Close

Caminando en círculos

Debí notar que algo andaba mal cuando nos fuimos por un camino que iba en la dirección opuesta a Max Patch

Por Matilde Enciso

Cuando tenía doce años, mi papá y yo decidimos tomar una caminata en las montañas del Apalache. Queríamos, en unos años, ir hasta Perú y hacer el camino Inca; los Apalaches serían simplemente entrenamiento.

Estaba emocionada. Iba a ser un tiempo especial para estar sola con mi papá en medio del bosque. Llegamos al punto donde podíamos dejar el carro. Nos bajamos y seguimos a la entrada del camino. La meta era llegar a un lugar llamado Max Patch, una montaña que se veía desde el comienzo. Estaba lejos, pero no imposible.

Debí notar que algo andaba mal cuando nos fuimos por un camino que iba en la dirección opuesta a Max Patch. Pero en nuestra defensa diré que no parecía haber otro camino.

Íbamos relajados, pues el camino se veía seguro y hermoso, todo con un tono verde por los árboles enormes. Se escuchaban las aves, y a cada rato se podían ver ardillas. Pero después de una hora me estaba cansando.

Ya habíamos subido varias secciones inclinadas. El sol estaba cada vez más fuerte y había cometido el error fatal de no llevar una moña de pelo (lazo para el cabello). Tenía el cabello pegado a la frente en menos tiempo que nos tardó llegar a la cima de una colina.

Cada vez que me quejaba, mi papá me decía que ya casi llegábamos, que Max Patch estaba justo a la vuelta. En nuestro siguiente descanso, vimos a dos senderistas yendo para el otro lado. Mi papá los paró para preguntarles cuánto faltaba para llegar, ya que ellos debían ir de regreso.

Nos miraron con una expresión confusa. Dijeron que Max Patch quedaba en la dirección en que ellos iban. Nos mostraron una aplicación que les decía a dónde se dirigían, y el punto estaba en la cima de una montaña enorme, lejos de Max Patch. Mi papá les agradeció y ellos siguieron en su rumbo. Él me dijo que era mejor así, porque vimos nuestro error a tiempo y no teníamos que subir el monte donde estábamos. Solo teníamos que bajar.

Yo no podía creerlo. Parecía que toda la caminata había perdido sentido, no quería continuar a Max Patch. Sería mejor solo entrar al carro e irnos a casa. Pero yo no era la que hacía esa decisión, y continuamos el recorrido hasta volver al punto de comienzo. Después de eso, Max Patch solo estaba a media hora de distancia. La colina no era tan inclinada como las anteriores, pero igualmente no podía esperar la llegada.

Y al fin, después de cinco horas de rondar por las montañas, e ir en todas las direcciones equivocadas, llegamos a la cima de Max Patch. Desde ahí tuvimos una vista panorámica de las montañas alrededor nuestro. Se veían como serpientes enormes.

Nos sentamos en el pasto, pero después de poco tiempo estábamos acostados, mirando las nubes. De un momento a otro mis ojos se habían cerrado; todo el trabajo que costó valió la pena para ese descanso, en el pico de Max Patch.

Ahora cada vez que siento que me quiero rendir,  terminar y dejar todo solo porque es difícil, pienso en ese día. Cuando encontré el descanso en Max Patch, encontré una memoria que me iba a decir siempre: “No te rindas”.

Foto: Matilde Enciso