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¡Bon Voyage! Capítulo 8

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Mayo 22

Después del desayuno, Tim les informó: —Hoy iremos a la oficina de Horacio para doblar folletos y después del almuerzo irán a repartirlos casa por casa.

Los chicos asintieron y Tim los envió por sus cámaras, mochilas y lo que quisieran llevar. Andrea se metió a cepillar los dientes, mientras Karla buscaba su gorra. Nelly se sentó sobre la cama.

—¿Te sientes bien? —le preguntó Karla.

—No mucho.

—¿Qué te duele?

—El estómago, como si quisiera vomitar. Tal vez me cayó mal la comida. Además, tengo muchas ganas de dormir.

Karla se acercó y tocó su frente. ¡Ardía!

—Llamaré a Gaby.

Gaby apareció con preocupación. Revisó su pulso y le hizo una serie de preguntas.

—Te ves casi transparente. Supongo que será mejor que te quedes en la casa.

—¿Sola? Pronto se me pasará.

Gaby la observó con sospecha.

—Tómate unas aspirinas.

Ella obedeció y se las tragó de inmediato. En la camioneta fingió entusiasmo, pero Karla adivinó que no se encontraba bien. Recién entraron al edificio, buscó una silla y se sentó.

—¿Estás bien, Nelly?

—Un poco mareada.

—Debiste quedarte en casa.

—No, Karla. ¿No ves que…? Es decir, suena patético, pero he avanzado tanto con Sam que…

Karla apretó los labios. Quizá ella haría lo mismo en su lugar. ¿Quién era para juzgarla? Nelly se vio en el espejo del pasillo.

—Luzco miserable. Echaré a perder el trabajo de los demás. Tienes razón, no debí venir.

Entonces Karla vio una colchoneta que usaban para los niños y extendió sobre ella una manta.

—Recuéstate. Si descansas, te repondrás.

Nelly quiso llorar.

—Gracias, amiga…

Karla la tapó con la cobija, tocó su frente concluyendo que no le había subido la temperatura y si no hubiera sido porque Horacio la interrumpió, le hubiera cantado algo para tranquilizarla. Pero debía doblar folletos, mientras Nelly dormitaba un rato.

Gaby Smith verificó su estado y aunque no lo dijo, Karla adivinó que estaba molesta. Seguramente pensaba que debía haberla dejado en casa.

* * *

Horacio les indicó cómo doblar los folletos. Óscar lo intentó, pero el misionero frunció la frente y lo detuvo: —Esto es serio, muchachos. Deben doblar a la perfección o la gente verá un producto mediocre. ¿Saben qué se hace con la propaganda mal hecha? ¡Se tira en el cesto de la basura! Necesitamos que la gente lea el contenido.

Los chicos se miraron entre sí. Horacio se cruzó de brazos en lo que cada uno realizaba su labor y una vez que comprobó su técnica, se retiró al cuarto de impresión con Tim. Mientras, Gaby Smith preparaba el almuerzo en la cocina.

—Doblar folletos en Francia —musitó Andrea—. Deberíamos visitar museos o broncearnos en la playa. ¿Qué tipo de viaje es este?

Óscar estalló: — ¿Esquinas perfectas? Tardaremos más de un mes.

Karla estuvo de acuerdo, pero una mirada al cuarto de máquinas le indicó que Horacio y Tim podrían escucharlos. David silbaba al trabajar y Sam aprovechaba para visitar a Nelly de vez en cuando. Algo sucedía entre esos dos.

Horacio volvió para anunciar que faltaban dos mil ejemplares. ¡Karla casi se desmaya! Y para colmo, les trajo dos sellos con la dirección de la iglesia, los cuales debían ser impresos en la parte posterior. Karla, pensando que resultaría más sencillo que doblar, tomó uno de ellos. Andrea la imitó e iniciaron su labor.

Cuando Horacio depositó los dos mil restantes sobre la mesa, se asomó para revisar el progreso de los chicos. Andrea y Karla apenas contaban con veinte folletos sellados, ¡y qué bueno!, porque Horacio les comentó:

—Esto no es correcto. Si lo quitan muy rápido, las letras se corren y parecen borradas y si no permiten que se sequen, manchan lo demás.

De pronto, rompió los veinte folletos ante las miradas incrédulas de las chicas. ¿Qué sucedía? ¿Por qué tanta exageración? Óscar pareció leer sus pensamientos, pero con la mano indicó paciencia. Ella exhaló con una pausa y se controló. Horacio no se marchó hasta que ellas parecieron comprender sus instrucciones y solo entonces Andrea reclamó: —Es un capataz.

A pesar del avance de los minutos, el montón de papeles no descendía. En su desesperación, los chicos comenzaron a doblar dos hojas al mismo tiempo y Andrea y Karla se atrasaron. Por lo mismo, descuidaron la precisión, hasta que David dijo: —Karla, estás poniendo mal el sello.

—Hago lo mejor que puedo —rechinó los dientes.

Le dolía la espalda y sus dedos estaban entumidos. Mientras Nelly dormía placenteramente, Karla sufría regaños. ¡Qué envidia!

—Solo lo digo para que Horacio no te regañe.

—¡Entonces hazlo tú!

Karla perdió la compostura. Lo peor fue el rostro triunfante de Andrea y la cara de fastidio de David. Sin otra palabra, salió de la habitación y se encerró en el baño. ¡Estaba harta! Odiaba que le señalaran sus errores. ¡Se esforzaba por ser perfecta! Lágrimas de frustración rodaron por sus mejillas.

Si Sam u Óscar la hubieran reprendido, no habría reaccionado con tal enojo. Pero David la hacía enfurecer. David la había hecho sentirse… excluida. Al principio del año, para romper el hielo entre los estudiantes de los tres grados, se realizaron competencias de voleibol. Si bien Karla no era buena para ningún deporte, en voleibol por lo menos lograba golpear el balón sin lucir fuera de lugar.

Pero cuando David eligió a las personas para su equipo, la había dejado fuera. Seguro no lo hizo a propósito y era posible que no se acordara de esa escena, pero para Karla fue una más de esas ocasiones en que no fue tan buena para algo.

No fue parte de los juegos de sus hermanos mayores; no fue parte del negocio de sus padres, pues la dejaban en casa y no fue invitada a la fiesta de Rosario en tercero de primaria. Aunque quizá sentirse así no fue tan malo, pues a final de cuentas eso la llevó a Dios.

El señor Frankfurter le explicó que solo había dos caminos: Jesús o todo lo que no fuera Jesús. Y el destino final para los que ignoraban el Evangelio estaba descrito en 2a Tesalonicenses 1:9: “Estos sufrirán el castigo de la destrucción eterna, y serán excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder”.

Karla no soportó la idea de ser excluida de la presencia de Dios para siempre. Desde pequeña sabía que Dios era real y la cuidaba. Sin Él, estaría perdida y por esa razón, no dudó en creer en Jesús y asegurar la vida eterna.

Karla reaccionó. Habían pasado cinco minutos. El grupo se alarmaría. Al entrar, no comentó nada. Tomó su puesto y continuó sellando. David solo la miró de soslayo pero continuó su monólogo. Hablaba y hablaba del rancho de sus padres donde había caballos, patos, ovejas y vacas. Les contaba sobre sus obligaciones desde niño: el heno, la paja, la limpieza de los corrales.

Todos lucían entretenidos y mucho más serenos. Pero Karla tardó en engancharse a la conversación hasta que comenzó a imaginar el rancho de la familia de David, en medio de la nada, donde lo más extraodinario eran los nacimientos de animales y las granizadas.

Durante el almuerzo, se desahogó con Nelly.

—Estoy cansada. Me alegra que pronto salgamos de aquí porque siento que me asfixio. Envidio tu buena fortuna.

—Ni tanto —suspiró Nelly—. Gaby decidió que debo volver a la casa. Felice vendrá por mí.

—Te voy a extrañar. Me aterra esto de dividirnos en parejas, sobre todo si me toca con David.

—No exageres, Karla.

—No lo tolero. En serio.

—No sabía que te fastidiara tanto.

Nelly apretó su mano y Karla se aguantó las ganas de llorar. No le contó sobre el ocho, ni sobre aquel partido de voleibol.

* * *

Karla masticaba un chicle mientras Tim los organizaba.

—Formaremos tres equipos. En sus mapas coloreé las áreas mostrando las calles que deben cubrir. La cruz señala el punto donde los recogeré a las seis en punto. No se atrasen o causarán problemas. Cada grupo contará con una tarjeta telefónica en caso de tener algún problema y el número de la iglesia lo incluí en el reverso del mapa. Tendrán tres horas para distribuir quinientos folletos.

Sam silbó bajo.

—Las parejas son: Andrea y Sam en el área azul, Karla y David en la amarilla, y Óscar y Nelly en la roja.

—Pero, Tim —interrumpió Gaby—, Nelly se irá a casa. Le ha subido la fiebre y no quiero exponerla. Tal vez una tarde tranquila le dé un poco de  fuerzas.

—Es cierto —dijo Tim.

—No se preocupen —interrumpió Horacio—. Sophie llegará en diez minutos y puede ir con Óscar.

Él sonrió y Karla se quiso morir. Su peor pesadilla vuelta realidad. Desde el momento en que bajaron del vehículo, David y Karla delimitaron una estrategia. En cada calle se separarían. Uno de un lado, el otro del contrario. El propósito: cubrir más terreno en menos tiempo. El verdadero motivo: evitar contacto.

Trabajaron con rapidez, a un paso moderado pero constante. Para su fortuna, se toparon con varios edificios en los que resultó más sencillo ya que en el primer piso se ubicaban los buzones. Nuevamente, para ahorrar energías, cada uno eligió un edificio diferente.

Cuando Karla leyó en su reloj las cinco cuarenta y cinco, suspiró de alegría. La misión no había sido tan trágica y se adentraban en una colonia con casas pequeñas. Cada quien tomó su lado y Karla se concentró. De repente, en una esquina, dos hombres se le emparejaron.

Karla supuso que se trataba de dos transeúntes, pero un olor extraño la puso en alerta. No tardó en reconocerlo, gracias a dos de sus tíos que solían beber de más. Buscó a David con la mirada, pero para su pesar, el chico jugaba con un cachorrito y le daba la espalda.

Los dos borrachos le preguntaron algo en francés. Karla comprendió que se referían a lo que traía en su mano y les extendió un folleto. El más gordo lo tiró y el otro, chimuelo y con rostro picado de viruela, escupió al suelo.

Karla palideció. Se sentía acorralada pues ellos se acercaban más y más, prensándola contra la pared.

—No hablo francés —insistía en inglés y en español, pero ambos se enfadaron.

—Tu es jolie —repetía el de voz más ronca.

Su confusión hizo que el más gordo arrancara una rosa y se la mostrara: —Jolie —repitió y señaló la flor.

Karla comprendió que la halagaban y murmuró un merci sin convicción. Se equivocó. Al parecer ellos interpretaron su gratitud como incentivo y el chimuelo rozó con sus dedos sucios los rizos que salían de su gorra. Karla quería correr o empujarlos, pero estaba paralizada. Cuando el gordo puso su mano sobre su hombro, ella gimió, pero al instante, apareció David con una sonrisa.

—Bon soir —los saludó.

Los dos lo miraron con cara de pocos amigos. Sin embargo, David los rebasaba por una cabeza y detectaron que en su mano cargaba los mismos folletos.

—Bon soir —murmuraron antes de intercambiar miradas y marcharse de ahí.

Cuando los perdió de vista, Karla se deslizó al suelo. Sus rodillas le temblaban.

—¿Estás bien? —David preguntó con angustia.

—Sí, supongo que sí.

—Sabes que no hubiera permitido que te dañaran, ¿verdad?

Ella asintió, aunque no estaba muy convencida. Corrieron a la camioneta que ya los estaba esperando.

—¿Pasó algo interesante? —preguntó Horacio.

David y Karla se miraron. El incidente era demasiado vergonzoso para compartirlo en ese momento.

—¿Qué significa jolie? —le preguntó a Sophie.

Sophie arqueó las cejas: —Bonita.

Entonces David meneó la cabeza: —Sí pasó algo. No cuidé bien de Karla.

Y relató el incidente con sencillez. En definitiva, David tenía un don con las palabras. Podía dejar a un auditorio boquiabierto hablando de los animales de un rancho o de un aprieto en Francia. Incluso Karla se rio en algunas secciones que se escucharon cómicas.

De regreso a casa, se sentó junto a Andrea.

—¿Cómo te fue con Sam?

—Bien, pero creo que cometí un error, Karla. Le conté sobre la pesadilla de Nelly.

—¿En serio?

—Se me salió.

Karla arrugó la frente. ¿En verdad habría sido un descuido?

—En el fondo, quizá le di una ayudadita, ¿no crees? Y ¿viste a Sophie? No le quita los ojos de encima a David.

Karla no quería pensar en la francesa, ni en David. A decir verdad, tampoco en Nelly. El viaje a Francia comenzaba a ser demasiado complicado para sus emociones.

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa