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¿A quién agradar?

¿Realmente vale la pena esforzarnos tanto por agradar a los demás?

Por Joanna Alanis

Cuando tenía 8 o 10 años, tenía una compañera en la escuela a la que admiraba. Era muy bonita y “popular”, yo quería ser su amiga, pensaba que de esa forma me sentiría especial e importante.

Mi mamá me aconsejó: “No te juntes con ella, porque es grosera con otras compañeras y solo acepta en su grupo de amigas a quienes ella quiere. Es muy elitista. Esa amistad te afectará y traerá problemas”.

Sin embargo, yo no hice caso al consejo, mi necedad e inmadurez me tenían cegada. Comencé a ser su amiga, lo que me llevó a imitarla. Llegué incluso a excluir a mis demás compañeras y ser grosera con ellas, solo por quedar bien con mi “amiga” especial.

A mi parecer, lo pasábamos muy bien juntas, sin embargo, al poco tiempo me di cuenta de mi realidad. En la escuela me hablaba y se la pasaba conmigo porque no tenía a sus otras amigas, pero en la iglesia me rechazaba, era grosera y no me hablaba. Eso lastimó mi corazón porque creí que una amistad me iba a hacer feliz y a satisfacerme, pero no es así.

¿Realmente vale la pena esforzarnos tanto por agradar a los demás?

La verdad es que no. Mi mamá me lo advirtió, me equivoqué y ahora entiendo lo importante que es obedecer los consejos que nuestros padres nos dan.

Sentir el vacío que produce que otros nos ignoren y no nos hablen, es triste, pero es importante que entendamos que todos vivimos con un vacío en nuestro corazón por la falta de Dios en nuestras vidas.

No hay nada bueno en los seres humanos, porque todos fallamos y estamos llenos de pecado. Ese pecado nos separa de Dios, sin embargo, Él nos ama. El simple hecho de que en este momento podamos respirar y leer este artículo, es una prueba del amor que Dios nos tiene, porque fuimos creadas con propósitos.

Uno de los propósitos es sentirnos aceptadas por el único que nos conoce y entregó su vida venciendo a la muerte, para que seamos libres.

Somos bendecidas al ser instruidas desde jóvenes en el camino de la Verdad y la Vida, que es Jesucristo.

Lo que aprendí con esta experiencia fue a no afanarme por tener muchos amigos, pues estos van y vienen, no estarán por siempre a nuestro lado. Si ponemos la esperanza en una persona, terminaremos dolidas y tristes, porque fuimos creadas para tener una relación personal con Jesús, solo Él es quien puede llenarnos verdaderamente.

Escuchemos y obedezcamos el consejo de nuestros padres, honrándolos, pues es un mandato que Dios nos da para bendecirnos.

¿A qué persona debemos esforzarnos por agradar? A Jesucristo. El apóstol Pablo lo tenía muy claro, es por eso que dijo: “Yo no ando buscando que la gente apruebe lo que digo. Ni ando buscando quedar bien con nadie. Si así lo hiciera, ya no sería yo un servidor de Cristo. ¡Para mí, lo importante es que Dios me apruebe!” (Gálatas 1:10 TLA).

Yo creía que mis amistades me definían, ahora que soy cristiana entiendo que quien me da valor y una verdadera identidad es Jesucristo. Es maravilloso darme cuenta de que existe un Dios que muestra su amor y cuidado por mí todo el tiempo.

Si le entregamos el corazón a Dios, nos damos cuenta de que no solo será nuestro Señor y Salvador, sino también un Padre en el cual podemos refugiarnos.

Podemos confiar, esperar y crecer en Dios, para que cuando otros nos rechacen, no nos afecte porque, en nuestro corazón queremos agradar solo a Dios y darle la gloria solo a Él. Nuestra identidad está en Jesús.

No olvidemos lo que dice su Palabra: “Desde antes de crear el mundo Dios nos eligió, por medio de Cristo, para que fuéramos solo de él y viviéramos sin pecado. Dios nos amó tanto que decidió enviar a Jesucristo para adoptarnos como hijos suyos, pues así había pensado hacerlo desde un principio” (Efesios 1:4-5).

Depender de Dios nos hace libres. Así podremos relacionarnos con otros sin ser egoístas esperando algo a cambio, sino que seremos una verdadera amiga que sea luz para aquellos que necesitan esperanza y una identidad.

Dios me dio la oportunidad de escuchar y atender al consejo que me dio mi madre, aunque pasé por el dolor de ser rechazada, tuve una nueva oportunidad y aprendí que Dios nos manda a tratar a los demás como a nosotros mismos.

Ahora, yo oro por aquella amiga que me lastimó en mi infancia, así como Cristo me perdonó a mí, yo la he perdonado, y le pido al Señor que ella se acerque verdaderamente a Él. Para eso nos vino a buscar, rescatar y salvar. Ahora podemos compartir lo que Él hizo en nosotras, y entender lo valiosas que somos para Él.

El mundo y nuestras amistades nos van a rechazar y traicionar, pero Dios jamás lo hará. El Salmos 23:1 dice: “Tú, Dios mío, eres mi pastor; contigo nada me falta”. Y Juan 6:37 expresa: “Todos los que mi Padre ha elegido para que sean mis seguidores vendrán a buscarme; y cuando vengan, yo no los rechazaré”.

Foto: Diana Gómez