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Bon Voyage!, Capítulo 16

Foto por Eduardo Roldán

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Mayo 30

El tren partió a las nueve de la mañana. De Tarbes irían a Marsella, luego a Sisteron donde los recogerían para llevarlos a Entrepierres. El tren ofrecía pocos lugares. Sam y Nelly se ubicaron al fondo del vagón, Karla y Andrea quedaron detrás de los Smith, y David y Óscar al frente.

Karla se talló los ojos. Andrea se puso a leer y se colocó audífonos para oír música. Karla trató de dormitar, pero sin querer, escuchó la conversación entre los Smith.

—Estás preocupado otra vez, Tim.

—Cada año me cuesta más mantener la energía. ¿Dónde quedó mi vitalidad? Me acuerdo de que nada me paraba en Sudamérica cuando estuvimos de misioneros, y aun en el Colegio me he sentido bien, pero…

—¿Qué te roba el sueño?

—Lo mismo de siempre. Nos acercamos a una parte crítica del viaje. ¿Qué piensas de Sam y Nelly?

—Yo no veo ningún romance.

—Eso espero. Nunca me ha gustado que nazcan relaciones en los viajes misioneros. Los chicos, distraídos por sus hormonas juveniles, solo piensan en ellos mismos. Además, no es ético.

—Yo más bien temo por Andrea. He escuchado rumores sobre situaciones difíciles en su familia; una hermana con problemas de sobrepeso, una madre más preocupada por su estatus social que en sus hijas, un padre exigente…

—Por eso te repito que me pone un poco nervioso lo que pueda pasar en Entrepierres. En algún lugar leí que las montañas despiertan las pasiones más intensas de los seres humanos. El cansancio los volverá irritables, su añoranza por el hogar se intensificará, y llegará el momento de estrechar lazos o romperlos de forma definitiva.

—Duérmete, Tim —le aconsejó Gaby.

Él obedeció.

* * *

Al llegar a Marsella, Tim les dio tiempo libre hasta la partida del otro tren en dos horas y les recordó que usaran el internet pues en Entrepierres no habría conexión.

Él y su esposa se encaminaron a un café, los chicos optaron por un McDonalds. Ninguno habló mientras se internaban en el mundo cibernético de correos, mensajes y fotos. Karla subió algunas fotografías y se comunicó con su madre. Abordaron el tren perdidos en su mundo. Karla se sentó junto a Sam, en el único lugar disponible.

—Mi padre me escribió. Me recomendó descansar, no tomar agua sin hervir y regresar con ganas de unos cursos extra curriculares que me prepararán para el seminario —le contó con tristeza—. ¡Pero yo quiero seguir en el Colegio! ¡Tengo otros planes! Soy un adulto y Dios me ha llamado a las misiones. Perdón, Karla, quizá no debo hablar, pero… ¿sabías que eres una gran persona? Eso me lo dijo Carolina antes del viaje. «Si necesitas desahogarte, Karla sabe escuchar». Tenía razón. Y pues… por cierto… Carolina me escribió.

Se sonrojó como un tomate. Karla sonrió, pero sintió un poco de pesar por Nelly.

—¿Qué te cuenta?

—Está en casa. Deben vigilarla por aquello de su enfermedad. Pero… lee su correo por ti misma.

Le mostró la pantalla de su tableta en donde había guardado la misiva.

«Sam, perdona que escriba hasta ahora. No me atrevía. ¿Qué te puedo decir? ¡Te extraño mucho! He pensado en ti durante estos últimos días, sobre todo porque me encontré la foto de la playa».

Karla miró la foto donde los padres de Carolina, Carolina y Sam chapoteaban en el mar.

«No sé si estoy incluida en tus planes futuros, solo quiero que sepas que mereces una gran mujer que te ayude en la labor a la que Dios te ha llamado. Aunque tu padre no esté de acuerdo, yo te apoyo. Perdóname por no haberlo entendido antes. ¿Te soy sincera? Me da miedo estorbarte, o aún peor, reconocer que no soy la mujer para ti.

Pero todo este verano he leído la Biblia y orado. No cambiaría esta paz por nada en el mundo. Y por eso mismo, te comparto mi confianza de que si Dios quiere que tengamos una relación romántica, sucederá. Por otro lado, si conoces a alguien más que te haga feliz, me alegraré y oraré por ambos. Así que mi oración es que este viaje te ayude a conocerle más a Él.

Por cierto, mis resultados del médico han sido favorables, pero aún si no lo fueran, también confío en que Dios abrirá el camino si así lo desea».

Karla le regresó la tableta.

—La amo —susurró Sam.

Karla asintió, pero su corazón se dolió por Nelly.

* * *

—Es increíble. ¡Nos bajamos en la estación equivocada! —se quejó Óscar.

—Lo siento, no leí bien el letrero —se disculpó Sam.

Karla se preocupó. Había presenciado las riñas silenciosas entre Andrea y Nelly, pero ¿entre los muchachos? Se suponía que los hombres no explotaban con tal efusividad ni se comportaban con tal hostilidad. Quizá se había equivocado. Andrea y Nelly se habían metido a la estación en busca de un baño y los Smith de un teléfono público.

—Pues a la otra déjame a mí la tarea —rezongó Óscar.

—Por algo Tim me la encomendó a mí, y no a ti —se quejó Sam.

Karla tragó saliva. ¿Sam peleando? Algo estaba muy mal.

—Dejen de discutir —intervino David.

—No estamos peleando —dijo Óscar—. Además, Tim te encargó a ti también vigilar la estación.

—Pero me quedé dormido —se defendió David.

—Resultaron un buen par —comentó Óscar con sarcasmo.

—Oye, chico latino, más te vale calmar tus ánimos —amenazó David.

—¡No me llames así! —Óscar rechinó los dientes.

—¡Basta! Será mejor que nos calmemos —recomendó Sam.

Y así lo hicieron. Se sentaron en silencio con una mueca. Karla se apartó unos pasos. Tim había dicho que el siguiente tren pasaría en dos horas, por lo que el itinerario se veía drásticamente afectado. A los cinco minutos, Andrea y Nelly volvieron para vigilar las maletas.

Los Smith regresaron con malas noticias. Nadie contestaba en la casa de los misioneros que los iban a recibir. Se encaminaron a la taquilla para investigar otras posibilidades. Karla refunfuñó en silencio. Ya no aguantaba las piernas, ni la espalda, ni la cabeza.

De pronto oyó: —¿Tinestín?

¡Qué nombre tan raro! El hombrecillo lo repitió dos o tres veces. Y de repente, David saltó con una sonrisa: —¿Tim Smith?

El muchachillo sonrió y señaló una camioneta. ¡El misionero Jack Sanders había enviado por ellos! ¿Cómo supo? Otros antes de ellos habían cometido el mismo error, lo que por lo visto tranquilizó a Sam. Se treparon al vehículo y partieron a Entrepierres, un poblado al pie de los Alpes donde Jack Sanders dirigía una casa de retiro.

Tres cabañas se levantaban en medio de un frondoso bosque. Jack les advirtió que aunque no los obligaría a realizar un voto de silencio, se prohibían radios, televisiones e internet. El punto consistía en escuchar la voz de Dios y disfrutar de la naturaleza.

«¿Y cómo hablaba Dios?», se preguntó Karla. Sin embargo, no se atrevió a decirlo en voz alta. Antes de dejar sus cosas en sus respectivas cabañas, Jack los invitó a cenar. Su esposa les ofreció una sopa caliente que los revivió y luego los Smith les advirtieron que las demás comidas correrían por su cuenta.

Al terminar, avanzaron a las cabañas. En la primera se quedarían los Smith. Allí había una cocineta. En la cabaña más al norte se ubicarían las chicas y los hombres en la del medio.

Jack entregó una llave al grupo de chicas y otra al de chicos. Se las encargó mucho, ya que solo contaban con una copia extra. Andrea de inmediato se apropió de la que les pertenecía a ellas y Karla evitó abrir la boca. Luego el misionero les repartió lámparas de mano, y en esa ocasión, Nelly la tomó primero.

Con Karla de un lado y Andrea del otro avanzaron por el oscuro sendero que daba a su cabaña. Se veía muy macabro y Nelly lo comentó en voz alta.

—¿Qué les cuesta poner un poco de alumbrado? —expresó Karla.

Andrea añadió: —Espero que no nos tropecemos con algún cadáver.

Las tres rieron. Por fin alcanzaron la puerta. Tardaron en abrirla pero luego se toparon con unas escaleras. No existía planta baja. Subieron los peldaños y en la cima encontraron un interruptor. La luz eléctrica bañó la habitación y las tres depositaron sus maletas con alegría. Era una bendición poder ver.

La casa se componía de dos cuartos. La salita contaba con una estufa, un refrigerador y un fregadero.

—¿Pretenden que cocinemos? —se preguntó Andrea.

—Gaby dijo que sí, pero en su casa, no aquí —dijo Nelly.

—Mañana comprarán las provisiones, así que el desayuno será cereal —añadió Karla.

En el segundo cuarto encontraron una litera y una cama matrimonial. Andrea no perdió tiempo y colocó su bolsa sobre la cama debajo de la litera. Karla arrugó la frente.

—No me gustan los segundos pisos. ¿Qué tal si me caigo?

Nelly pensó rápido: —Compartamos la cama grande.

Karla sonrió y el asunto quedó arreglado. Encontraron un pequeño baño, se cambiaron de ropa y se metieron entre las cobijas. Después de platicar un rato, las tres guardaron silencio. Sin previo aviso, la casa crujió.

—Está embrujada —bromeó Nelly.

—No digas eso —la reprendió Karla.

—¿Qué tal si sale un fantasma o un monstruo?

—Deja de decir tonterías, Nelly.

Nelly hubiera continuado con sus bromas pero se moría de sueño. Dio las buenas noches y cerró los ojos, no sin antes preguntarle a Karla en un susurro::

—¿Qué le pasa a Sam? Lo veo muy callado.

—No lo sé.

¿Debía contarle sobre su conversación y la carta de Carolina? Por otro lado, Karla también se encontraba confundida. David casi no le hablaba, incluso ella presentía que él la evitaba. ¿Estaría alucinando?

Ninguna porción ni parte de esta obra se puede reproducir para fines de lucro

Todos los derechos reservados.

D.R. ©️ Keila Ochoa

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