrimas en sus ojos recordé las palabras que pronunció momentos antes de morir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Jesús entendía a la perfección lo que le estaba diciendo.

Comprendía de primera mano el intenso sufrimiento de mi corazón en ese momento. “A mí también me abandonaron” me recordó y como en mi caso, no solo fue por su Papá. Dios tuvo compasión de mí porque no era ajeno a esa experiencia. No me juzgó ni me condenó. Tampoco se rió de mí ni invalidó lo que yo sentía. Me abrazó y lloramos juntos.

Jesús experimentó el abandono, no para que yo no tuviera que sufrirlo, sino para que no me destruyera cuando sucediera. La promesa de Dios no es que no nos pasará nada malo, todo lo contrario, pero también incluye que estará con nosotros hasta el fin.

Dios no descuida ningún detalle. Ese momento de abandono en la cruz fue planeado antes de la fundación del mundo para que yo encontrara sanidad. El Espíritu que sostuvo a Jesús en medio de ese dolor, es el mismo Consolador que envió después de su resurrección para que yo también pudiera soportarlo.

Bendecidos somos cuando nos acercamos a Jesús con nuestros pensamientos más sinceros, por muy equivocados que puedan ser. Él anhela que le compartamos todo hasta que se nos agoten las palabras, porque entonces podremos escuchar y observar.

Hoy he aprendido que soy anhelada por Dios. Fui creada con amor por y para Él.  Hay muchas cosas en esta vida que no estaban en el plan original de Dios, mismas que Él busca restaurar a través de su Hijo.

Su intención es que cada hijo sea debidamente amado, cuidado e instruido. Desaprueba cuando esto no sucede, pero es un consuelo saber que aunque el dolor quema, ya no puede destruirme.

Yo quería, quiero y querré tener padres. Esto no significa que deba sentirme miserable por ello cada día de mi vida, pero tampoco es realista pensar que nunca volverán a hacerme falta.

Jesús no niega mis anhelos innatos, sino que los reconoce y satisface con paciencia y ternura. Ese lastimoso anhelo de ser amada por mis padres tiene fecha de caducidad, así como cada herida que este mundo caído me llegue a ocasionar.

Yo espero que cada vez que sientas que tu corazón se parte por cualquier razón, sepas sentarte a los pies de Jesús y hablar con Él, pero que también te permitas escucharlo.

Deseo que nunca creas que a Cristo le sorprenden tu debilidad, tus heridas o temores. Tienes a un Papá que entiende, no solo por ser Dios, sino porque Él mismo en su condición de humano soportó toda dificultad por la que un hombre pudiera atravesar.

En realidad, muchas veces no solo enfrentaremos las consecuencias de nuestras decisiones y acciones, sino también las de otros. ¿Y qué crees? Jesús también pasó por ahí. La cruz es la representación de ello.

Todo lo que nos ha llamado a ser y a hacer, ya nos lo ejemplificó antes. Él es el primero en extender compasión y misericordia, que se goza con los que se gozan y llora con los que lloran, y es el último en juzgar o condenar. En momentos turbios, donde sientas que ya no puedes más, ruego que no temas alzar la voz y buscar la ayuda que necesitas.

Acercarte a Jesús es la opción número uno. Entrégale tu vida y confía en Él. Y si estás luchando con ideas suicidas, busca ayuda de inmediato a través de terapia psicológica con un profesional cristiano. Para mí ha sido fundamental durante este proceso. Dios no me ha dejado sola en la batalla, ni lo hará contigo.

Foto por Marian Ramsey