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Bon Voyage!, Capítulo 17

Foto por Eduardo Roldán

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Mayo 31

Los Smith les habían dado permiso para que se levantaran tarde, así que a eso de las nueve, Karla miró el reloj, pero se quedó entre las cobijas. Andrea despertó y ganó la ducha.

—¿Cómo dormiste? —le preguntó a Nelly cuando despertó.

—Como piedra. Espero no haberte pateado.

Karla rió: —Solo un poco. ¿Qué tanto hace Andrea que aún no sale del baño?

—Seguramente perder el tiempo. ¿Cuánto lleva allí?

—Media hora. Por cierto, Gaby dijo que si llevamos nuestra ropa antes de las diez, la echará en la lavadora.

—¡Qué bueno! Aunque mencionó que debían ser solo cosas indispensables. ¿Se te figura que mis pantalones de mezclilla cumplan con la categoría?

—Supongo que sí.

Andrea abrió la puerta y sin decir buenos días, se encaminó a su lado del cuarto para maquillarse. Karla, demasiado a gusto entre las cobijas, le cedió su turno a Nelly.

—No me tardo —le prometió.

A los diez minutos, Karla comenzó a preparar su ropa y tendió la cama. Luego se impacientó. Nelly imitaba la desfachatez de Andrea pues no salía. ¿Debería de apurarla? ¿Y si se enojaba con ella? Se repitió mil veces que Nelly era su amiga y no le convenía ganarse su enfado. Trató de leer su Biblia, pero resultó imposible. El reloj marcaba casi las diez. Supuso que los muchachos tampoco despertarían y Gaby los esperaría un poco más.

Por fin Nelly salió: —Lo siento, Karla. Tardé porque sale un hilo de agua.

Karla se mordió el labio para no gritar cuando un chorrito de agua helada fue todo lo que consiguió para darse un baño medianamente decente. Cuando salió, Nelly le anunció que Andrea, sin decir una sola palabra, había salido con un montón de ropa bajo el brazo.

—Pero… Gaby aclaró que no exageráramos para que todos tuviéramos lugar en la lavadora.

—Tranquila, Karla. Conoces a su majestad Andrea. Hace lo que se le antoja.

Karla recordó el libro sobre Daisy Miller. ¡Qué equivocación de David al compararla con ella cuando Andrea la personificaba a la perfección! A las diez y cuarto, con el cabello escurriendo y a medio arreglarse, las dos chicas corrieron a la casa donde se hospedaban los Smith para encontrar a los tres chicos terminando de desayunar y a Andrea lavando los platos. ¿De cuándo acá tan acomedida? Karla tragó saliva pues Gaby las perforó con sus pupilas azules.

—Tendrán que prepararse su propio desayuno.

Las dos asintieron.

—Y si aún quieren ropa limpia, corran a ver cuánto espacio resta.

Nelly y Karla obedecieron. Regresaron a la casa sin cruzar palabra, cogieron su ropa y descubrieron el pequeño hueco que quedaba para lo suyo. Gaby las alcanzó y Karla se quejó:

—Ni siquiera entra un par de pantalones de mezclilla. ¿No podría alguien sacar una playera no tan urgente?

—Lo siento, Karla. No es mi culpa que despertaran tan tarde.

—Pero tú dijiste que no había prisa.

Gaby se encogió de hombros y Nelly comprimió los puños. Karla no solía explotar, sin embargo, cuando Gaby se marchó, aventó sus pantalones al suelo.

—¡Andrea se está vengando! ¡Lo sé!

—Tranquila, Karla. Al fin de cuentas, mis pantalones se van a volver a ensuciar.

Desayunaron con gestos cabizbajos y Karla pronosticó una indigestión, ya que ni habían terminado, cuando Gaby anunció que la camioneta partiría en una hora. Lavaron sus platos en segundos, preguntándose qué sería de los chicos.

—Nelly, te propongo una cosa. Lavemos a mano nuestra ropa.

—Pero…

—Yo sé hacerlo.

Nelly aceptó y de reojo observaron cómo Andrea se divertía con los muchachos quienes pateaban un balón en el estacionamiento. Karla no lograba contener su furia, sobre todo por el agua helada que comenzaba a poner sus dedos morados, pero no volvería a usar calcetines sucios.

—¡Niñas, ya es hora! —les gritó Gaby.

Karla sonrió al contemplar la ropa colgando que presumía limpieza indiscutible. Volaron a la casa por sus cámaras, pero la hallaron cerrada.

—¡Andrea tiene la llave! —exclamó Nelly.

—¿Por qué nos hace esto?

Unas lágrimas de ira se escaparon de los ojos de Karla. No se dejaría vencer por Andrea. Todos se encontraban sobre el vehículo y Nelly le trató de explicar a Gaby su situación, mas ella defendió a Andrea: —Estuvo esperándolas, muchachas. Lo siento.

En eso, Karla notó que no se trataba de una, sino de dos camionetas, ya que los acompañarían los Sanders y una pareja de amigos. Ellas no contaron con opción mas que acomodarse con los Smith y con tristeza notó que los tres chicos y Andrea reían en la otra camioneta donde permitieron que Sam manejara.

* * *

Karla olvidó el enfado cuando llegaron al punto de reunión donde bajaron para contemplar un paisaje cautivador. Simulaba una resbaladilla de pasto y flores, lo cual le inyectó energía.

—Veamos el otro lado —sugirió Óscar.

Desde lo alto, Karla suspiró al posar sus ojos sobre lo que compararía con una maqueta bien trazada de casas que asemejaba a cuentos de hadas o lugares fantásticos. Se acordó de la película de la Novicia Rebelde, y por lo visto, lo mismo pensaron sus dos compañeras.

—¿Y si nos rodamos por la colina? —sugirió Nelly.

Los chicos se les unieron y jugaron como niños. Al final, quitándose el pasto de encima, Karla reconoció que se había divertido. ¿Por qué no podían olvidar sus diferencias para empezar de nuevo y formar un grupo de amigos? Ella lo intentaría.

De ahí visitaron una antigua iglesia en una ladera contigua. Los Sanders sacaron pizza fría, emparedados, yogures y fruta fresca que disfrutaron sobre el suave pasto. Karla y Nelly se encontraban cabizbajas y Óscar se acercó.

—¿Qué pasa?

—Creemos que Gaby Smith está molesta con nosotras.

—Pidan perdón —sugirió.

Karla meneó la cabeza: —Tienes razón. ¿Cómo no se nos ocurrió antes?

Ambas se disculparon por sus tardanzas prometiendo cambiar de actitud, y Gaby les dio un cálido abrazo.

* * *

Sisteron se distinguía por poseer una fortaleza militar llamada La Citadelle. Según la historia, Napoleón la había ocupado, y al caminar entre sus amplias murallas, Karla imaginó a los soldados defendiéndose. Subieron sus torres, jugaron en sus carretas, mas el ánimo de Nelly no mejoró. Algo sucedía con Sam quien evadía su mirada o eso le dijo a Karla más de una vez.

Unos guías les avisaron que en el anfiteatro se llevaría a cabo un concierto de cincuenta minutos. Los Smith accedieron y se acomodaron en ese hermoso teatro al aire libre que presumía una acústica envidiable. Pero Nelly no lo disfrutó, sino que la música clásica la sensibilizó a tal grado que las lágrimas se escaparon de sus ojos. Cosa que solo Karla notó.

A las siete de la tarde, de vuelta en el lugar de retiro, Gaby anunció que prepararía la cena y se negó a recibir cualquier tipo de ayuda, recomendándoles utilizar sus últimas horas de luz antes de que anocheciera. Los muchachos descubrieron un juego llamado «bull» que consistía en pegarle a una pelota de madera dentro de un círculo con bolas de metal.

Se formaron las parejas y la suerte la puso en el equipo de Sam. Óscar y Nelly los derrotaron en el primer partido, pero luego ellos vencieron a David y a Andrea. Gaby los llamó a cenar y los seis bajaron a la cabaña. Al final, Karla y Andrea se quedaron lavando los platos, y Sam le pidió a Nelly unos minutos. Karla no podía concentrarse, pues adivinaba el tema de la conversación.

Después de unos minutos, encontró a Nelly sola, detrás de unos arbustos.

—Nelly…

—No digas nada.

El llanto la sacudió y Karla la abrazó con fuerza. En susurros le resumió su conversación. Sam le había confesado que amaba a Carolina y no deseaba malos entendidos.

—Tranquila, Nelly. No sé cómo consolarte.

—Ya se me pasará. Quizá fue mejor que lo aclaráramos antes de que yo confundiera las cosas o me enamorara más. ¡Qué horrible se siente!

Contemplaron las montañas oscuras durante largo rato sin volver a hablar. Ignoraba en qué meditaría Nelly, pero Karla solo conseguía repetirse: «Debiste decirle ayer y prepararla».

Entonces Karla se unió a su llanto.

—Nelly, yo… — y le confió lo del día anterior.

Pero Nelly no se enfadó.

—Tarde o temprano me enteraría y de cualquier modo se me rompería el corazón.

—A mí tampoco me habla David.

—Lo he notado. No sé qué está sucediendo. Es decir, Sam ama a Carolina, pero ¿David?

—Quizá Sophie tiene razón y le gusta Andrea. Jamás he tenido un novio pero tampoco me había gustado alguien tanto como David. No me agrada la sensación.

Nelly sonrió: —Karla, eres bonita. ¿Por qué no lo crees?

—No lo soy, Nelly. Comparada con Andrea, soy… fea.

Nelly la abrazó: —Ahora me toca a mí confesar. Recuerdo la primera vez que te vi en las juntas para el viaje. Ya te había visto en algunas clases y actividades pero esa tarde venías directo de la cocina. Aún traías un delantal.

Karla jamás lo olvidaría. Había estado sirviendo la comida y cuando vio el reloj, voló al salón donde sería la junta, y cuando los ojos de Andrea se posaron sobre su mandil, se puso de mil colores. Seguramente tampoco olía a perfume de rosas sino al aceite con que había freído las hamburguesas.

—Me dije: «Espero que ella no vaya al viaje. No es mi tipo de amiga». Pero al paso de las juntas comencé a ver que eras sensible y respetuosa, y bueno, en estas semanas te has vuelto mi confidente. Y ahora que te veo, aún trajeras un mandil, diría que eres una bella mujer.

—Basta, Nelly.

—Es en serio, Karla. Creo que Dios quiere que aprenda la lección de no juzgar según las apariencias, algo que se da mucho en nuestra sociedad. La belleza interna es lo más importante y nos ayuda a ver la hermosura física. Porque si decimos que Dios nos creó, ¿entonces Él hace cosas feas? Uy, ya me estoy poniendo teológica. Al rato voy a estar dando sermones como Tim Smith que no nos deja un solo día sin devocional.

—Nelly…

—No venimos a Francia a buscar novio, sino a conocer más de Dios y las misiones. Y si te soy sincera, Dios está trabajando mucho en mí.

Por fin caminaron hasta la cabaña. Andrea había dejado la puerta abierta y subieron los peldaños con abatimiento. Un solo vistazo al cuarto hizo a Karla exclamar:

—¡Nuestra ropa!

Las prendas de Andrea estaban finamente dobladas y guardadas en su equipaje, y detestó que ella no les hubiera hecho el favor de traer la suya. Salieron de la casa con una lámpara de mano. En el trayecto se toparon con Óscar.

—¿Dónde andabas?

—Caminando por ahí —él suspiró—. ¿Piensan escapar?

—Vamos por nuestra ropa.

Óscar se encogió de hombros: —A nosotros también se nos olvidó pero Andrea nos trajo todo.

Karla rechinó los dientes. El aire soplaba helado y en los lazos no hallaron sus pertenencias, hasta que Nelly señaló sus calcetas y sudaderas que el viento había volado. Las recogieron con enojo ya que se habían vuelto a ensuciar.

—¡La odio! —Karla lloró de nueva cuenta sin control—. Mañana a primera hora las vuelvo a lavar.

Por ahora, solo deseaba dormir y despertar en su propia habitación poniendo toda Francia en un baúl etiquetado como «pesadilla». Sin embargo, sabía que todo era realidad.

 

Ninguna porción ni parte de esta obra se puede reproducir para fines de lucro

Todos los derechos reservados.

D.R. ©️ Keila Ochoa

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