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¡Bon Voyage! Capítulo 10

Aventura en Francia

Mayo 24

Karla estaba desvelada pero se esforzó por dar un paso después del otro. El desayuno había sido un poco silencioso y Andrea no quiso hablar sobre su insomnio. Nelly estaba mejor de salud, así que los acompañó a repartir folletos, y se puso más feliz cuando le tocó hacerlo con Sam. Sin embargo, Karla había visto a Sam mensajeándose con alguien en la mañana. ¿Sería Carolina?

Óscar hizo pareja con Andrea y a Karla le tocó con David de nueva cuenta. Ella no saltó de gusto. Él avanzaba sin mucho ánimo y traía pañuelos desechables en la mano. Cuando se recargó bajo la sombra de un anuncio, Karla se inquietó.

—¿Te sientes mal?

—Siento que me dará gripe. Tengo el cuerpo cortado y catarro.

—¿Tienes fiebre?

—No lo creo.

La mano de Karla tembló. ¿Debía tocarlo o tomarle el pulso? Optó por mantener su distancia.

—Lo mejor será comprar algo de medicina.

Vieron una farmacia y se encaminaron a ella. Karla sugirió un jarabe y David se entregó a su cuidado. La dependiente no hablaba inglés y Karla no se daba a entender en francés. ¡Qué frustración resultaba ignorar el idioma del país! La señorita no paraba de mostrarle un sinfín de medicamentos que Karla no consideraba idóneos, sin olvidar que el precio la escandalizaba. En un momento de frustración, Karla susurró:

—¿Qué voy a hacer?

La mujer le preguntó:

—¿Hablas español?

Resultó que la dependiente había vivido unos meses en Sevilla, así que iniciaron de nueva cuenta. Esta vez la conversación duró cinco minutos, no quince, y Karla sacó el dinero de su bolsillo. David le puso la mano en el antebrazo.

—Yo pagaré.

—Está bien.

David buscó en los bolsillos de su pantalón y sacó unos cuantos euros.

—No me alcanza.

—Completaré la cantidad.

—Gracias.

David agradeció su buena voluntad. Se tomó la medicina y cuando abordaron la furgoneta, David resucitó al escuchar que pasarían por McDonalds.

—Eso me sanará por completo.

Karla estuvo de acuerdo.

* * *

Si no fuera por el idioma, Karla juraría que estaban en Estados Unidos. Definitivamente los McDonalds no cambiaban a pesar de su ubicación geográfica. Pidió dos hamburguesas, los muchachos, tres. Andrea y Nelly optaron por una sola pero arrasaron con las papas fritas. De pronto, una mujer entró acompañada de su perro.

— ¡Qué lindo! —exclamó Nelly.

El french poodle le ladró y los chicos continuaron su merienda, pero mientras su dueña se dirigía al mostrador, el canino se encaminó al cesto de basura y frente a la mirada incrédula del grupo, alzó su patita y…

—¡Está haciendo del baño en pleno restaurante! —gritó Nelly.

—No tardarán en limpiarlo —replicó Andrea haciendo a un lado la última mordida de su hamburguesa.

—Avisaré a gerencia —sugirió Gaby poniéndose en pie.

Diez minutos después, una chica apareció con un trapeador.

—Tiempo récord —comentó Sam—. En Chicago correrían a la chica.

—Más bien al perro —rió David y todos se contagiaron.

Volvieron a la casa para descansar. Los muchachos se propusieron lavar la camioneta. Andrea se refugió en la sala para leer y Nelly y Karla se encargaron de los platos del desayuno. Karla lavaba mientras Nelly secaba.

—Karla, ¿te gusta David?

—¿Qué?

Karla dejó de tallar.

—No te molestes. Es solo una pregunta.

—Pues de muy mal gusto. ¡Claro que no! ¿Y a qué viene todo esto?

—Se me ocurrió.

Karla la sujetó del brazo: —Dime la verdad, Nelly. Tú no dices cosas sin sentido.

—Bueno, he notado que él a veces te observa, y tú a él.

—No veo conexión entre eso y que me guste. Peleamos todo el tiempo y… no es mi tipo.

—¿No te gusta aunque sea un poquito?

—Nada.

—Mentirosa.

Karla se sonrojó. ¿Qué pensaría Nelly? Trató de desviar el tema de la conversación al romance entre Sam y Nelly pero la canadiense no mordió el anzuelo.

—No ha pasado nada. Mis días de enferma me han quitado puntos.

* * *

Antes de salir por la tarde, los muchachos se ducharon. Andrea se maquillaba y Nelly arreglaba sus cosas, así que Karla tomó un volumen pequeño del librero de Horacio y se sentó a leer en la sala. David llegó y se acomodó frente a ella en un sillón.

—¿Cómo te sientes?

—Mejor. Esa medicina es mágica.

—Y también las hamburguesas —bromeó Karla.

—¿Qué lees?

—Daisy Miller.

David se acercó y tomó el librito en sus manos. Leyó la contraportada: «Daisy Miller coquetea, habla y hace todo lo que quiere, cuándo, dónde y con quién quiere, sin importarle lo que la sociedad opine. Hasta que un joven inglés se enamora de la joven y la sigue desde los Alpes hasta Roma. Ella solo quiere divertirse».

Karla adivinó sus pensamientos: —Suena tonto, lo sé.

—Se me figura a alguien que conozco.

—¿A Andrea? —preguntó con malicia.

—Y también a ti, Karla. “Cuándo, dónde y con quién quiere”.

—¿Eso opinas de mí?

—¿Tú qué dices? No nos conocemos mucho pero eres una chica independiente. Por lo menos eso parece.

Karla contempló la portada del libro. No se parecía a Daisy Miller en lo absoluto. Era rubia y bonita, de un diez, no de un ocho. Además, Karla no se creía una persona con decisión propia, sino todo lo contrario. Otros determinaron que estudiara en Sinaí, otros dirigían su vida. Quizá la primera cosa por la que en verdad luchó sola, a pesar de la oposición, fue este viaje a Francia.

—Mi madre no quería que viniera —dijo en voz alta. Muy tarde comprendió que David había escuchado.

—¿En serio?

—Deseaba que volviera a México para pasar las vacaciones con ella. Pero yo anhelaba venir.

—Y me alegro —le dijo David con sinceridad, o eso leyó en sus ojos—. ¿Vas a volver a tu segundo año en Sinaí?

A David aún le quedaban dos años para graduarse.

—Aún no lo sé. Mi familia quiere que estudie la universidad en México.

—¿Y a ti qué te gustaría?

Karla se sonrojó: —Saber más de la Biblia.

David asintió.

—Si te es de consuelo, mi madre tampoco quería que viniera a este viaje. Nadie me toma en serio, Karla.

—¿Por qué?

—¿Cuántos años tienes?

—Diecinueve.

—Yo tengo veintidós y ya llevo dos años desperdiciados cambiando de carrera y de escuela. Fue un milagro que me graduara del bachillerato. Reprobé varias materias, tuve que tomar cursos extra y pedir perdón a todos los profesores. Verás, andaba metido en todo, deportes y diversión.

Karla lo miró inquisitiva.

—Nada de chicas, por si te lo preguntas —explicó David—, pero perdía el tiempo con mis amigos. Además, me daba flojera estudiar. Entonces todo cambió. Me acerqué a Dios y eso me dio perspectiva. El Colegio Sinaí fue mi primera decisión formal y personal. La segunda ha sido este viaje a Francia. En verdad quiero que Dios me use, que Dios me cambie. Soy muy… no soy buen lector, a veces empiezo cosas y no termino. ¿Conoces al señor Duncan? El maestro de Teología.

Karla asintió.

—Me insiste que tengo habilidades y que, si lo uso, mi cerebro aún funciona —rió—, pero no soy disciplinado. Me duermo tarde y luego despierto tarde. Me atraso con las tareas y termino haciéndolas un día antes de la entrega. Soy un fracaso, ¿verdad?

Karla no esperaba tantas confesiones en menos de veinte minutos. No sabía ni qué decir.

—Tú, al contrario de mí… Pasabas mucho tiempo en la biblioteca, ¿verdad? Además, seguramente desayunabas y comías a tus horas. Por lo que he visto, tienes todo en orden. Me impresiona cómo traes tus documentos todo el tiempo a la mano, y…

—Hora de irnos —anunció Tim Smith.

Karla, por primera vez en su vida, detestó que las cosas marcharan en horario.

* * *

Un grupo de veinte niños entre seis y doce años aguardaban con impaciencia el inicio del juego de béisbol en el parque más cercano. Observaban a los chicos con curiosidad y le repetían a Sam que era tan alto como Michael Jordan o Shaquille O’Neal. Él les decía que no, pero lo seguían como una tropa de enanos.

Horacio decidió jugar solo tres entradas. Una sería de los niños contra los muchachos, las otras dos con equipos mixtos.

—Vamos a perder. Somos nueve contra veinte —se quejó Nelly.

—Pero el tamaño compensa la situación —le explicó Sam, quien abrió con un home run. Le siguieron David y Óscar con dos carreras pero en el turno de las chicas la suerte cambió. Andrea envió un sencillo y cayó el primer out. Nelly mandó una bombita y a Karla la poncharon. Ni Tim ni Horacio ni Gaby batearon.

Sam no se enfadó aunque lamentó su falta de estrategia. Karla, por su parte, deseaba que el juego terminara. Detestaba los deportes y sentirse exhibida por su ineptitud. Los niños lograron dos carreras gracias a errores de las chicas que no atraparon la pelota, pero al final ganaron los extranjeros y Karla suspiró. Le hubiera dolido decepcionar al grupo.

En seguida se eligieron los equipos para la competencia mixta. A los tres hombres los pelearon un buen rato y a las chicas las aceptaron a regañadientes, pero finalmente jugaron y se divirtieron. A la hora del refrigerio, Sam se vio rodeado de pequeños que continuaban lanzándole pelotas y no tenían interés en la comida porque querían seguir jugando. David y Óscar se hallaban en la misma situación así que improvisaron un partido de fútbol.

Las chicas ayudaban a Gaby con la comida, mientras ellos se entretuvieron hasta que el momento de la despedida se anunció. Sam regaló su gorra, sus lentes oscuros, su pluma y todo lo que pudo. Nelly lo felicitó en el auto pero Sam solo comentó que no había sido suficiente.

—Cristo haría mucho más, sobre todo, compartiría el mensaje de la Palabra de Dios —se dijo.

Horacio estuvo de acuerdo con él.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Me siento atrapado por el idioma. Quisiera poder comunicarme mejor.

—Por eso se les sugiere a los misioneros estudiar la lengua un año antes de iniciar el trabajo en el campo. Pero una vez que Dios te llame, Sam, Él te capacitará.

—Pues Karla ya conoce dos idiomas —comentó Óscar.

Ella no se sentía demasiado especial pero estaba de acuerdo con Sam. ¿De qué servía jugar o entretener a los niños si no podían decirles lo importante?

—Ánimo, muchachos —les dijo Horacio—. Vamos de regreso a la casa donde podremos conversar.

Los seis se sentaron en la sala, alrededor de Horacio. Él comenzó a platicarles sobre su llamado. Aun cuando tenía una vida placentera, con un trabajo estable en un banco, escuchaba la insistente voz:

«Ve y predica». ¿Por qué Francia? Porque Horacio tenía un compañero francés en el banco que le contó repetidas veces que en Francia no necesitaban a Dios, sino la razón y la lógica. ¿Acaso no eran la cuna del racionalismo y el existencialismo?

—Así que aquí me tienen.

Continuó entonces hablando de sus lecturas, autores interesantes y cómo aprendió el idioma, pero algunos empezaron a cabecear. Nelly y Andrea se fueron primero, luego Óscar bostezó y se excusó. Karla decidió seguirlo y solo Sam y David se quedaron hasta la madrugada.

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa