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Bon Voyage! Capítulo 14

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Mayo 28

Nelly y Karla se quedaron solas en la habitación mientras Andrea se metía a la ducha.

—Me alegra dejar Moulins —dijo Nelly—.Pero me agrada que hicimos cosas útiles. Y te confieso que admiro al misionero. Me di cuenta de lo difícil que es todo esto de servir a Dios. ¡Nunca paraba! Buscaba a esta persona, a la otra, organizaba eventos, ¡qué energía!

Karla se acurrucó de lado: —Entonces debes acostumbrarte. Sam quiere ser misionero.

—Lo sé, y te confieso que cada día me encuentro más enamorada.

Amor, amor, amor. ¿Por qué de repente el viaje se convertía en una novela romántica más que en un viaje misionero? Esto la hizo pensar en las lágrimas de Andrea unos días atrás. ¿Por qué había estado triste? ¿Se atrevería a preguntarle?

* * *

Después del desayuno, Horacio los llevó a la estación de trenes donde se despidió de ellos. Sophie también los esperaba para decir adiós. Karla se asombró de que trajera una bolsa con regalos. Ella les pidió que los abrieran allí mismo.

Gaby Smith recibió un bordado, Andrea una perla, Nelly un prendedor, Sam un diccionario, Óscar un CD con música, Karla un perfume y cuando David abrió su paquete, todos lo observaron con atención. Karla trató de predecir qué pasaría, y como había notado que el resto de los regalos se distinguían por su buen gusto, se sorprendió al descubrir que era un pato de peluche. ¡Un pato! Todos se rieron, Sophie le dio un abrazo cariñoso y le prometió escribir. Karla no dudó que cumpliría su promesa.

Gaby había reservado un camarote en el tren, así que los ocho se acomodaron en las butacas en semicírculo para descansar.

—¿Por qué un pato? —preguntó Gaby con aire inocente.

—Supongo que porque le platiqué del rancho.

El viaje duró dos horas, así que comieron unas galletas, queso y pan que los Smith traían. Sam y David cooperaron con las latas de atún que habían comprado en el supermercado y Óscar compartió sus cacahuates. Las chicas, por decisión unánime, guardaron sus provisiones para más adelante.

Tim repasó con ellos el resto del itinerario, pero Karla no prestó mucha atención. Observaba el panorama con un dejo de melancolía. ¿Qué tenía Francia que sacaba a relucir tantas emociones?

Nelly y Sam avisaron que recorrerían el tren. Sin Nelly, ¿con quién platicaría? A los cinco minutos, David sugirió acompañarlas. Óscar saltó ante la propuesta y Karla lo siguió. Óscar invitó a Andrea, pero ella se negó y continuó leyendo su novela de siempre.

Sam y Nelly se encontraban en el vagón del comedor. Les hicieron lugar en la mesa y se terminaron los cacahuates de Óscar al tiempo que charlaban sobre Andrea. Karla se preguntó si Nelly lamentaba que los hubieran interrumpido.

—La siento distante, como si ella quisiera algo que no le podemos ofrecer —les explicaba Nelly.

—¿Amistad? —preguntó Óscar.

—Tal vez estamos fallando —opinó David—. Somos un equipo. Debemos ayudarla.

—Andrea es especial —comentó Sam quien la conocía desde hace años—. Ella, bueno, no lo sé a ciencia cierta, pero tiene emociones volubles y cambiantes.

Karla trató de recordar algo que había oído al respecto en el Colegio, sin embargo, se distrajo con la campiña.

Francia, o más bien el viaje, comenzaba a provocarle sentimientos intensos. Había partes de ella que desconocía como el hecho de sentirse bonita y reconocer que le gustaba David, y mucho. Jamás había sentido algo tan inquietante, tan curioso y a la vez tan doloroso.

David seguramente se interesaba en Andrea y por eso sugería ayudarla. No había mostrado nada especial hacia ella. La trataba igual que al resto. No debía entusiasmarse. Nelly, por su parte, contaba con más evidencias de una atracción, pero ¿y si todos estaban volviéndose locos?

* * *

El clima en París relucía con un sol veraniego que Karla añoró. Ni siquiera pasarían una hora en la capital, que los había recibido con lluvia unas semanas atrás. Atravesaron la terminal hasta la estación del TGV (Tren de Gran Velocidad) donde partirían hacia Maubergue. Los Smith, prometiéndoles una velocidad impresionante, aseguraron que en cinco horas pisarían la siguiente ciudad.

Andrea arrastraba su maleta, pero ni David ni Óscar intentaron ayudarla. Sam se ofreció cuando descubrieron unas escaleras, que ni eran eléctricas ni mostraban una ruta alterna. Ante su gesto, David auxilió a Karla, y Óscar a Nelly. Andrea acaparó a Sam y Karla escuchó su monólogo dos pasos detrás.

Describía la moda parisiense y luego explicaba algo de unas casas de costura y tantos nombres que terminó confundida entre Chanel y Pierre Cardin. Karla solo sabía que vendían ropa e ignoraba si alguna vez había adquirido uno de sus productos. ¿Sería que Andrea necesitaba una amiga? Quizá se sentía fuera de lugar con Karla, una mexicana, y Nelly, una canadiense.

El vagón de primera clase los alegró. Colocaron las maletas más grandes afuera. De un lado quedaron los Smith, Nelly y Karla y del otro David, Óscar, Sam y Andrea. El tren arrancó en punto de la hora y la mayoría durmió. Óscar decidió ocupar el suelo para poderse estirar.

Dos horas después, según su reloj, Karla despertó al mismo tiempo que Óscar, quien exigió comida. El olor a queso despertó al resto de la tropa y las chicas repartieron sus provisiones. Andrea reanudó su lectura y Sam aprovechó la oportunidad.

—¿Quieres jugar gato, Nelly?

Sacó su libreta, dos lápices, y para acomodarse, Karla le cambió el asiento. David y Óscar intercambiaron historietas que habían comprado en París y Karla resolvió un crucigrama que Tim Smith le regaló del periódico. El sueño comenzó a vencerlos de nueva cuenta. Interrumpieron sus actividades y la cabeza de Nelly se posó sobre el hombro de Sam. Karla los contempló con una sonrisa.

* * *

En Maubergue, una pequeña ciudad en el suroeste de Francia, vivía Peggy Jones, una mujer de sesenta y cinco años que tenía una casa frente a la plaza del pueblo. La razón de visitarla se resumía en su cercanía a la catedral de Lourdes. Tomaron dos taxis a la casa de la misionera.

En el primer piso se reunía la iglesia, así que hallaron bancas, un piano y la librería. Atrás se hallaba la puerta que conducía a la casa de Peggy y Marge, su compañera francesa que regresaría de una visita a España en tres días. Peggy les ofreció una deliciosa cena de lasaña y pastel de chocolate que devoraron mientras Tim y Gaby conversaban con ella.

Karla se comió dos rebanadas del delicioso pastel. Andrea la miró con reproche pero a Karla no le importó. ¡Estaba exquisito! Terminada la merienda, Peggy los llevó a la casa contigua, donde albergaban grupos de visita para retiros espirituales. Constaba de tres pisos. El primero estaba temporalmente deshabilitado por reparaciones. En el segundo se toparon con dos habitaciones, un baño y una cocineta. Los Smith eligieron la de la izquierda y los muchachos, la de la derecha. Peggy guió a las muchachas al tercer nivel donde se encontraba un baño privado y dos cuartos.

Andrea se apropió de la habitación con cama matrimonial donde colocó su monstruosa valija. Karla y Nelly se asomaron a la siguiente recámara que ofrecía dos camas individuales y sonrieron con complicidad. Eso les daría más privacidad y podrían platicar sin tener que cuidarse de Andrea.

Gaby convocó al grupo en el salón de la iglesia. Peggy vendía libros y Biblias. Los cinco compraron una Biblia en francés, menos Andrea, y trataron de leerla en voz alta terminando en risas y frases cómicas. Tim les sugirió que si querían escribir a casa, aprovecharan para usar el internet, pues cuando subieran a la montaña en unos días, no habría conexión.

Los siete se perdieron en sus propios mundos. Karla recibió noticias sobre sus sobrinos y su madre, aunque se preguntaba si Sam tendría mensajes de Carolina o si Óscar sabría de su hijo, y en el fondo moría por saber a quién le escribía David.

A las diez de la noche, Peggy cerró la puerta y los Smith los mandaron a sus habitaciones. Nelly y Karla arreglaron su ropa mientras charlaban del día. En eso, Karla descubrió un ventanal que daba a un balcón. Salieron y contemplaron la ciudad. ¡Qué vista!

Karla le platicó que si vivieran en México, sus enamorados contratarían mariachis para irles a cantar frente al balcón, con la fuente saltarina amenizando la serenata. Nelly se imaginó la escena y se acercó al barandal solo para descubrir que justo debajo sobresalía otro balcón más pequeño en el segundo piso.

Alguien silbaba.

—¿Quién anda allí? —preguntó Nelly deduciendo que se trataría de uno de los chicos.

La sombra giró y la saludó. Dos sombras más se unieron y Karla y Nelly rieron.

— ¿Insomnio? —bromeó Óscar.

—Es demasiado temprano —explicó Karla.

—¿Por qué no bajan? —sugirió el puertorriqueño.

—¡Ni locas! ¡Ya estamos en pijama! —comentó Nelly.

—Será mejor dormir —opinó Karla.

Dieron las buenas noches y apagaron la luz.

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa

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