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Bon Voyage! Capítulo 21 (fin)

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Junio 4

Desde que despertó, el aire se sintió distinto. Tal vez se debía a la proximidad de su partida o a la emoción de pasear con David. Karla ganó la ducha, luego trató de peinarse diferente. Nelly le ayudó un poco, pero decidieron mostrarse naturales. Sam y los chicos las esperaban en el lobby. Desayunaron en el camino, pues el Louvre tenía fama de largas filas y deseaban llegar temprano. Así que se encaminaron con prisa a su destino.

Al parecer Sam y Óscar sabían un poco sobre lo que había sucedido entre ella y David pues les dieron su espacio y consintieron a Nelly. De ese modo llegaron al lugar indicado y Óscar casi se desmayó. ¡Los esperaba una fila bastante larga!

—¿No sería mejor probar el Palacio de Versalles? —preguntó Nelly.

—O quizá una galería de arte más pequeña —sugirió David.

Óscar no cedió. El Louvre era su sueño.

Sam intercedió por él: —Chicos, Óscar ha sido el más ecuánime en todo este viaje. Este es su sueño, así que yo lo apoyo.

Los otros tres estuvieron de acuerdo. Tomaron turnos en la fila mientras otros iban y tomaban fotos de la pirámide de cristal o compraban algunos recuerdos en tiendas cercanas. David no se separaba de Karla y charlaron sobre sus respectivas familias. De repente, ambos querían saber todo del otro. Karla escuchó de Alex, su hermano mayor que vivía en Baltimore y de Susan, su hermana menor que aún cursaba el bachillerato.

Él se confundió con los nombres de los hermanos de Karla, sus respectivos cónyuges y la tropa de sobrinos, pero trató de memorizarlos con buen humor. El tiempo de espera pasó con rapidez, sobre todo porque Óscar cantó un poco, Nelly imitó a Horacio Hanks y las frases célebres del señor Smith. Así que cuando cruzaron la entrada, Óscar los guió rápido por las salas menos conocidas hasta llegar a las que él ansiaba visitar.

No le faltó la Mona Lisa de Da Vinci, ni la Venus de Milo, ni la Betsabé de Rembrandt, ni la Estigmatización de San Francisco.

—Es más pequeña de lo que pensé —opinó Nelly de la Mona Lisa.

—¿Por qué no tiene brazos? ¿Se los robaron? —quiso saber David de la Venus de Milo.

—¿También Rembrandt era holandés? Muchos pintores famosos son de ese país, ¿no creen? —concluyó Sam.

Óscar trataba de explicar algunas cosas, pero finalmente se rindió.

—Dejen de hablar y permitan que el arte les hable a ustedes.

Los cuatro obedecieron. Entonces Karla y David se pararon frente a un cuadro de Vermeer.

—Es mi pintor preferido —le confesó Karla—. Los Frankfurter tienen varios cuadros de él.

—¿Originales?

—Por supuesto que no.

David se encogió de hombros: —Lo sabía. Solo te estaba probando. La modelo es bonita.

—¿Qué le darías? ¿Nueve? ¿Ocho? ¿Ocho punto cinco?

David palideció y la miró con pena.

—Te contaron, ¿verdad?

Karla miró al piso.

—La realidad es que la noche que te vi en el restaurante en Vichy te di un diez. ¡Un perfecto diez!

—Me maquillaron.

—Quizá. Pero fue algo más. En ese momento comprendí que la hermosura es algo que surge del corazón. Te vi con amor.

—¿Amor? David…

—No digas nada. Solo déjate querer.

Él la tomó de la mano y Karla sudó frío. ¿Qué hacer? David no la soltó el resto del trayecto.

* * *

Almorzaron mientras continuaban recorriendo algunas calles donde adquirieron recuerdos de última hora para sus familias. Nelly y Karla pasaron más tiempo juntas, pues necesitaban tener una plática de chicas.

—¿Cómo te sientes, Nelly?

—Deja de preocuparte por mí. Sam y Óscar me tienen muy consentida. Todo estará bien, Karla. En serio. ¿Y tú?

—Estoy en las nubes.

—Pues prepárate, que aún falta lo mejor. Sam llamó ayer a Etienne. Nos espera en el café donde canta. Será una noche mágica.

Arribaron a tiempo, a pesar de que andar por París consumía más tiempo que cuando solían recorrer ciudades más pequeñas. Etienne los saludó desde la tarima donde había comenzado su participación. El jefe de meseros les tenía una pequeña mesa en un rincón.

El lugar era bohemio y a la vez elegante. Los cinco pidieron una taza de café y bocadillos. Etienne tocó el saxofón con el grupo, ritmos rápidos y a veces lentos. Era un ambiente desconocido para Karla pero agradable.

La música no permitía mucha conversación y los cinco comenzaron a mostrar su agotamiento. Sin embargo, en el descanso del grupo, Etienne se acercó y charlaron sobre el viaje. Preguntó sobre Andrea, los Smith y reparó en que David y Karla rozaban sus dedos. Sonrió ante la noticia.

—Solo recuerda, Karla, la meta no es David, sino Jesús.

David arrugó las cejas sin comprender nada, pero Karla le pidió paciencia. Ya le contaría. Etienne se despidió y volvió a la tarima, pues el grupo debía regresar al hotel por las maletas. El avión salía a medianoche.

—Antes de que mis amigos regresen a casa, quiero compartir con ellos una última melodía.

Etienne se sentó al piano y cantó en inglés.

«Algún día conoceré como fui conocido

Algún día veré como fui visto

Algún día escucharé como fui escuchado

Algún día amaré como fui amado.

Hoy veo solo sombras

y vagamente se vislumbra la luz,

Hoy veo como en un espejo

pero el reflejo será un día realidad.

Porque fui conocido y la vida se me dio

Porque fui visto y la puerta se me abrió

Porque fui escuchado y cambió mi corazón

Porque fui amado y encontré al mismo Amor

Mañana veré la luz

y las sombras se esfumarán,

Mañana le veré cara a cara

y ya nada será igual».

Mañana Karla viajaría a México y se separaría de David. ¿Quién sabe si volvería al Colegio? Ambos lo habían platicado y tenían miedo, pero reconocían que algo fuerte los unía, algo que iba más allá de un gusto físico o de enamoramiento, era el sueño de conocer más a Dios. Y en Él confiaban sus vidas, su romance y su destino.

Como Etienne había cantado, mañana verían la luz, un paso a la vez.

* * *

Karla había dudado en cómo manejar la situación, mas no fue necesario. Nelly se adjudicó el asiento al lado de Tim para para estar al pendiente de su salud. Sam y Óscar se sentaron juntos, así que Karla se ubicó junto a la ventanilla. David sonrió.

—Parece que compartiremos asiento.

Ella le devolvió la sonrisa. Le emocionaba la idea de pasar varias horas al lado de David. Había tanto de qué platicar. Sin embargo, el cansancio la venció.

—Duérmete. Se supone que es de noche.

—Eso es en Francia, pero cuando lleguemos será de día.

Él se encogió de hombros: —Si sobrevivimos hace unas semanas, lo haremos otra vez.

Karla cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir ya habían transcurrido dos horas y la cabeza de David se recargaba sobre su hombro. Ella se preguntó si luciría muy atrevida, mas decidió arriesgarse. Deslizó sus dedos entre los de él. David no se despertó, ni dijo nada, solo recibió su mano.

—¿Es una broma? —escuchó la voz de Óscar en el asiento de adelante.

Se preguntó si la había descubierto, pero en eso vio la pantalla que anunciaba la película del día: «Lo que el viento se llevó». Andrea brincaría de gusto.

***

Junio 5

Karla se sentía con ganas de llorar. Sus maletas tardaron años en descender a la banda pero su corazón ardía. David tampoco hablaba. No había mucho qué decir. El adiós pesaba más que la emoción de Sam quien ya deseaba salir por las puertas y enfrentar su futuro.

En el área internacional estaba Gaby Smith quien se abrió paso entre la multitud y abrazó a Tim.

—¡Gaby, qué bueno es verte! Tu esposo casi se nos muere —bromeó Óscar, pero Nelly le dio un codazo juguetón.

Después aparecieron los padres de Óscar. Abrazaron al muchacho quien se despidió de sus compañeros.

David reconoció a su hermano mayor. Agitó los brazos y luego casi asfixia a su sobrina. Su hermano le dijo que manejarían al rancho ese mismo día.

—Pero antes —interpuso David—, ¿podemos acompañar a Karla a la terminal donde sale su avión para México?

Sam ya estaba con sus padres y Nelly debía abordar su avión a Canadá. Los Smith prometieron escoltarla. Karla se vio rodeada de abrazos y despedidas: Óscar, Sam, Nelly y  los Smith. De pronto, llegó el momento de seguir sola pues David no podía acceder después de cierta área.

David la abrazó.

—No sé qué decir.

—No digas nada. Escríbeme.

—Te llamaré. Podemos tener videollamadas.

—Está bien.

David le dio un beso en la mejilla. Ella no había esperado algo más. Era lo correcto. Un paso a la vez.

Karla se encaminó a la puerta. Volteó una vez más y él gritó: —Bon voyage!

Ella sonrió.

* * *

«Bon voyage!», suspiró Karla en su asiento. En unas horas estaría en su casa y curiosamente no tenía miedo. Abrió su Biblia al azar y no le sorprendió toparse con Jeremías 29:11.

“Porque yo sé los pensamientos…”.

Dios tenía planes para ella. Quizá había tenido que ir hasta Francia para reconocerlo, pero ya no dudaría de Él. De eso se trataba la fe: de confiar sin ver, de creer sin ninguna prueba. Dios la amaba, le aseguraba la Biblia. Tenía un propósito para su vida. Nada funcionaría si ella tomaba las riendas o se rebelaba. Más bien, aprendería a apoyarse en quien, en su momento, le otorgaría las peticiones de su corazón.

Aún no despegaba el avión y ella no había apagado su celular. Recibió un mensaje de David.

«Ya te extraño».

Ella contestó: «Yo también».

¿Cuándo se volverían a ver? Tal vez más pronto de lo que ambos imaginaban. Con el Señor, todo era posible.

(fin)

Foto por Eduardo Roldán

Ninguna porción ni parte de esta obra se puede reproducir para fines de lucro

Todos los derechos reservados.

D.R. ©️ Keila Ochoa

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