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Bon Voyage! Capítulo 19

Foto por Eduardo Roldán

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Junio 2

Karla despertó debido al dolor en su espalda. Nelly y ella habían dormido sobre el suelo y pagarían caro su error. Se estiró con un quejido y Nelly se sobó el cuello. En eso, Karla recordó la triste escena del día anterior y decidió guardar silencio.

Tim bajó con ojos hinchados, tal vez por el desvelo o la preocupación y les pidió ayuda para el desayuno. Gaby los alcanzó a los cinco minutos. ¿Dónde andarían los chicos?

—Debemos apurarnos —anunció Tim.

El tren salía a las nueve y debían dejar la casa limpia. Durante el sencillo desayuno de yogurt y pan, nadie abrió la boca. David bajó las escaleras y murmuró un buenos días. Sam y Óscar lo siguieron con evidente cansancio. Al parecer, nadie había dormido bien. Andrea despertó de buen humor y la acomodaron en un sillón. Su tobillo aún estaba hinchado, pero no le dolía tanto.

Gaby no tardó en repartir responsabilidades. David se encargó de barrer, Sam de lavar los trastes, Óscar de subir las maletas a la camioneta, Nelly y Karla asearon el baño, los Smith recogieron la comida y Andrea animó a todos desde el sofá.

Mientras tallaba el lavabo, Karla meditó en cómo el viaje había dado un giro de ciento ochenta grados.  El resbalón de Andrea pudo haber sido fatal, pero Dios los había cuidado. Quizá Karla se debía mantener lejos de las montañas.

Pero subir le había brindado una perspectiva diferente de la vida. Si bien no recibió una revelación como el resto, le trajo paz charlar con Andrea y hacer las paces con ella. Además, le agradó escuchar lo que Sam, Óscar y Nelly habían aprendido.

Tim los apuró. David corrió al baño por su cepillo de dientes y se topó con Karla, quien se ajustaba la gorra.

—Te ves bien, Karla.

—Sí, claro.

—En serio. Eres bonita. Pero creo que deberías dejarte ver más y no ocultarte bajo una gorra.

Karla se sonrojó. Sintió que sus mejillas ardían, así que se refugió en la camioneta.

* * *

En el tren, Andrea se sentó junto a Gaby Smith y las chicas.

—Tengo miedo —les confió—. Yo no quería volver antes, pero no quiero ser un estorbo por el resto del viaje…

—Todo saldrá bien, Andrea —le dijo Nelly.

—No conoces a mis padres —su voz se quebró—. Al rato me reclamarán los inconvenientes que les estoy causando con este accidente, y quizá ellos imaginan que me rompí el pie…

—Hablaré con ellos —la tranquilizó Gaby—. Estás agotada, Andrea. Y con el pie así te fatigarás más. Es lo mejor para todos. Dios te ama, Andrea. Y yo también.

Las lágrimas se agolparon en los párpados de la chica.

—¿En serio? Me cuesta creerlo. He sido… un fastidio.

—Quiero leerles un salmo. Dice la Palabra de Dios: «Oh Señor, has examinado mi corazón y sabes todo acerca de mí. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; conoces mis pensamientos aun cuando me encuentro lejos. Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan. Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna».

Nelly y Karla tomaron la mano de Andrea.

—Dios las conoce a las tres. Las he observado aunque no me he querido entrometer porque sé que el Señor está trabajando en sus vidas. Él siempre lo hace, pero mucho más en este tipo de actividades donde no estamos en  nuestra zona de confort, donde, por así decirlo, estamos más expuestas a otras experiencias y personas. Pídanle a Dios que penetre en lo más profundo de sus corazones y las guíe.

—Eso quiero —le dijo Andrea. Luego sacó su novela favorita del bolso: —Supongo que Scarlett O’Hara no es el mejor modelo a seguir para una sureña.

—Cuando lleguemos a casa te prestaré unas biografías más interesantes —le prometió Gaby.

El tren se detuvo y Nelly le indicó que debían bajar. Recorrieron la estación hasta el tren que se dirigía a París. Gaby y Andrea partirían a la capital donde abordarían un avión de regreso a los Estados Unidos. El viaje había terminado para ellas. Gaby se despidió de los muchachos y prometió buscarlos en el aeropuerto en unos días.

Andrea abrazó a Sam, luego a Óscar y a Nelly. Cuando llegó con Karla la abrazó más fuerte que al resto.

—Te voy a extrañar, Karla.

—Yo también.

—¿Volverás al Colegio?

—Aún no lo sé.

—Hazlo. Me gustaría pasar más tiempo contigo. Quizá seamos… amigas.

—Ya lo somos.

Andrea le dio un beso en la mejilla. Luego se despidió de David. ¿Qué le habría dicho? Tim y Sam ayudaron a que Gaby y Andrea se instalaran. El grupo se quedó allí hasta que el tren se perdió en el horizonte, luego abordaron su propio medio de transporte rumbo a Grenoble.

*  * *

Sam volvió a recuperar las ganas de disfrutar el viaje y contagió al resto. Diana Drake, misionera soltera, los recibió en la estación. Recogió sus maletas, prometió que las depositaría en las casas donde dormirían esa noche y los envió a conocer la ciudad.

Tim los condujo a la Bastilla, una fortaleza a la que se subía en funicular. Óscar recuperó su buen humor y sus bromas hicieron que Karla sonriera. En lo alto hallaron una cueva que exploraron, luego tomaron muchas fotos de la vista y los escenarios del pasado. Descendieron a medio día y en un parque observaron un festival de música flamenca. Como la ciudad albergaba importantes escuelas y universidades, se le consideraba un nicho de cultura.

A las seis arribaron a casa del misionero Jean Paul donde dormirían los chicos y Tim. Jean Paul se había casado con una americana y tenían seis hijos, entre ellos, unos gemelos, quienes se ganaron el corazón de Sam desde el inicio. Después de unos hot dogs y papas fritas, se dedicó a trepar árboles con ellos.

—¿Vemos una película? —le rogaron.

Sam accedió y después de convencer a sus compañeros, se sentaron en la sala para ver Toy Story. Por un momento todos fueron niños otra vez.

Tim les avisó que Diana, quien vivía a unas tres cuadras, no podría recoger a las chicas. Los chicos se ofrecieron a escoltarlas y después de recibir la dirección e instrucciones, se lanzaron a las calles bajo el cielo estrellado de verano.

Sam y David escoltaban a Karla, Óscar venía detrás contándole unos chistes a Nelly.

—¿Regresan los dos al Colegio? —preguntó Karla.

—Solo me falta un año —dijo David—. Después tal vez entre a otra carrera. ¿Tú qué harás, Karla?

—Decidiré este verano en casa. ¿Y tú, Sam?

—Antes planeaba asistir al seminario teológico, pero me interesa más el Instituto Lingüístico de Verano desde que conversé con Horacio. Siempre he querido ir a una tribu, conocer su idioma, quizá traducir la Biblia y por supuesto, casarme con Carolina.

—¡Miren! ¡Un boleto de lotería! —exclamó David.

—Guárdalo. Imagínate, ¿qué tal si ganas? —opinó Karla.

—Dinero no es lo que me quiero llevar de Francia.

—¿Entonces qué es?

—Aún no lo sé.

Óscar y Nelly los alcanzaron.

—¿Saben? Sé que Sam es el espiritual del grupo —dijo Óscar—, pero ¿por qué no pedimos a Dios por Andrea? En serio que traigo un cargo de conciencia del tamaño de un elefante.

Los cuatro rieron, pero estuvieron de acuerdo. Incluso leyeron la Biblia juntos, algo que no habían hecho salvo por la insistencia de los Smith de tener un devocional todas las mañanas. Esa noche, en su cama, Karla dio gracias a Dios porque aunque tarde, el viaje se había tornado en lo que debía haber sido desde el principio: un momento de búsqueda y comunión con Jesús.

Ella no hubiera elegido un camino tan tortuoso, pero si el resultado final era que cada uno de ellos se acercara más a Dios en fe y en compromiso, había valido la pena cruzar un océano entero para lograrlo.

Ninguna porción ni parte de esta obra se puede reproducir para fines de lucro

Todos los derechos reservados.

D.R. ©️ Keila Ochoa

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