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Una amistad peligrosa

Me gustaba platicar con él al final de la clase. Cuando le conté que era cristiana, le intrigó mucho

Por Rebeca Maciel

A veces lo que empieza bien termina como un trago amargo si no tienes cuidado.

En los primeros semestres de la universidad cursé las materias que más me apasionaban de mi carrera. Un maestro en particular, a quien llamaremos Oliver, era quien impartía mis clases favoritas. ¡Cómo las disfrutaba!

Oliver siempre exigía calidad y profesionalismo en nuestras tareas. Esa actitud me hizo valorar su docencia, pues veía que nos estaba preparando para la vida real y el éxito profesional. Empecé a admirarlo mucho por su inteligencia, talento y por su obvia pasión por su profesión.

Me gustaba platicar con él al final de la clase. Cuando le conté que era cristiana, le intrigó mucho. Lo vi como una oportunidad para hablarle de mi fe, así que decidí buscarlo más y nos hicimos amigos.

Teníamos conversaciones muy interesantes sobre Dios, la vida y el arte. Oliver me hacía muchas preguntas sobre mis convicciones. Mis respuestas no le eran suficientes pues él no creía en la veracidad de la Biblia. De nada servía compartirle versículos bíblicos, así que para describirle el amor de Dios, se me ocurrió escribir poemas. Confié en que ese lenguaje sería el mejor pues él, entre otras cosas, era escritor.

Un día me buscó para decirme que estaba cautivado por mis poemas. Me dijo mil veces cuánto potencial tenía para escribir, lo cual significó mucho para mí sabiendo lo exigente que era.

A partir de ese momento empecé a notar un cambio en su comportamiento. Dejó de hacerme preguntas acerca de Dios y empezó a indagar más sobre mí. Sonreía mucho cuando lo saludaba e incluso durante las clases, sentía su mirada. Me pareció raro pero siendo honesta, también fue agradable. Me sentía vista y halagada por la persona que más admiraba.

Él elogiaba mi manera de ver el mundo, mis habilidades y mi personalidad, pero de repente empezó a hablar también de mis ojos y mis labios. Aunque en general me seguía tratando con respeto, en ocasiones me hacía comentarios inapropiados. No sabía cómo reaccionar a sus nuevos acercamientos, me sentía incómoda.

Sin embargo, no quería decepcionarlo ni perder su amistad, así que traté de actuar como si nada hubiera cambiado. Pronto, mis sentimientos de admiración y cariño se confundieron con atracción.

Entonces decidí seguirle el juego. ¡Qué gran error! Sabía que no era correcto responder a las miradas y mensajes pero me ganó la emoción de vivir esa nueva experiencia. Le añadía adrenalina a mi estresante vida de estudiante, además de que hacía tiempo que no me sentía “querida” de esa manera.

En esos días  le platiqué a una amiga cercana lo que estaba pasando por mi mente y que estaba muy emocionada. Ella me confrontó y me advirtió que esa relación no tenía futuro y que era insensato continuar involucrada con alguien que no era cristiano y que además tenía pareja.

La verdad es que yo no estaba lista para dejar ir esas emociones y no le quise hacer caso. Yo solo buscaba la emoción del momento y jamás imaginé que podía ser peligroso.

Una vez nos encontramos en la parada del camión y resultó que íbamos hacia destinos muy cercanos, por lo que me propuso tomar un taxi. Sentí una corazonada de que no era buena idea, pues nunca habíamos estado solos, pero aun así acepté. Cuando el taxi nos dejó, me puse muy nerviosa pero traté de ocultarlo. En cambio, él fue efusivo como nunca y me abrazó de una manera para nada inocente. Me quedé helada.

Me cayó el veinte de que estaba jugando con fuego y que podía enredarme en algo terrible, pues encima de todo, él era más de diez años mayor que yo y al parecer tenía pareja. A pesar de eso, no sabía cómo salir de esa situación, mis sentimientos ya estaban muy involucrados.

Pasó poco tiempo cuando de pronto me llamó al celular para decirme que quería pasar por mí y llevarme a mi casa. Primero me negué pero como él insistió mucho, acepté.

Cuando subí a su coche, mi corazón empezó a latir muy rápido pero esta vez de miedo. Se comportaba muy extraño. Se estacionó en la esquina de mi casa y bajamos del auto.

Mi intención era agradecerle por el aventón y correr hacia la puerta pero no me lo permitió. Me tomó del brazo, me abrazó muy fuerte y me dijo muchas cosas inquietantes al oído. Me zafé de él. Me siguió a la puerta de mi casa y no dejó que sacara mis llaves. Mis ideas absurdas de “adrenalina y aventura” se cayeron al instante y entré en razón. Ahora sí estaba realmente asustada.

Luego intentó sujetarme de nuevo, esta vez para besarme. En ese instante Dios me sacudió y por fin decidí hacerle caso. Desvié el beso, lo alejé con fuerza, encontré las llaves y me metí a mi casa temblorosa. Llorando le pedí perdón a Dios por desobedecerlo y haber permitido que esto llegara tan lejos.

Después de ese incidente, corté comunicación con él. Un día, me enteré que dos chicas de otra generación lo habían denunciado en la rectoría por acoso sexual. Nadie hizo nada y él siguió dando clases.

Varios años después, recibí un mensaje de una amiga de la universidad: “¿Ya viste las noticias? Oliver está en todos lados, ¡se hizo viral!”. De inmediato me metí a buscar en internet. Una mujer lo había denunciado por violación. Luego otra chica alzó la voz y después otra. Decenas lo denunciaron por acoso sexual. ¡Qué impresión! Fue tanto el escándalo que un grupo grande de mujeres lo confrontó a gritos en otro lugar donde él trabajaba y se hizo noticia nacional.

Las víctimas publicaron sus testimonios en diferentes medios. Varias de sus historias eran similares a la mía. Al parecer era experto en atraer a chicas usando una actitud noble y amistosa para así afianzar sus artimañas.

Decidí unirme a la denuncia de manera anónima. Mi historia estuvo incluida en la carpeta de investigación. Por meses no supe nada y el furor se desvaneció. Un año después me enteré que la demanda no procedió. ¡Qué impotencia!

A la fecha sigue libre dando clases como si nada, rodeado de cientos de alumnas. Muchas de ellas, quizás igual de ansiosas por ser reconocidas y queridas, como yo lo estaba en ese tiempo.

Dios me protegió de algo que pudo ser terrible, pero no todas las historias terminan como la mía. Asumo la responsabilidad de los errores que cometí, pero también admito que fui ingenua. Tuve que reconocer cuán vulnerable soy cuando sigo mis emociones y no me someto a la voluntad agradable y perfecta de mi Dios. Sus advertencias son muestras de su amor y protección.

Con esta historia no quiero aseverar que todas las amistades con maestros se vuelven perversas , pero sí quiero marcar la urgencia de tener límites claros y sanos en cualquier relación. Mi deseo es que toda mujer sepa alejarse de una situación así antes de estar en peligro y que si llegara a estarlo, sepa que vale la pena alzar la voz y denunciar. ¡El Dios todopoderoso y justo está de nuestro lado!

Foto por Maddy Morrison