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Bon Voyage! Capítulo 13

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Mayo 27

La propuesta del día se resumía en repartir más invitaciones, un almuerzo ligero, la película, y finalizar con una cena en un afamado hotel. Solo el prospecto del exclusivo banquete los animó a no quejarse y obedecer. Karla se dedicó a repartir papeles sin ton ni son. La gente estaba acostumbrada a recibir todo tipo de propaganda en esa zona, así que los tomaron como unos locos más.

Sam, a unos pasos, tomaba más en serio su labor. Charlaba con las personas, señalaba la importancia de conocer la Biblia y sus ojos se humedecían ante las burlas y negativas.

—El padre de Sam es increíble —le contó Andrea durante un descanso—. Se transforma en el púlpito y hace reír a la gente o llorar o temblar de miedo ante la mención del infierno. Pero es algo más que eso. Cuando se baja de la tarima, se vuelve tierno, interesado en las personas. Sam es como él. Mi padre es… diferente. No recuerdo un solo sermón que me haya impactado. Tal vez solo tengo mala memoria. Pero te puedo repetir los sermones del padre de Sam.

Almorzaron poco. Luego se encaminaron al lugar donde se pasaría la película. Horacio los detuvo en la puerta.

—Chicos, han trabajado tanto que merecen un descanso. Después de su participación pueden salir. Cuentan con tiempo libre. Los Smith, los hermanos de la iglesia y yo nos encargaremos de la película y de conversar con la gente al final. Ustedes hagan lo que gusten, solo procuren presentarse en el hotel a las siete en punto.

Diez personas acudieron al salón. Horacio se mostró contento, aunque a Karla el número le parecía desmotivante. Quizá ella estaba acostumbrada a América Latina y sus grandes multitudes. En Europa, que llegaran diez personas era un triunfo. Los chicos cantaron dos himnos, luego David pasó al frente. Karla no tenía idea sobre su participación.

“Crecí en la provincia, en un rancho. La familia más cercana vivía a diez minutos en auto. Mi abuelo y mi padre contaban con ganado, caballos y gallineros. Hacíamos de todo. Los domingos sin falta, nos subíamos a la camioneta y viajábamos hasta la iglesia, a treinta minutos, donde escuchábamos de la Biblia y de Dios.

Mis padres eran buenos creyentes, así como mis hermanos. Yo estaba seguro de que formaba parte de la gran familia de Dios pues acudía al templo, hacía mis oraciones y no dañaba a nadie.

En la secundaria, mis mejores amigos y yo salíamos a cazar. En nuestro condado no estaba prohibido y nos atraían las armas. Acampábamos al aire libre y matábamos patos, gansos y conejos.

Mi amigo Lucas era como mi hermano. Desde segundo de primaria tomábamos juntos el autobús al colegio. Pasaba muchas noches en mi casa y hacíamos muchas travesuras. Cuando entramos al bachillerato, nos metimos en problemas debido a nuestra mala conducta y nuestras ganas de explorar. Nunca fui bueno para el estudio, y esto se mostró en mis calificaciones”.

David tragó saliva y miró por la ventana más cercana.

“Comenzamos a buscar más retos. Deportes extremos, cacería más sofisticada y armas más peligrosas. Una noche, recibí la llamada de la madre de Lucas. Ni siquiera pudo contarme lo que había pasado pues se quebrantó y sollozó. Tomé la camioneta y conduje hasta su casa.

Lucas estaba limpiando su rifle cuando este se disparó. Realmente nadie supo bien qué sucedió en el sótano de esa casa. El sheriff descartó el suicidio. Yo solo sé que Lucas se fue. Eso me deprimió. No quise salir de casa en varios días.

Mi abuelita me insistió en que leyera la Biblia. Eso hice una tarde en que ya no podía más. Entonces me di cuenta de que en realidad no le pertenecía a Cristo. Que jamás había tenido una conversación seria con Dios, mucho menos le había entregado mi vida.

Me desahogué con Jesús, luego comprendí que algo faltaba en mi vida. Le pedí que me perdonara, que me salvara y que me ayudara pues comenzaba a ahogarme. Desde entonces vendí mis rifles. Dejé la cacería y retomé mis estudios. Los animales han sido parte de mi vida desde pequeño, los amo y ahora los protejo de otros.

Pero amo más a las personas y no quiero que, como Lucas, por un accidente sus vidas terminen sin haber conocido a Jesús. Espero que esta película les haga comprender que en Jesucristo hay perdón y segundas oportunidades”.

David tomó asiento. Comenzó la película y el equipo salió a la ciudad. Karla deseaba comentarle algo, pero no pudo hacerlo. Sam manejó la camioneta hasta la iglesia donde se hospedaban para cambiarse.

Los chicos usaron camisas y pantalones formales, ellas vestidos que concordaban con el verano francés. Andrea eligió un hermoso conjunto y Sophie una falda corta. Nelly y Karla traían unos vestidos un tanto sencillos que en Estados Unidos se estilaban, pero no concordaban con la moda chic de Vichy.

Sin perder más tiempo los siete se encaminaron al centro con sus carteras y ganas de comprar. Acordaron dividirse en chicos y chicas, pues sus gustos en tiendas eran diametralmente opuestos y Karla ya no pudo conversar con David.

* * *

Se detuvieron en una casa para novias.

—¿Entramos? —sugirió Andrea.

Analizaron los patrones, los diseños, intercambiaron ideas y luego se dirigieron a una tienda artesanal.

—¡Qué hermoso juego de té! —exclamó Andrea.

Compró uno y Karla adquirió una tacita. Nelly y Sophie guardaron su dinero para la siguiente boutique.

Nelly eligió una blusa de seda con encaje en el cuello.

—El durazno te va mejor —le recomendó Andrea. Nelly estuvo de acuerdo. Mientras tanto, Andrea encontró un vestido sin mangas, corto y en tonos pastel. Karla admiró la finura de su compañera, quien conocía el arte del buen vestir.

—Te falta una falda —Andrea le comentó a Nelly mientras repasaba un estante. Le mostró una sencilla, de color blanco, con una caída natural que combinó con la blusa. Karla observó los precios. No había modo de que Karla adquiriera algo allí, así que aguardó a sus compañeras en la entrada. De ahí pasaron a una tienda de perfumes.

—Busquemos muestras gratuitas —sugirió Andrea.

Se divirtieron probándose distintas fragancias hasta quedar impregnadas de aromas florales, de maderas y de especias. Para terminar disfrutaron un helado en el parque. A Karla le sorprendió la soltura de Andrea y comprendió que se encontraba en su ambiente, más que en la provincial Moulins.

En eso, Sophie les pidió que la acompañaran a buscar un regalo para sus padres. Nelly y Andrea se quejaron de que les dolían los pies así que descansarían en el parque y las alcanzarían en el hotel. Karla se alejó con la francesa.

* * *

Entraron a una tienda de música donde se colocaron audífonos para escuchar la canción de moda. Luego pasaron a una pastelería famosa donde Sophie compró unos panecillos especiales que su madre adoraba. Aún faltaba tiempo para ir al hotel. Entonces Sophie le propuso visitar Lancôme y Karla aceptó. Si comprabas un lápiz labial, te maquillaban gratis, así que Sophie la convenció de intentarlo.

Las dos se acomodaron en sillas altas y dos expertos las transformaron. Karla no se reconocía en el espejo y tuvo que admitir que Sophie irradiaba. Sus ojos azules, su tez blanca y su cabello corto la hacían verse como una modelo. Uno de los maquilladores hasta le tomó una foto.

Karla no aparecería en la portada de una revista, pero distaba mucho de su típica apariencia descuidada. Sophie la convenció de cambiar de peinado y uno de los franceses la apoyó. Por unos euros más, lavaron su cabello, lo secaron con plancha y quedó irreconocible.

—Pero no te va el vestido —dijo Sophie y torció la boca.

Entonces sucedió lo impensable.Tomaron un taxi de regreso a la iglesia donde se hospedaban. Tuvieron la fortuna de encontrar a la señora de la limpieza, quien les abrió la puerta.

Para su gran sorpresa, Sophie le prestó un vestido que mejoraba el efecto total. Karla se sorprendió de que la francesa cargara con tres mudas. Gracias a ese detalle, no echaría a perder el esfuerzo de sus estilistas.

A las siete y cuarto pisaron el hotel. Karla temblaba al imaginar el regaño que recibiría de Tim quien apreciaba la puntualidad. Pero en las escaleras hacia el vestíbulo se cruzaron con Nelly y Andrea.

—¡Karla! ¡Luces impresionante! —la abrazó Nelly.

—¿Dónde has escondido tu belleza natural todo este tiempo? —bromeó Gaby Smith.

El corazón de Karla latió con fuerza mientras subía la escalinata. Se sentía fuera de lugar. Ella no era así. Parte de ella deseaba correr de regreso y cambiarse a sus jeans y una sudadera. Tim fue el primero en verlas y alabó su hermosura, aunque su mirada se posó unos segundos más en la mexicana. En eso, Karla alzó la vista. Los chicos las aguardaban en el lobby. David se veía elegante con su camisa y su pantalón de vestir.

Bajó la vista por vergüenza. ¡No debía pensar en él!

—¡Qué diferente luces! —la felicitó Óscar.

Ella sintió un calor bochornoso y rogó por un poco de aire. Tim los apuró y del brazo de su esposa entró al salón. Horacio escoltó a una pareja que los acompañaba, y Sam, sin titubear, tomó a Nelly del brazo. Óscar sin dejarle otra opción, escoltó a Karla. David por su parte, con Andrea de un lado y Sophie del otro, avanzó por el pasillo.

El lugar asombró a Karla. Le emocionaron los candelabros, las mesas con manteles bordados que la remontaban a siglos pasados y el cuarteto de cuerdas en la esquina. Todo sería perfecto si estuviera con el amor de su vida, en vez de Óscar. Pero no tenía a nadie. Cero novios. Cero romances.

Karla quedó entre Óscar y Sam, y enfrente estaba David. Horacio comentaba sobre la historia de la Vichy francesa, pero nadie parecía escucharlo, pues estaban entretenidos con una ensalada de nuez, lechuga y aderezo.

—¿Qué tenedor debo usar? —preguntó David.

Andrea los instruyó sobre las reglas de etiqueta y todos obedecieron sus instrucciones. La velada transcurrió con tranquilidad, cosa que Karla apreció. De reojo notó que ni Sam ni Nelly cesaban de hacerse bromas y Horacio entretuvo a los Smith con más anécdotas del siglo dieciocho.

El plato fuerte consistió en carne con una salsa especial, que según Horacio, la formaban diversos vinos. Le acompañaban quesos que probaron a pesar de sus fuertes sabores. Durante el postre, un pastel de moka, Karla notó por primera vez que Sophie casi no charlaba. ¿Se sentiría mal?

—¿Me acompañas al baño? —le pidió Sophie.

Ella la siguió con curiosidad. Una vez dentro, la francesa explotó: —¡No le gusto!

—¿De qué hablas, Sophie?

—Sé mucho de esto y no le intereso a David, salvo como una amiga.

Karla se sintió perdida. Ni siquiera había adivinado que Sophie estaba enamorada de David o que le interesaba de modo romántico. ¿Por qué de pronto confiaba tanto en ella?

—Pero no lo puedes asegurar. Es decir… tal vez…

Sophie clavó en ella sus pupilas ardientes: —Sé cuando no le agrado a alguien. Vine a este viaje por él y supongo que hice mal. Tal vez le guste una de ustedes.

—No lo creo. David no es de novias.

Sophie la abrazó: —No importa. Sé perder, además, no lo veré más. ¿Quién de ustedes le gustará? Andrea es muy guapa y Nelly muy simpática.

Andrea entró en ese momento al tocador, así que las dos se dedicaron a lavarse las manos y volvieron al grupo. Karla no podía ni tratar de mirar a David. Se repitió que debía olvidar las palabras de Sophie y en el trayecto de regreso a Moulins decidió hacerlo.

Una vez de vuelta en casa de Horacio, mientras Andrea se lavaba en el baño, Nelly le susurró:

—Fue una linda cena, ¿verdad? Por cierto, David no te quitaba los ojos de encima.

—No es verdad.

—¡Claro que sí! Karla, ¿por qué luchas tanto contra lo inevitable? ¿Tienes a alguien en México o en el Colegio?

—A nadie.

—David es un buen chico. Le gustan los caballos y los patos, claro está, pero ama al Señor y es sensible. ¿No te agrada?

—Tal vez un poquito.

—¿Un poco? Yo creo que mucho —dijo y lanzó una carcajada—. Tú tampoco disimulas bien esto del romance.

Karla no comprendía ni la mitad de lo que ocurría, pero no negaría que la idea le resultaba agradable. Sin embargo, antes de dormir se repitió: «No te ilusiones. No te ilusiones. No te ilusiones…»

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa

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