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Mis amigos en la secundaria

No fue hasta que entré a segundo de preparatoria que toqué fondo y con toda la vergüenza recorriendo mi ser clamé a Dios

Por Fernanda Sánchez Colin

Al entrar a secundaria, comencé a notar acciones incorrectas por parte de mis dos más grandes amigos. Me pareció algo alarmante, pues sabía que nunca se comportaban de esa manera, principalmente porque eran cristianos, y fue cuando decidí hablar con ellos para aclarar las cosas. Pero no funcionó, al poco tiempo la situación empeoró y yo no sabía cómo ayudarles.

La solución más obvia era pedir ayuda a Dios, pero no lo hice, ya que al mismo tiempo que mis amigos se iban perdiendo del buen camino yo también, lo hice. Comencé a pensar que todos en la iglesia eran unos hipócritas por andar criticando a uno como si ellos no tuvieran también sus errores.

Quería ayudar a mis amigos por mis propias fuerzas, no porque no creyera que Dios podría ayudarlos, sino porque estaba molesta con todo el mundo y creía que yo sola podía ayudarlos. Creía que no necesitaba a nadie más.

Fueron años muy tristes y dolorosos en donde veía como cada uno se arruinaba la vida y yo no sabía la forma correcta para sacarlos del abismo. Años de desesperación, frustración y coraje me desviaron de Dios. Comenzaba a habitar una inmensa e irreparable tristeza en mi interior, haciéndome sentir la peor amiga y persona del mundo.

Pero Dios es fiel y siempre tiene una segunda oportunidad para cada uno de nosotros.

Tenía un sueño que quería compartir con mi amiga: al llegar a cumplir los quince años nos bautizaríamos. Sólo que ella no quiso bautizarse y tuve que hacerlo yo sola. El curso pre-bautismal que dieron en la iglesia fue de mucha bendición a mi vida, pues me aclaró la acción que estaba a punto de realizar.

Sin embargo, no fue hasta que entré a segundo de preparatoria que toqué fondo y con toda la vergüenza recorriendo mi ser clamé a Dios. Me arrepentí de todas las cosas que había pensado, dicho y leído, y le rogué que me ayudara, haciendo conciencia de que yo en mis fuerzas no podía más.

Fue un proceso un poco doloroso pero lleno de paz. Paz de saber que no estaba sola y vacía. Dios estaba sanándome y consolándome, olvidando toda angustia y temor por mis queridos amigos.

Comencé a orar y a poner más atención a las predicaciones sintiendo como volvía la alegría a mi vida. Mi fe y confianza se fortaleció, mi entendimiento comenzó a expandirse y comprendí el grande y dulce amor de Dios hacia mí, primeramente, enviando a Jesús para morir por mis pecados y salvarme de toda esa oscuridad y, segundo, porque no se olvidó jamás de mí, su hija.

Dios tiene un tiempo para todo, el tiempo de Dios no es el mismo que el nuestro. Cuando oro por mis amigos deseo que de un día para otro sus ojos sean abiertos para darse cuenta de que no van por el camino correcto, pero no funciona de esa forma.

Gracias a Dios mis amigos tienen un poco más de conciencia sobre las cosas que no les convienen y ahora están pensando en una carrera. Dios poco a poco va tratando con ellos, mostrándome como oye el clamor de mis oraciones y su consuelo en los días difíciles.

Ahora yo he podido dar testimonio en un grupo de alabanza en la iglesia y en mi escuela, algo que jamás pensé que podría pasar. He dejado la vida de mis amigos en las manos de Dios, depositando toda mi confianza en ÉL y dejando que siga haciendo cambios impresionantes en mi vida.

Foto: Diana Gómez