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Bon Voyage! Capítulo 11

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Mayo 25

Karla, Nelly y Sam cubrieron la última zona de Moulins donde dejarían folletos evangelísticos. Sam se mostraba un poco pensativo, quizá por su charla de la noche anterior con el misionero, pero Nelly actuó con su algarabía de costumbre y todos se fueron relajando.

A Karla le fascinaron las casitas de cuento de hadas con sus jardines abundantes en flores y árboles frutales. Los aromas la embriagaron y no frenó el impulso de cortar una rosa de tonos intensos que abría sus pétalos y aún conservaba unas gotas de rocío. Sam se acercó y cortó otra rosa y se la entregó a Nelly, así que les sacó una foto, cada una con una flor. Las dos se sonrojaron.

Karla entonces decidió adelantarse. Sam y Nelly conversaban en susurros. Karla anunció que compraría unos chicles en la tienda más cercana. En realidad no pretendía comprar nada, ni traía dinero, pero quería darles un poco de espacio.

Desde el ventanal de la tienda vio que Sam colocaba el tallo de la flor en la oreja de Nelly. Ambos se miraron largamente. Karla salió de la tienda y se preguntó en qué pararía ese gesto de compañerismo. ¿Lo confundiría Nelly con algo más? ¿O mezclaría la hermosa Francia con sus sueños de amor? ¿Estaría Sam olvidando a Carolina?

* * *

Ese día visitaron el hospital. Los seis comenzaban a hartarse de la rutina, pero al día siguiente partirían a una ciudad cercana. Por lo pronto, en los seis, se notaban las señales del cansancio y ninguno, como comentaron en la camioneta, estaba de buen humor para visitar enfermos.

Cuatro edificios formaban el complejo. Ingresaron al que se destinaba a los ancianos y subieron el elevador hasta el tercer piso, un poco mojados debido a una lluvia torrencial que los había asaltado a medio camino.

Karla observó a los treinta ancianos en sus sillas. La mayoría los miraba con interés pero algunos se hacían los indiferentes. Como acordaron, realizaron una de las obras de mimos aunque sin maquillaje para no asustar a los ancianitos y luego cantaron tres himnos en francés.

La voz de Karla temblaba pero trató de controlarse. Por primera vez desde que inició el viaje, un dolor de cabeza amenazaba con echarle a perder la velada.

Mientras Horacio explicaba el mensaje de Jesús en una manera sencilla, ella trató de respirar hondo y regularizar su pulso. Cuando Horacio finalizó su participación, los chicos pasaron a despedirse de los ancianos.

Andrea decidió ir al baño y a Karla le molestó. Seguramente lo hacía para no entrar en contacto con esas manos arrugadas y esos olores penetrantes. Ella no actuaría con tal descortesía, así que se acercó a una viejecita que le habló con tal rapidez que no comprendió ni una sola palabra. Para colmo, la anciana se puso a llorar.

Karla se espantó. ¿Qué debía hacer? Los demás se encontraban algo lejos, así que solo repitió una frase que conocía de memoria: Dios te ama, en francés. La mujer comenzó a tranquilizarse. Le dio un beso en la palma de su mano y Karla se zafó con amabilidad. No quería más escenas similares, por lo que terminó en el baño, al igual que Andrea.

— ¿Todo bien? —Andrea la miró de soslayo.

—Me duele la cabeza.

—Bienvenida al club.

Cuando salieron, para su sorpresa, vieron a Óscar con la guitarra al centro de los treinta ancianitos y las enfermeras cantando junto con David una canción de Disney. Andrea y Karla se acercaron y si no fuera porque Karla aún sentía que la cabeza le estallaba, se habría acomodado más cerca del espectáculo.

Óscar y David contaban con un amplio repertorio y cantaron clásicos de los cincuentas, sesentas, musicales y canciones infantiles que amenizaron la tarde. Todos sonreían y el tiempo voló. Solo cuando los pacientes volvieron a sus habitaciones para la cena, cesó el concierto y Horacio felicitó a los chicos por su entusiasmo.

—Pero no entonamos himnos —se quejó David.

—Hay muchas maneras de mostrar a Cristo y creo que ustedes lo lograron.

David y Óscar sonrieron con emoción.

* * *

Nelly se moría por contarle a Karla sobre su aventura mañanera y su rápida parada en el supermercado, resultó el mejor momento. Se internaron en uno de los pasillos y le contó lo que Karla ya había visto.

—Me alegra que tu romance vaya mejorando.

—Pero no me quiero hacer ilusiones. Él habla mucho de Carolina. ¿Te sientes bien?

—Me duele la cabeza.

—¡Ay, Karla! De regreso duerme un poco. No hay como el descanso.

Tim y Gaby compraban víveres para sus futuros viajes y cada quien se abasteció de golosinas para mejorar la despensa.

Después de la cena, el grupo salió a caminar. Karla los acompañó pues había tomado unas pastillas y comenzaba a sentirse mejor. Sam, Andrea y Nelly iban adelante, pues buscaban ardillas para darles unos trozos de pan. Óscar, David y Karla venían detrás.

—Deberíamos hacer un dúo. Cantas bien, David —le dijo Óscar.

—Tú eres el músico del grupo, no yo.

—Pero… es decir, en el Colegio nunca imaginé que tuvieras buena voz.

—Eso mismo le contaba a Karla. He sido descuidado. No me enfoco en nada. Ni me meto bien a los deportes como Sam, ni a la música como tú. Supongo que ando en todo y en nada.

—Pero ¿qué es lo que te gusta? ¿Qué te apasiona? Eso debe darte una pista.

—Supongo que el fútbol y cantar… pero en realidad me gustaría ser locutor y tener un programa de radio.

Karla y Óscar rieron.

—¿Suena imposible?

—Más bien suena a ti —comentó Karla—. Te imagino en una cabina.

—Quizá de regreso haga mi solicitud para la radio del Colegio.

—Y puedes cantar conmigo de vez en cuando.

—¿Tú cantas, Karla?

—No mucho.

—¿Qué te apasiona? —la cuestionó David con atención.

—No soy de deportes, ni de música. Me gustan los libros. También soy buena con los niños.

—Maestra. Tienes cara de maestra —concluyó Óscar.

Volvieron cansados y pensativos a casa. David y Sam se quedaron leyendo en la sala. Óscar sacó la guitarra, y para no molestar, salió a tocar en el porche. Andrea y Nelly optaron por revisar sus tabletas, así que Karla se retiró a la cama. El dolor de cabeza volvía. Lo achacó al cansancio.

Foto por Eduardo Roldán

Ninguna porción ni parte de esta obra se puede reproducir para fines de lucro

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D.R. ©️ Keila Ochoa

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