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Bon Voyage!, Capítulo 20

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Junio 3

Cuando Karla abrió los ojos se preguntó dónde estaba. La cama era tan cómoda que hasta llegó a pensar que se encontraba en su casa. Sonrió al darse cuenta de que en unas cuantas noches más se hallaría en compañía de su familia en México, ya que del aeropuerto de Chicago tomaría su vuelo.

El departamento de Diana se le figuraba hermoso. Contaba con delicadeza y gracia femenina. Además tenía un toque práctico que lo hacía perfecto para recibir visitas. Diana se asomó a su recámara y sonrió: —Buenos días. Preparé la bañera. Nelly aún no despierta.

Karla no perdería la oportunidad, así que tomando sus cosas se encerró en el tocador. Diana no solo las consintió con agua tibia, sino con aceites perfumados que relajaron sus músculos. Aún tenía unos raspones de la escalada. Luego se sonrojó al recordar que Andrea le había dejado una falda y una blusa hermosa. «Úsalas el domingo, por favor. Somos casi de la misma talla».

Y al pensar en Andrea se entristeció. ¿Cómo hubiera sido un viaje perfecto? Lógicamente Nelly y Sam serían novios a esas alturas, Andrea continuaría con ellos y todos la pasarían bien. Pero ninguno de sus deseos se había vuelto realidad.

Nelly tocó dos veces y Karla se apresuró para no dejarle el agua fría. Desayunaron algo sencillo y Diana les contó sobre su vida. Por primera vez Karla admiró a una mujer soltera de cuarenta y cinco años.

En su familia existía una tía solterona pero no se comparaba a Diana, cuya vitalidad se palpaba en sus proyectos y frescura. No lucía frustrada ni preocupada; al contrario, les mostró fotografías del club de niños que dirigía, de un círculo de lectura, de mujeres con quienes salía a retiros y hasta un grupo de estudiantes universitarios a los que les enseñaba inglés.

Después de todo, quizá la soltería no sonaba tan monstruosa. ¡Pero Karla no llegaba ni a los veinte años! ¿De qué se angustiaba?

* * *

Karla no dejaba de observar el reloj. ¿Dónde andaban los chicos? El culto en la iglesia había comenzado hacía diez minutos. Le molestó un poco ser de las primeras en llegar, mas no tenía otra opción, pues Diana era la encargada de acomodar las flores.

Nelly trataba de leer su Biblia en francés y Karla se dedicó a analizar a la concurrencia. Pero a cada minuto volteaba hacia la puerta. En realidad quería ver a David. Aun cuando le costara trabajo aceptarlo, él se había vuelto parte de su día a día y aunque quería enterrar en su mente aquel episodio cuando le dijo bonita, resurgía en los momentos menos apropiados.

A comparación de la minúscula iglesia en Moulins, la de Grenoble se caracterizaba por numerosa. Calculó unos ciento cincuenta adultos y un número importante de niños y adolescentes. Abundaba la sangre joven. El grupo musical, en especial, contaba con muchachos apuestos.

Los cantos le agradaron. El grupo musical la convenció de que el talento cruzaba fronteras y le encantó el ritmo del baterista y la destreza del bajista. El vocalista se desafinó unas cuantas veces, aunque nada grave. Si no fuera porque no leía bien en otro idioma, Karla hubiera cantado más fuerte.

¡Por fin llegaron los muchachos! Sam y David vestían como siempre, pero Óscar traía huaraches y bermudas, lo que provocó que Nelly arrugara la frente. Karla imaginó que andaría con pies adoloridos y poca ropa limpia. Cuando terminó la reunión, después de una hora de casi no comprender nada, Nelly y Karla se pusieron de pie. Nelly conversó con uno de los misioneros, mientras Diana estrechaba la mano de todas las personas alrededor. Karla, de pronto, se encontró de frente con el bajista.

—¡Hola! Me dijeron que hablas español.

Karla se asombró.

—Soy de Bolivia.

El usar su lengua materna la envalentó.

No supo qué sucedió el resto de esa media hora, pero Hugo, el de Bolivia, la llevó abajo para tomar café, mientras le contaba que sus padres habían venido por cuestiones de trabajo y él se quedó a estudiar. Cuando se graduara, planeaba quedarse en Francia, ya que no consideraba a Bolivia un país con muchas oportunidades. No dejaba de hablar y la acaparó. Karla ni siquiera sabía cómo zafarse para ir al baño.

Cuando por fin se despidió, porque debían marcharse, Nelly le dio un codazo.

—David se muere de celos.

—No es cierto.

—No sabe disimular.

Karla giró el rostro pero David miraba para otro lado. Nelly alucinaba.

* * *

Karla se preocupó por Tim. Era la tercera vez que se paraba al sanitario. El viaje en tren había arrullado a sus compañeros, pero ella se encontraba alerta. Faltaba poco para llegar a París, sin embargo, algo le inquietaba.

Tim tardó más de la cuenta y cuando regresó al vagón Karla lo vio más pálido que una sábana.

—¿Qué sucede?

—No lo sé. Creo que es solo una infección.

Pero a Karla se le figuraba un asunto de gravedad.

—¿Qué sientes? —le preguntó Sam, que había despertado.

Tim refirió sus males: contracciones, fiebre, temblor y diarrea. Sam comprimió los labios: —No suena bien. Necesitamos un médico.

¡Cómo echaron de menos a Gaby y sus remedios! ¿Y dónde conseguir un doctor en París sin hablar francés? El tren se detuvo. Los chicos prácticamente cargaron a Tim y entre todos arrastraron maletas y bolsas rumbo a la salida.

—Debemos tomar el metro —les avisó Tim.

Sam negó con la cabeza y le susurró a Óscar: —Mejor paguemos un taxi. No podemos arriesgarnos.

Se encaminaron a la salida con prisa. De pronto, Nelly tiró de la manga del suéter de Sam.

—Tengo una idea. Tim debe traer en su agenda la dirección de Steve Tomas, el misionero. Él sabrá a dónde llevarlo.

Sam aprobó la sugerencia y después de varios intentos, Steve contestó. Les dio la dirección y los seis se apretaron en un carro que les cobró una fortuna, pero Sam no concebía otra solución a su problema. La esposa de Steve los recibió con el pragmatismo femenino que Karla tanto admiraba en su madre y en sus tías. Steve ya había telefoneado a un médico conocido de la familia, quien arribó minutos después.

Los cinco se tumbaron en la sala mientras aguardaban el diagnóstico. Karla y Nelly hojearon unas revistas, David y Óscar jugaron cartas y Sam revisó su correo. Por fin bajó Steve del segundo piso donde descansaba Tim.

—¿Qué pasó?

Los cinco saltaron de sus asientos.

—Tranquilos. El doctor dice que se repondrá. Mañana podrá viajar a los Estados Unidos, pero hemos acordado que él permanezca en mi casa esta noche para recuperar energías.

—¿Y nosotros? —Óscar se angustió como un niño pequeño.

—Tim reservó el mismo hotel de hace unas semanas. Yo me encargaré de pagar. Hoy dormirán ahí y mañana cuentan con el día libre.

Eso no sonaba tan mal, se dijo Karla con ánimos renovados. Subieron a despedirse de Tim y después de una y mil indicaciones de qué hacer y qué no, los dejó en libertad. Sam quedaría al mando. La noche ya cubría París, así que optaron por tomar el metro y después de dejar sus maletas en sus respectivos cuartos, buscaron dónde cenar.

—¿Y qué haremos mañana? —quiso saber Nelly.

Óscar se encogió de hombros: —Yo iré al Louvre. No me puedo ir de París sin ver la Mona Lisa con mis propios ojos.

Los otros estuvieron de acuerdo. Volvieron al hotel a paso lento; no había un Tim que los apresurara, ni necesidad de levantarse tan temprano. Óscar y Nelly pidieron su llave. Sam se escapó a una cabina de teléfono.

Karla no supo cómo pero se quedó sola con David pues Nelly y Óscar ocuparon el diminuto elevador. Karla empezó a desesperarse. Le incomodaba estar a solas con David. A diferencia del resto, parecía que no había mucho qué comentar con él.

—Subiré las escaleras —anunció.

—Te acompaño —dijo David.

En el primer descanso, David le preguntó: —Dime, Karla, ¿qué aprendiste en este viaje?

—Pues… cosas sobre mí, supongo.

—Eres un poco tímida, ¿verdad?

—Nunca he sido buena para tener amigos o para desenvolverme con naturalidad.

—En este viaje no percibí eso. Te me figuras una persona abierta.

—Quizá Dios me está cambiando.

—O tal vez solo estás siendo tú misma. ¿Sabes? Andrea me dijo algo antes de partir.

—¿Qué?

David se encogió de hombros: —Algo muy extraño, viniendo de su parte.

—¿Se puede saber?

Él jugueteó con su reloj que se había quitado.

—Esto es irreal. Es decir, cuando me subí al avión hace unas semanas, juré que volvería siendo el mismo. Pero he cambiado. Quiero ir al rancho, pero ya no me importa el campamento de verano, sino pasar tiempo con alguien.

¡¿Con Andrea?! se preguntó Karla

—Sucedió algo asombroso. Y Andrea lo descubrió.

Karla contuvo la respiración.

—Creo que me enamoré.

¡¿De Andrea?!…

—Supongo que no estaba en tus planes, pero eso es bueno, David. Sin embargo, una relación toma tiempo.

—Lo que más me preocupa es que ella me rechace.

—No lo hará. Confía en mí. Una vez que sane de su pie, podrás visitarla.

—¿De qué hablas, Karla?

—De Andrea.

Él no se rió.

—Karla… se trata de ti.

Ella se mordió la lengua, ¡y le dolió!

—Me gustas mucho. Es algo nuevo que jamás había sentido. No te imaginas la angustia que sentí cuando esos borrachos se acercaron y los celos por verte con ese bajista. Karla, solo te pido que me digas si tengo esperanzas. No te estoy proponiendo matrimonio… ni siquiera que seamos novios. Quiero conocerte más.

Karla imaginó muchas escenas, como la de un terremoto que abriera las escaleras para tragársela o la interrupción de Nelly con algún chiste. Nada sucedió. Él continuaba esperando su respuesta. Y por supuesto que ella la conocía, sin embargo, ¿realmente se trataba de ella? ¿No se habría equivocado? ¿El apuesto David con la simple Karla? ¿David, amante de los caballos, con Karla, amante de los libros?

Él se movió incómodo. Ella debía hablar rápido o el sueño se desvanecería: —Creo que tienes muchas esperanzas.

David se acercó y le plantó un beso en la mejilla. Ella se sonrojó de arriba abajo.

***

Solo bastó una mirada para que Nelly adivinara.

—¡Lo sabía! Alguien debía caer en este viaje. Me alegra que fueras tú.

Su abrazo la llenó de dicha.

«Francia, hermoso país», repitió en su cama. Y a la mañana siguiente le esperaba un día entero en compañía de David, en la ciudad más romántica del mundo.

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa

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