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Bon Voyage! Capítulo 15

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Mayo 29

Si Gaby Smith no las despierta, las tres hubieran continuado en el mundo de los sueños. Cuando Karla abrió los ojos, Andrea, que estaba más cerca del baño, ya había puesto el pasador y se escuchaba correr el agua de la regadera. Karla y Nelly buscaron su ropa, pero diez minutos después, Andrea seguía dentro y ellas afuera.

—Andrea, ¿te falta mucho? —le preguntó Nelly desde la puerta.

—Me puse una crema especial que debe hacer efecto en cinco minutos. Esperen su turno.

—Pero ya es tarde. Tim se va a enojar.

—Se hubieran bañado anoche.

Karla y Nelly intercambiaron miradas y con derrota volvieron al cuarto donde encontraron una radio. La encendieron y sintonizaron estaciones en francés. Noticias, Édith Piaf y música alternativa. Las manecillas del reloj avanzaban y el nudo en el estómago de Karla se hizo más intenso, pero no dejaría que Andrea le echara a perder el día. Cuando finalmente salió del tocador, con aires dignos de una princesa, Nelly y Karla decidieron ducharse con rapidez. Aun así, bajaron tarde a desayunar. Y para colmo, cuando bajaron las escaleras, Karla lanzó un grito que Nelly imitó. Todos salieron para contemplar una rata muerta.

Los chicos sonrieron y Peggy les explicó que su gato solía cazar las ratas que asolaban el barrio, dejándolas en el tapete de la entrada como un presente.

—Bonito regalo —comentó David quien se encargó de deshacerse del cadáver.

Las dos se acomodaron en sus respectivas sillas y Peggy se disculpó: —Todo debe estar frío, muchachos. Tim, será mejor que ores. Espero no les incomode el pan tostado que seguramente se ha endurecido.

Andrea intervino: —No fue su culpa, señorita Peggy. Si ciertas personas hubieran llegado a tiempo, esto no habría sucedido.

Nelly no se controló: —Pues si ciertas personas no hubieran tomado un baño de dos horas, las otras personas no habrían tardado en bajar.

Gaby Smith les lanzó a ambas una mirada fulminante, así que Nelly mordió un trozo de pan y Karla untó el suyo con mantequilla.

Después del desayuno, las chicas pasearon por un mercado ambulante con Gaby Smith, así que los chicos patearon un balón en la plaza. Karla agradeció la presencia de la señora Smith pues entre Andrea y Nelly parecía haberse levantado un muro de hielo que ni el sol derretiría.

¡Qué pueblo tan diminuto! Karla había visitado comunidades pequeñas, pero en muchas de ellas los caballos y otros animales, o quizá algún paraje natural añadían un poco de interés. Sin embargo, se le figuró que este lugar se había quedado atrapado en el pasado.

A las doce en punto, caminaron hasta la casa del pastor de la iglesia de Peggy, quien vivía a unas cuantas cuadras de la plaza. Era una casa típica, aunque no tan impactante como la de Horacio. Calificó la comida como sorprendente. Cuando la esposa del pastor les informó que primero probarían una sopa de verduras, Karla recordó su infancia, pero el platillo de la francesa la cautivó. Hasta pidió dos raciones.

Admiró al pastor, pero aún más a su joven esposa, Evelyn. Les contaron que habían empezado en África, lo que Karla no comprendió. ¿Por qué a los misioneros les atraían los lugares inhóspitos y peligrosos?

— ¿Y tienen hijos?

—Sí, pero ambos están en la escuela.

Evelyn sacó una foto de sus dos adolescentes. Entonces Peggy anunció que debían retirarse. La camioneta para ir a Lourdes estaba lista.

* * *

Karla predijo que no llegarían vivos a la catedral de Lourdes. ¡Peggy manejaba a mil por hora! Los demás no disimulaban sus rostros de espanto y al toparse con la expresión de David, los dos rieron abiertamente contagiando a los demás.

Peggy nunca supo a qué se debía el chiste, pero hasta los Smith entendieron y se unieron a la algarabía, lo que redujo el estrés de los pasajeros. Y como si Lourdes presintiera su visita, los recibió con lluvia constante. Peggy los dejó a una calle de la catedral mientras buscaba estacionamiento, así que se bajaron del vehículo y la lluvia aminoró.

Karla nunca se consideró devota pero de niña tomó clases de catecismo e hizo su primera comunión. Si bien su madre asistía a misa con fidelidad, con la misma indiferencia podía faltar si había algo más importante como una fiesta familiar. Aun así, un escalofrío recorrió su espalda cuando caminaron rumbo a la entrada, rodeados por tiendas donde vendían rosarios, agua bendita y toda clase de reliquias.

La gran puerta que ofrecía la bienvenida lucía congestionada, lo que evocó en ella una figura del purgatorio de Dante. Si pintara, cosa que no hacía, usaría figuras góticas para plasmar sus impresiones de la multitud que abarrotaba la calzada en dirección a la catedral. Camiones repletos de turistas arribaban cada minuto con jóvenes, adultos y ancianos provenientes de Irlanda, Inglaterra o España.

Pero lo que más le asombró fue observar las ambulancias con gente lisiada o moribunda que con la rapidez eficiente de expertos guías los trasladaban a las aguas purificadoras. En la capilla se topó con una escena diferente. El domo carecía de la majestuosidad de Roma, pero la imagen de la Virgen dominaba el frente anunciando con un letrero que por medio de María se llegaba a Jesús. Karla tragó saliva. Conocía la Biblia que afirma que hay un solo camino, el de la fe en Cristo, sin intermediarios ni atajos.

Cada mármol que formaba la pared tenía grabado el nombre de alguna persona sanada en Lourdes y benefactora de la catedral. A un costado, visitaron la gruta que registraba una fila de personas portando velas que intentaban acercarse para depositar sus oraciones. Una estatua de la Virgen rodeada por cirios la intrigó. La gente tocaba las paredes para recibir sanidad, pues en ese sitio, la niña Bernandette había recibido una visión en que María le dijo: «No puedo darte toda la felicidad en la tierra, pero sí en el cielo». Y le ordenó a la pequeña cavar la tierra de donde brotó agua bendita.

Karla contó la cantidad de velas encendidas. ¿Las dejarían allí hasta que se consumieran? Reprochó su cinismo, ya que miles de peregrinos depositaban en ese acto su amor y respeto. Peggy explicó que el negocio de velas sostenía al pueblo. Karla dedujo que de noche quitaban los cirios para que al otro día nuevos visitantes encontraran lugar.

También se enteraron de que en unos baños especiales, pequeños jacuzzis, los más afortunados o adinerados se bañaban para sanar.

Tim la distrajo al informarle que aún les faltaba la catedral subterránea y el tiempo se acababa. Parecieron bajar a las catacumbas, pero la moderna construcción, decorada con vitrales con historias de la Biblia, no se comparaba a los pasadizos romanos.

Peggy y Gaby se sentaron. Nelly, David y Andrea veían dibujo por dibujo y Óscar y Sam sacaron fotos desde afuera. Karla se quedó con Tim.

—¿Qué opinas de todo esto? —Preguntó Tim a Karla.

—Es escalofriante. Es decir, ¿realmente esa gente se cura?

—No hay modo de saberlo, aunque la verdadera fe en Dios hace milagros. Lástima que muchos aguardan señales en sus cuerpos y pierden de vista el don más grande: el cambio de corazón. El milagro más grande es que por la muerte de Jesús, pecadores como nosotros, conseguimos la patria celestial.

El reloj anunció que pronto anochecería, así que se dirigieron a la salida. La lluvia arreció empapándolos sin piedad. Karla corría hacia la camioneta, pero en una esquina le echó una última mirada a la catedral.

* * *

Karla anunció que tenía jaqueca y se subió a dormir pero en realidad quería estar sola. La catedral de Lourdes la había abrumado, así que sacó su diario y vertió en él sus pensamientos.

Tenía miedo de volver a casa y regresar a ser la misma Karla de siempre. La hija menor que velaba por su madre, que jugaba con sus sobrinos, que recibía afecto de sus hermanos mayores, pero que al mismo tiempo era poco comprendida.

Desde la muerte de su padre, Karla bien podía ser un adorno más en la vitrina del comedor de su madre. Pero ella respiraba, sentía y soñaba. Con los Frankfurter, Karla despertó a un mundo nuevo de fe, pero también de posibilidades. Se dio cuenta de que era buena para los idiomas y que sabía cuidar niños. En el Colegio Sinaí reconoció sus dotes de estudiante y su tenacidad para lograr buenas calificaciones a pesar de las barreras del idioma y la cultura.

Aquí en Francia algo distinto sucedía. Empezó a comprender que podía ser buena amiga e incluso una persona interesante, quizá… bonita.

Pero la catedral de Lourdes la puso mal. Imaginó a su madre corriendo a las aguas termales para sanar sus decenas de dolencias que ningún médico diagnosticaba pero que ella juraba tener. Su hermana mayor la llamaba hipocondríaca pero su madre usaba sus malestares para mantener a sus hijos cerca. Por otro lado, Karla bien podría ser una fanática sino hubiera conocido a Cristo.

Tristemente la religión no cambia vidas, solo Jesús. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Karla. Debía volver a casa pero no para ser un adorno más sino para hablarles a su madre y a sus hermanos de Cristo. Su familia no conocía la paz de Dios ni experimentaba sus milagros, cosa que Karla conocía de primera mano. Ese viaje era un regalo, no solo porque fue la primera vez que luchó por conseguir algo, sino porque Dios le enseñó que ella no podía lograrlo sola, sino que dependía de Él.

Cuando entró a la primera junta informativa del viaje, se sentó en un rincón y escuchó las indicaciones de Tim Smith. Se requerían personas interesadas en misiones pero dispuestas a levantar recursos para el viaje. Karla no estaba segura si deseaba ser misionera, pero reconocía que ansiaba hablar del Evangelio, aunque no sabía cómo ni con quién. Pero, ¿y el dinero? Ella jamás conseguiría lo que se le pedía.

Entonces pasó la primera ronda y fue elegida como parte del grupo. Así que debió reunir la cantidad indicada. Tim les mostró cómo escribir cartas sobre el proyecto y Karla redactó las suyas, imprimió una enorme cantidad de copias y las envió a México, a conocidos de los Frankfurter en Alemania y a familiares de Jenny y Perla en Estados Unidos.

Dos semanas después, suspiró con derrota. No iría a Francia. Pero esa tarde, encontró un sobre en su buzón personal. Abrió la carta con una estampilla de Ohio. Se trataba de una tía de Jenny que era viuda y vivía en un asilo. Le enviaba un poco de ayuda. Karla no supo si reír o llorar. El cheque era por veinte dólares. Con eso no pagaría ni el taxi al aeropuerto, pero hizo lo que los Smith recomendaron y lo llevó al departamento financiero como su primer pago para el viaje.

A la fecha le resultaba incomprensible lo que pasó después. Solo sabía que a partir de esa fecha llegó dinero de parte de desconocidos, de gente en Alemania, Estados Unidos y Suiza. Los Frankfurter dieron una fuerte cantidad y sus hermanos enviaron parte de sus ahorros. Cuando Karla acudió a entregar el último cheque, Gaby Smith la contempló con una sonrisa.

—Karla, te sobran trescientos dólares.

Sus ojos se iluminaron. Los usaría para el pasaje de vuelta a México o quizá por fin compraría un poco de ropa para sí misma. Pero Gaby le confió que Óscar aún no reunía ni la mitad. Karla adivinó lo que vendría a continuación y aunque su estómago se contrajo por la idea de despedirse de ese dinero, reconoció que no le pertenecía. Dios lo había enviado para el viaje de misiones, así que lo donó de manera anónima para Óscar.

Por esa razón, Karla honraría a Dios y compartiría esos milagros con su familia. Nada la haría más feliz que ver a su madre abrazar la fe en Jesucristo.

* * *

Aún escribía cuando Nelly regresó. La canadiense decidió contarle sobre su salida y Karla escuchó.

—Anduvimos un rato por la ciudad y decidimos comer algo. La raquítica cena que Peggy nos ofreció no llenó mi estómago. ¿No tienes hambre?

En realidad Karla estaba más ocupada en pensar que en comer. Pero de repente se dio cuenta que tenía hambre. Nelly sacó de su maleta un trozo de chocolate que le compartió.

—Recorrimos todo el sur del pueblo sin hallar un restaurante abierto. Finalmente nos topamos con un local donde vendían pizzas. Las mesas en medio de la calle nos recordaron la finura de París y pedimos una de salami. Tardaron años en traerla, por lo que tuve que soportar la plática sin sentido de Andrea que nos presumía sobre su viaje a Inglaterra del año pasado.

Karla no se sorprendió en absoluto.

Nelly continuó: —Los chicos escuchaban con un oído y con el otro parecían vagar en sus mundos. Por fin el mesero trajo nuestra orden. Sam oró, David cortó el primer pedazo, lo mordió y casi se ahoga. ¡La masa estaba cruda! Yo preferí no comer nada, así que ¿sabes qué hizo Sam? Se la ofreció a un perro callejero y al olfatearla, ¡se dio media vuelta!

Karla se contagió de su risa.

—Ni siquiera el perro la aceptó. ¿Lo puedes creer? Así que volvimos a casa con hambre y dolor de cabeza. Andrea prefirió irse a su habitación.

—No la oí llegar.

—Supongo que se durmió enseguida, y bueno, yo me quedé con Sam. Me mostró una fila de hormigas que viven dentro de un muro. Si te soy sincera, detesto los insectos, pero Sam me contaba con emoción sobre lo organizadas que son las hormigas y su comparación con el pueblo de Dios. Me confesó que no se perdía los programas documentales y que si contara con más tiempo, estudiaría Biología. Ay Karla, me estaba arrullando. Pero, bueno… ¿A Carolina le gustarán los animales?

¡Los adoraba! De hecho, no se perdía ningún documental sobre leones.

—Para colmo se inspiró en las arañas. Que en una versión bíblica se mencionaba como un animal sabio pero en otra traducción decía lagartijas. ¿Cuál sería la correcta? Pero ¿a quién le importa? Luchaba porque mis párpados no se cerraran pero Sam no lo percibía. Continuó con su hipótesis de que indagando en registros antiguos podrían encontrar la solución… ¡Yo solo me quería dormir! Por fin decidió que descansáramos. Así que aquí estoy. Pero, supongo que esto me ganó algunos puntos, ¿no crees?

Karla guardó silencio. Ella meditaba en la necesidad que su familia tenía de Cristo, mientras Nelly tejía un romance. ¡Qué contradictoria era la vida!

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa