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¡Bon Voyage! Capítulo 9

Aventura en Francia

Mayo 23

Nelly había amanecido mejor así que se reincorporaría a las actividades. Primero, irían a una secundaria y preparatoria, comerían con una pareja francesa y de allí, continuarían su ardua labor de repartir folletos. Nelly se metió a bañar y Andrea, que ya estaba lista, se sentó junto a Karla en la cama.

—¿Quieres ver fotos de mi familia?

—¡Claro!

La casa le sorprendió. En verdad se parecía a la mansión de Scarlett O’Hara en «Lo que el viento se llevó».

—Ha pertenecido a la familia durante generaciones.

Su padre era un hombre alto y distinguido.

—Es un ministro pero también un hombre de negocios. Pasa todo el día fuera, en sus actividades. Y mi madre dirige comités y cientos de cosas. Son gente importante.

Su madre era más bella que la misma Andrea.

—Esta es Lucy, mi hermana menor.

Karla se sorprendió. ¡Sufría un problema de sobrepeso!

—No sé qué pasa con ella. Ha ido a centros especiales para adelgazar, pero cuando consigue bajar unos kilos, una decepción amorosa o un mal día en la escuela la empujan a comer con desesperación y recuperar el doble. Mis padres se avergüenzan de ella; lo noté a temprana edad. Inventan todo tipo de excusas para no llevarla a bodas o a reuniones de amigos.

¿Por qué le contaba todo eso? Karla se entristeció. Quizá ninguna familia era perfecta y todas ocultaban sus tristezas.

—En tu testimonio dijiste que todos en tu familia se juntan para Navidad —dijo Andrea.

—Y Año Nuevo, y las Fiestas Patrias y cualquier cumpleaños.

—¡Qué lindo!

Karla no lo creía así. A ella le tocaba muchas veces recoger el desorden, lavar la vajilla y limpiar los baños después de los convites. Pero al mismo tiempo era reconfortante el bullicio de los sobrinos, las piñatas, las bromas y desde que su padre había muerto, su madre se encargó de limitar el alcohol, lo que ayudó a la serenidad y la buena voluntad.

Nelly salió del baño y bajaron a desayunar. Ella sonrió cuando Sam le mostró un lugar a su lado mientras preguntaba con gentileza por su salud. Después subieron a la camioneta y se dirigieron a la escuela preparatoria de Moulins.

El enorme colegio albergaba adolescentes franceses de todas clases sociales, que tranquilamente fumaban y charlaban en el patio central aguardando el timbre que indicaba el inicio de la siguiente clase.

Horacio les contó que los mil doscientos estudiantes, aproximadamente, tomaban muy en serio sus estudios ya que al finalizar dicha etapa deberían presentar un examen que los acreditaría para la universidad. Reprobarlo equivaldría a serios problemas en el futuro.

Aun así, equilibraban la educación y la diversión, incluyendo el deporte y la música como sus pasatiempos favoritos.

—¡Todas las chicas visten como modelos! —le susurró Andrea.

Karla aceptó que se esmeraban en su apariencia y se apenó ante su mezclilla deslavada y su blusa lisa. Pensó en esforzarse más en su aspecto. Al otro día le pediría a Andrea su secadora para hacer algo por su cabello. Quizá subiría de ocho a ocho punto cinco.

Al llegar a las canchas, Sam vio un duelo de básquetbol. Sam había sido considerado el jugador más valioso del equipo del Colegio y no resistía la tentación de sujetar un balón entre sus manos, así que pidió permiso para unirse, a lo que Horacio accedió.

Sam, David y Óscar se prepararon para enfrentar a los tres colegiales y las chicas se sentaron cerca para disfrutar la contienda. Nelly le aplaudió a Sam, quien no perdió la oportunidad de demostrar sus talentos y dejarlos boquiabiertos. David, como siempre, sin tomarlo en serio,  se convirtió en el bufón número uno. Hizo bromas y ridiculeces, pero llamó la atención de tres o cuatro muchachas que rondaban cerca.

Cuando terminó la contienda, obsequiaron unos folletos y Tim notó la hora. Debían continuar el tour.

Andrea se colocó lejos de los sudorosos deportistas y Karla se arrepintió de no imitarla. Trató de no prestar atención a los halagos que se hacían, pero no resultó fácil. ¿Por qué no dejaban de hablar de ellos mismos? Que si aquel pase formidable o esa canasta impresionante. ¿A quién le importaban los deportes?

La casa de Philippe y Cristina Duron se encontraba a las afueras de la ciudad. La calificó como moderna en su estilo arquitectónico, con una gran variedad de cuadros y artefactos que los impactaron.

La joven pareja les presentó a sus dos hijos, un pequeño de seis y una niña de cuatro. Les contaron que ambos trabajaban como profesores. Philippe enseñaba en la universidad y Cristina era entrenadora de voleibol en la primaria. ¡Más deportes! Karla quiso desmayarse, ya que a Sam le brillaron los ojos y les hizo un sinfín de preguntas.

Por fortuna Karla se entretuvo con la comida que pusieron en el patio. Ella y Nelly charlaron con Stephanie, amiga de la familia.

—Soy la menor de cuatro hermanos —les dijo en perfecto inglés—. Los tres están casados. Mi padre es italiano, mi madre francesa, por lo tanto hablo las dos lenguas con fluidez.

—Sin olvidar tu inglés —la felicitó Nelly.

Karla se admiró de la brillante chica. Ella siempre se consideró inteligente, pero palidecía al lado de la francesa quien no solo tenía las mejores notas de su grupo, sino que planeaba estudiar enfermería y contaba con más de tres trofeos de natación. Entre ensalada de atún, arroz, elotes, salchichas y chorizos de todo tipo, escucharon las gracias de Stephanie.

David y Sam se habían acercado, así que también se asombraron ante su impresionante currículo.

— ¡Guau! Inteligente y deportista. ¡Qué mezcla! —silbó Sam.

Aun cuando Karla se enorgullecía de su mente, no se ufanaba de sus dotes físicas, las que relucieron aún más cuando los Duron los invitaron a dar un paseo a caballo, pues tenían cuatro.

Los chicos saltaron de sus asientos y se treparon en los animales para galopar. Nelly y Andrea también conocían el arte de la equitación, y solo Karla se quedó sentada observando a los demás divertirse. La realidad era que le aterraba intentarlo. ¡Ni siquiera sabía montar una bicicleta! ¿Cómo esperaban que dominara un caballo, un auto o un balón?

Trató de no deprimirse pero luego descubrieron un tiro al arco. Stephanie y David le atinaron al centro, los demás tuvieron una puntuación decente, pero Karla voló su flecha al cielo. Lo que más la avergonzó fue que todos rieron.

No se entristeció cuando se despidieron de los Duron, pero David casi llora al dejar atrás los caballos. Tim les recordó que necesitaban continuar con la misión de repartir folletos. Nelly comenzó a decaer, así que se recostó en la colchoneta que Karla le había preparado desde el día anterior en la iglesia y Óscar se enfermó del estómago.

Por esa razón, Tim realizó cambios de última hora para acomodar las parejas y conservar tres equipos. Sam y Karla cubrirían la zona tres, Gaby y Andrea la dos, y David y Sophie la uno. Sophie se había unido al grupo.

* * *

Sam y Karla se sentaron a platicar en la banqueta. Habían finalizado antes de lo previsto.

—Karla, ¿puedo confiarte algo?

Ella asintió ocultando la sorpresa. ¿De cuándo a acá la consideraba su amiga?

—Tú conoces a Carolina.

Karla asintió.

—Se me hace difícil pensar en ella estando aquí. El otro día tuve que sacar una foto para recordarla con precisión. ¿Estaré enloqueciendo?

—Es Francia.

—O Nelly…

Karla tragó saliva. ¿Qué tenía que ver Nelly con Carolina?

— ¿Sientes algo por ella?

—Me cae bien. Pero… ¿Sabes por qué rompimos Carolina y yo?

¿Cómo iba a saberlo si él no le contaba?

—Ella cree que me es un estorbo por su enfermedad. Veo a la esposa de Horacio, por ejemplo. Ella lo apoya en su misión. ¿Has visto cómo visita a los enfermos? El otro día lo llamaron de madrugada y él contestó con la paciencia de un santo. Una esposa que no comprenda este tipo de cosas, puede volverse una carga. Además, yo pasaría la mitad del tiempo cuidando a una mujer enferma. En cambio Nelly…

Sam hizo una pausa y continuó.

—Pero no la conozco bien. Realmente no sé si ella esté interesada en casarse con un misionero. Mi padre no salta de gusto ante la propuesta de que yo entre a un curso propedéutico, pero yo quisiera ayudar y hacer algo más. ¿Estoy loco?

—Me recuerdas a Etienne, supongo.

—Exacto. He pensado mucho en él. Tiene la pasión por servir a Dios pero su esposa no compartió su entusiasmo. No quiero equivocarme, Karla.

—¿Quieres ser misionero?

—Con todo mi corazón. Aquí o en China, no me importa.

—Entonces Dios te mostrará el camino.

La camioneta dio vuelta en la esquina y se pusieron de pie.

—¿Sabes, Sam? Te admiro porque sabes lo que deseas. Yo no lo sé.

Sam no respondió.

* * *

Nelly se encontraba mejor pero durmió temprano. Andrea estaba conectada charlando con su hermana. Karla trató de leer un rato pero su mente estaba divagando. Francia la ponía mal. Le costaba mucho concentrarse en sus lecturas bíblicas y aun en el libro que había traído en la maleta, uno sobre misiones. Sin embargo, notó que Andrea comenzaba a moverse con inquietud.

Por fin apagaron la luz pero Karla no logró conciliar el sueño. Andrea se movía de un lado a otro, luego golpeaba la almohada. ¿Qué sucedía? Trató de contar ovejas en voz alta. No lo logró. Nelly no despertaba ni siquiera con tanto alboroto, pero Karla no lo soportó.

—Andrea, ¿estás bien?

—No puedo dormir.

La miró con ojos desorbitados y Karla sintió compasión por ella.

—¿Quieres conversar?

Los ojos de Andrea se humedecieron.

—Hoy no.

Karla buscó entre sus cosas unas gotas de pasiflora. Solía cargarlas en caso necesario. Las disolvió en un poco de agua.

—Bébelo. Te hará bien.

Andrea obedeció, luego se echó a llorar. Karla se acercó y acarició su cabeza. ¿Qué le sucedía? ¿Cómo ayudarla? Tardó una media hora, pero Andrea se quedó dormida, entonces Karla salió al baño donde lavó su rostro con agua fría. Se contempló en el espejo. Debía dormir o las ojeras serían más pronunciadas. Entonces escuchó voces. Óscar y David conversaban en la sala.

—Así que Sophie te invitó a tomar un café.

—Me propuso que nos apuráramos a repartir los folletos, como si fueran volantes de pizza o algo así, y luego buscáramos un lugar para descansar y charlar.

—¿Y qué le dijiste?

—Me negué. ¿Qué pensabas? Sé que para todos soy un… no sé, superficial, tonto, bufón, qué se yo. En mi casa no me toman en serio y en la escuela tampoco di la mejor impresión, pero vengo con un propósito definido. En verdad quiero ser útil. Deseo que más personas conozcan a Jesús, la única solución a los problemas de la humanidad. No vengo a coquetear o a conseguir novia.

—Me da gusto, David. Supongo que te debo una disculpa. Soy de los que te consideraba un donjuán. Tú sabes, un conquistador.

—Sé que no lo creerás, Óscar, pero nunca, en toda mi vida, he invitado a una chica a tomar un café, mucho menos a ser mi novia.

—¿En serio? En la escuela siempre te veía rodeado de chicas.

—Eso le ha preocupado mucho a mi padre. No sé porqué las chicas me siguen y él teme que yo les rompa el corazón. Supongo que sin querer ya lo he hecho.

—Entonces… ¿no invitaste a Tania al Banquete Navideño?

Karla recordó a una de las chicas más hermosas del Colegio.

—No le digas a nadie, pero ella me invitó a mí.

—¡No te creo!

—¿Por qué habría de mentirte? Espera un segundo. Voy al baño.

Al escuchar eso, Karla corrió lo más rápido que pudo rumbo a su habitación. Tuvo problemas para quedarse dormida.

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa