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Bon Voyage!, Capítulo 18

Foto por Eduardo Roldán

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Junio 1

La noche anterior los Smith les avisaron que saldrían a un poblado cercano para comer y pasear sin ellos, así que los chicos tendrían un día de asueto. Prometieron que no los reprenderían por levantarse tarde ni perder el tiempo. En la cena se encontrarían en la cabaña principal donde todos dormirían, ya que otro grupo arribaría a las ocho para ocupar las otras casas.

Karla se despertó a las nueve y de inmediato se apropió del baño. Mientras se bañaba pensó en la conversación del día anterior. ¿En verdad sería atractiva? Terminando de arreglarse, se dirigió al lavadero para rescatar su ropa. No le incomodó que Nelly no la acompañara ya que prefería que su amiga descansara o vertiera su pena sin testigos. Y dicho y hecho, se encontró con una Nelly medio llorosa que se peinaba frente al espejo.

—¿Y Andrea?

—Habrá ido a desayunar.

A la media hora se toparon con los tres chicos que mascaban su cereal con energía y ellas los acompañaron. Los Smith ya habían partido y Andrea leía en el sillón.

—Hemos decidido escalar la montaña —anunció Óscar.

—¿Quieren venir con nosotros? —preguntó Sam.

Karla no pretendía contestar sin la aprobación de Nelly.

—Está bien —respondió Nelly.

Admiró a la canadiense, no solo por su valor, sino porque había hecho que Sam sonriera con genuino placer. Andrea indicó que también iría.

—Vayan a ponerse otros zapatos —ordenó Óscar—. Y lleven una gorra.

Nelly y Karla guardaron los platos.

—Andrea, ¿nos prestas la llave?

—Yo no la tengo.

—¡Tú estás a cargo! —explotó Nelly.

Karla no anhelaba una discusión sin la presencia conciliadora de los Smith, así que apretó el codo de Nelly.

—Yo te dije que la dejaba en la mesita —declaró Andrea.

Nelly ardió: —Yo…

Karla adivinó que tal vez Andrea sí lo había hecho, y que Nelly, abatida por la mala noticia de Sam, simplemente no la había escuchado.

—Iré a pedir el duplicado —ofreció Karla.

El día no empezaba bien.

* * *

Óscar tomó la delantera, seguido por David, luego Sam y las chicas. La montaña contaba con un sendero polvoriento que aminoraba el peligro, mas no el esfuerzo. Karla caminaba con dificultad. En eso, en una de las curvas, Andrea anunció que regresaría a la cabaña.

—Pero… —Sam arrugó las cejas.

—Esto es demasiado para mí. No seguiré —dijo con decisión.

Ni Nelly ni Karla insistieron. Ellas continuaron a pesar de las complicaciones físicas. Se detenían cada cinco minutos, y el caballeroso Sam, ya fuera por un sentimiento de culpabilidad o compasión, las esperaba y eso retrasaba a Óscar y a David que mantenían un paso firme y seguro.

—Adelántense —dijo Nelly en un claro—. Los seguiremos a nuestro paso.

Óscar titubeó un instante. Luego evaluó el camino que no ofrecía grandes peligros y supuso que las chicas se las ingeniarían.

—Está bien. ¿Ven ese espacio sin árboles? —Apuntó a media colina—. Si se cansan, deténganse allí. Las veremos allí de regreso.

Nelly y Karla asintieron; Óscar, con la emoción recorriendo sus venas, se lanzó a la aventura con los otros dos. Ya ni en sus días de niño explorador se había alegrado tanto, dijo en voz alta. Unos minutos después, Nelly se detuvo. Karla se recargó sobre el tronco de un árbol recuperando la respiración. Las dos tardaron en comunicarse debido al cansancio.

—Así nunca llegaremos. Cada diez pasos nos detenemos.

—¡Vamos, un metro más!

Karla lamentó el polvo que las cubría de pies a cabeza y lo torcido del camino que las hacía esforzarse. En la siguiente curva, encontraron unas flores.

—Son de los chicos.

Unos pasos más y se toparon con unas rocas acomodadas en círculo y dentro unas hojas.

—¿Qué querrá decir?

—Que sigamos —sugirió Karla.

Gracias a esos pequeños incentivos, Nelly dejó de quejarse y avanzó. Finalmente arribaron al lugar indicado por Óscar. ¡Qué vista! Karla se empapó de los prados y las carreteras; ese panorama de juguete que la hizo sentirse diminuta. Giró el rostro y localizó a los chicos que en pocos minutos se hallarían en la cima.

—¡Mira, Karla!

Nelly le mostró una servilleta con un mensaje garabateado: «¡Llegaron hasta aquí!, las amamos. David, Óscar y Sam».

Nelly se sentó sobre la roca.

—Estoy en paz con Dios, Karla. Me precipité en mis sentimientos, pero hoy me encuentro más fuerte. Dios me dará una pareja. ¿Has tenido novio?

Ella negó con la cabeza.

—Yo sí.  En la preparatoria salí con un chico de mi iglesia con quien estuve ocho meses, pero no funcionó. Y si te soy sincera, creo que debo ir más lento. Tener una pareja no lo es todo en la vida, por lo menos no ahora. Aún debo volver a casa y conocer a mi sobrino, luego ir al Colegio para terminar mis estudios. Algo bueno pasará.

Media hora después, los chicos bajaron y los cinco se sentaron para comer unos emparedados que Óscar, el previsor, había preparado.

—Óscar, eres el más coherente de todos, en serio —le decía Sam—. Nadie ha tenido roces contigo, ni andas confundido, ni…

Óscar se encogió de hombros.

—Karla sabe mi historia. Después de probar de todo encontré a Jesús y no necesito más. De hecho, hace rato que subimos a la cima y levanté los brazos en señal de triunfo, no era por un logro mío, sino porque me sentí libre para amar y ayudar a otros. Luego me oculté entre unos arbustos y vi el exquisito verdor de la campiña francesa que contrastaba con el azul del cielo que carecía de nubes.

Respiró profundo y siguió con su reflexión:

—No sé qué sintió Moisés ante la majestuosidad de una escena similar, pero yo me sentí pequeñito. Así me pasó cuando escuché el Evangelio. Podía enumerar mis faltas: recaída en drogas, relaciones sexuales fuera del matrimonio, mentiras a mis padres, falsedad en el corazón, pero el texto que leyeron de Jeremías en aquel campamento tocó a mi puerta: «Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia».

Óscar continuó: —La compasión del Señor no se limitaba a mis acciones, de ser así, ¿por qué enviar a Cristo a morir en una cruz y sufrir para salvarme? Cristo había venido a darme libertad, gozo, amor, consuelo. No dudé en que esas palabras eran verdad. Así que susurré:  «Creo, Jesús».

—Yo también tuve un momento importante allá arriba —confesó Sam—. Aún ignoro muchas cosas de mi vida, pero una me queda clara: Dios tiene un plan para mí. Ocupé un buen rato para conversar con mi Creador en voz alta, sin miedo a que me escucharan, pues sabía que cada uno de ustedes —dijo apuntando a David y a Óscar—, tendría su propio momento de meditación. Le prometí al Señor en ese lugar, entre el cielo y la tierra, que estoy dispuesto a seguirlo y a trabajar para Él en donde Él elija, como Él quiera y cuando Él lo determine. No voy a precipitar nada, sino que iré paso a paso confiando en Él.

Karla y Nelly intercambiaron miradas. David se encogió de hombros.

—Supongo que soy el más superficial. No hay mucho que contar.

—¿Jugamos escondidillas? —propuso Óscar.

Todos accedieron. Óscar se ofreció a contar primero mientras el resto corrió a esconderse.

* * *

Karla detectó una especie de barranca. Dedujo que la inclinación de la tierra impediría una visión directa, lo que le regalaría un excelente escondrijo. Resbaló un poco y temió que esa zona contara con piedras sueltas, pero decidió arriesgarse. Sin sentarse por completo, pero sosteniéndose con las manos, alcanzó a bajar.

¡Un tipo de cueva! Entró con una sonrisa, pero se llevó un tremendo susto al contemplar una figura.

—¿Quién es?

¿Se trataría de un maleante? Distinguió las facciones de Andrea al irse acostumbrando a la tenue luz. Ella lucía descompuesta.

—¿Qué haces aquí?

—Nada que te importe.

—Pero… pensé que regresarías a la cabaña.

—Te equivocaste.

El silencio la incomodó.

—Andrea, ¿qué pasa? ¿Por qué no quisiste quedarte con nosotros?

Karla la llevó de la mano a una roca grande donde se sentaron. El sol les regaló su calor y Andrea comenzó a tranquilizarse.

—Me dio miedo. Oía ruidos extraños, me sentí sola… Ay, Karla, este viaje ha sido una pesadilla.

Karla había pensando ser la única en catalogarlo de ese modo.

—¿Extrañas a tu familia?

Andrea sonrió: —No es eso. Cosas extrañas pasan en estas montañas, ¿no crees? Hace rato me pareció que Dios me hablaba.

Al parecer, solo ella y David eran tan superficiales como para no escucharlo.

—Mi problema es que me gusta ser el centro de atención. En casa siempre lo he sido, y en este viaje, es decir, tú y Nelly son diferentes a mis amigas. No les gusta lo mismo que a mí. No les impresiona mi guardarropa, ni mis viajes del pasado… Pero ¿eso qué importa? Me queda claro que no soy el centro del universo. Ese es Dios, y yo… bueno… lo dejo actuar muy poco.

—Me pasa lo mismo.

—¿En serio?

—Supongo que a todos nos gusta ser importantes.

—Una de mis tías dice que soy una consentida. En casa me dan todo lo que quiero, y pues me he acostumbrado a las cosas buenas.

—Andrea, hace unos días, ya ni sé cuántos, estabas llorando. ¿Qué ocurrió?

—Ay, Karla, cada vez que leo mensajes de casa me pongo mal. Te he contado un poco de mi hermana, además a veces quisiera que mis padres me preguntaran por cosas personales. ¿Sabes qué me escribe mi papá? Solo pregunta cuánto he gastado en la tarjeta. Mi mamá solo me recuerda no «dejar a la familia en vergüenza». Supongo que mi hermana y yo los hemos desilusionado en todos los sentidos.

—Lo siento tanto —le dijo Karla con un nudo en la garganta—. Sé lo que es sentirse fracasada. Y fea.

—¡Karla! Tú no eres fea. Y por cierto, ¿qué haces aquí?

—Estamos jugando a las escondidillas.

—¡Te atrapé! —gritó Óscar.

¡Las había encontrado! Justo entonces comenzó a llover. No se trataba de una llovizna, sino de una tormenta, y detrás de Óscar apareció el resto del grupo protegiéndose del clima. Karla se puso en pie y le tendió la mano a Andrea. Las dos corrieron para iniciar el descenso.

Karla solo veía el agua escurrirse frente a sus ojos y sentía pesado el cuerpo por la ropa mojada. Sus tenis se resbalaban con frecuencia.

—Cada quien sujete a una chica —ordenó Óscar.

Óscar apretó la mano de Karla, Sam corrió por Nelly. David sujetó a Andrea. Venían bajando, cada vez más mojados y desubicados, pues todos los senderos lucían iguales. Óscar trató de ubicar las cabañas.

—Por aquí.

Estaba bastante empinado y Karla no creyó haber subido por esa parte, pero le dio confianza la mano de Óscar. Sin embargo, había un tramo por el que solo cabía una persona a la vez. Sam bajó primero, seguido por Nelly, detrás venía David, luego Andrea. Karla guardó su posición y Óscar ocupó la retaguardia, pero en eso, Andrea resbaló.

—¡David!

Él giró de inmediato, pero Andrea había caído unos metros por el barranco. Afortunadamente, cayó en unos matorrales.

—Vamos por ella.

Nelly y Karla aguardaron a que los chicos la rescataran. La subieron poco a poco hasta un claro.

—¿Cómo estás?

—Es el tobillo. Me lo fracturé de niña, en clases de ballet. No quedó bien desde esa vez y se hincha horrible cuando lo lastimo.

—¡Uy! Tendremos que cargarte.

David la cargó y el resto le abrió paso. La lluvia aminoró y eso permitió que consiguieran llegar a la cabaña de los Smith donde pasarían la noche. Tim y Gaby abrieron con preocupación.

—¿Dónde estaban? Nos preocupó la lluvia. ¿Qué pasó? —preguntaron al ver a Andrea en brazos de David.

* * *

Óscar, David y Sam fueron a las dos cabañas, por las maletas que ya estaban empacadas. Nelly y Karla se encargaron de la cena, en tanto Gaby Smith atendía a Andrea. Tim salió al pueblo para llamar por teléfono. El tobillo de Andrea, tal como lo predijo, se empezó a hinchar. Le pusieron hielo, pero ella se retorcía de dolor.

Gaby le dio analgésicos para aliviarla. Cuando los chicos volvieron cenaron en silencio. Andrea trataba de sonreír y no preocuparlos pero realmente nadie estaba con humor. Podían ver que ella no estaba bien.

—No hay guitarra o te tocaría algo —le dijo Óscar.

—Está bien. No importa.

Sin embargo, Karla percibió que Andrea se encontraba tranquila. Quizá por fin había hallado lo que había buscado desde el principio del viaje: ser el centro de atención. Cuando los platos estuvieron limpios, todos se acomodaron a su alrededor y contaron anécdotas de piernas rotas, brazos enyesados y caídas impresionantes.

Gaby les recordó que aún debían tender las camas, así que Karla y Nelly se ofrecieron. Subieron al segundo piso, luego escucharon que Sam y Óscar salían para ver si Tim regresaba pronto. A Gaby le preocupaba la hora avanzada.

Gaby misma apareció junto a las chicas, y envió a Karla al baño por una pomada pues tanto ella como Nelly se habían raspado en el descenso. Cuando Karla pasó cerca de la sala observó a David y a Andrea en el sillón. Los dos reían. Karla sintió un retortijón en el estómago. Hacían una linda pareja.

Volvió al segundo piso y se concentró en preparar las habitaciones para la noche. La voz de mando de Tim Smith hizo que todos se reunieran en la sala.

—Andrea, hablé con tu padre. Él está arreglando todo para que mañana por la noche vueles de regreso a Estados Unidos.

—¿Pero, por qué?

—Conversamos largamente y, dada tu condición, es mejor que te revisen allá. Acá no conocemos especialistas, además, el viaje ya casi concluye y no te perderás tantos días. Tus padres estarían mucho más tranquilos si vuelves.

Las lágrimas se agolparon en los párpados de Andrea.

—Pero…

—Pagará un boleto extra para que Gaby te acompañe de regreso. Además, los costos médicos aquí son muy altos y tu doctor también hizo la misma recomendación.

Andrea se mordió el labio inferior. David la tomó de la mano y dijo: —Es lo mejor.

—Supongo que sí.

Hablaron de los detalles en cuanto a boletos e itinerarios, pero Karla prefirió subir para dejar todo en orden. Seguía un largo día de viaje y deseaba estar preparada. Sin embargo, le incomodaba la indiferencia de David hacia ella y las atenciones que prodigaba a Andrea. Pero, ¿por qué tantos celos y envidias? ¿Qué ocurría?

Una hora más tarde Karla y Nelly se arroparon entre las cobijas. Karla le echó un último vistazo a Andrea, quien ya dormía con ayuda de los analgésicos. Por lo visto el viaje se había terminado para ella. ¿Qué pensaría? ¿Estaría feliz de volver a casa? A Karla le restaban unos cuantos días más. Pronto olvidaría Francia y a David. Se esforzaría por disfrutar sus últimos días en Europa.

Ninguna porción ni parte de esta obra se puede reproducir para fines de lucro

Todos los derechos reservados.

D.R. ©️ Keila Ochoa

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