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¡Bon Voyage! Capítulo 7

Aventura en Francia

Mayo 21

El domingo asistirían a la Iglesia. Pero nada la preparó para la noticia. Tim lo anunció durante el desayuno.

—David y Karla compartirán su testimonio.

Los dos dejaron de comer.

—¿Nosotros?

—¿Por qué?

—Se me figuran interesantes y apropiados. Recuerden que parte del proceso de reclutamiento consistió en que redactaran cómo conocieron a Jesús. Los leí todos y me parece que ustedes dos pueden ser de ayuda. Horacio traducirá.

Ni David ni Karla terminaron su jugo de naranja. Ella se preguntaba si él se encontraba tan perturbado como ella. Si le tuviera más confianza se acercaría, pero algo en él la mantenía alejada. Karla no disfrutó el trayecto. No sabía cómo comenzar su historia. De hecho, nadie en el grupo la conocía. Ni siquiera en el Colegio la mencionó. Solo Perla, Jenny y quizá otros dos sabían sobre su familia y su pasado.

La Iglesia se reunía en el segundo piso de un destartalado edificio en el oeste de la ciudad. El lugar constaba de un baño, una cocina y dos cuartos grandes. ¿Dónde estaba el altar o la nave principal? Karla se acomodó en la silla más alejada y en el centro colocaron una mesa con el pan y el vino.

Horacio comenzó con los himnos. Las tonadas sonaban familiares y Karla se entretuvo leyendo la letra. Se entristeció al contemplar a los otros cinco participantes (aparte del grupo) y de pronto extrañó la capilla del Colegio donde gracias a la multitud, pasaba desapercibida.

Estaba acostumbrada a los templos ruidosos y repletos, no a las reuniones tan pequeñas. Por ese motivo admiraba a los misioneros. No se imaginaba frente a un grupo de cinco adultos y tres niños. Pero Horacio no paraba de sonreír, lo que aumentó su angustia. ¿Cómo haría para empezar su relato?

En el breve receso, entre galletas y jugo, repasó las frases que había practicado. Diez personas más llegaron, entre ellas una chica de su edad. Se reanudó la sesión y después de unos cantos más movidos, tomó la palabra.

Karla habló de su niñez en un barrio mexicano. Sus hermanos eran mayores, así que convivió poco con ellos. Su madre la consentía y su padre la sobreprotegía. Ambos trabajaban de sol a sol en la venta de verduras y frutas y practicaban la religión tradicional del país. Su madre, sobre todo, destacaba por su fanatismo.

Así creció Karla, rodeada de mimos y al mismo tiempo en absoluta soledad. Podía pasar horas encerrada en casa, viendo televisión o coloreando, mientras sus padres trabajaban. En la escuela tampoco la pasaba bien. No tenía muchos amigos.

Pero todo cambió a los quince años. Una pareja alemana llegó a vivir al otro lado de la calle, en una casa grande que pronto restauraron. Una tarde, el hombre de bigote rubio y anteojos le habló en un curioso español.

—¿Sabes cuidar niños? Necesito salir con mi esposa. Te pagaré si nos ayudas.

Karla no tenía a quién pedir permiso, así que aceptó. De ese modo cruzó la puerta que la llevaría a una nueva vida. La casa le impresionó por su orden y limpieza, pues la suya siempre parecía un caos. La familia tenía dos niños, un pequeño de cuatro y una niña de dos. Los niños hablaban solo alemán, pero de algún modo se hicieron entender y Karla se volvió su niñera oficial. Así los Frankfurter se volvieron parte de su vida.

Ella pasaba más tiempo en esa casa que en la propia. La animaron a tomar clases de inglés, lo que ella hizo a pesar de que su padre se negó al principio. Avanzó con rapidez, pues resultó buena para los idiomas.

Los Frankfurter le contagiaron su amor por los libros y Karla apagó el televisor y se convirtió en una lectora. Pero sobre todo, ellos le presentaron a Jesús. Le hablaron sobre un Dios de amor que había enviado a su Hijo por sus pecados. Cuando Karla anunció que deseaba asistir a la iglesia de los Frankfurter la bomba estalló en casa. Su madre se opuso, sus hermanos la criticaron, solo su padre guardó silencio.

Unas semanas después, el patriarca dio su aprobación.

—Pero…

—Karla ha cambiado para bien. Sonríe más, se está superando, me parece algo positivo.

Cuando su padre falleció a causa de un accidente en el trabajo, los Frankfurter estuvieron a su lado. Apoyaron de tal modo a su madre que ella se encariñó con ellos, aunque ninguno más de la familia cambió de religión. Finalmente, los Frankfurter sugirieron que Karla estudiara en el Colegio Sinaí. ¿Con qué dinero? Su padre dejó bien protegida a su madre, pero no era suficiente para un año en el extranjero.

—Pagaremos la mitad. Karla deberá trabajar para aportar el resto —sugirió el matrimonio.

Karla no supo ni cómo llegó a Estados Unidos. Su madre la apoyó, sus hermanos cooperaron y los Frankfurter la acompañaron por su visa. Y así Karla se vio en un lugar ajeno, que la intimidaba, bajo la presión de un segundo idioma y una cultura diferente, pero emocionada por estudiar la Biblia y aprender del Señor que la había rescatado de su pecado, de su soledad y de un futuro poco atractivo.

Karla guardó silencio. No sabía qué más decir. Un vistazo al reloj le informó que se había pasado de tiempo. Se sonrojó, pero ni Horacio ni Tim lucían enfadados. De hecho, nadie había despegado de ella la vista en todo ese tiempo. Ni Nelly ni Sam ni Óscar ni Andrea ni… David.

Karla tomó el único asiento vacío junto a David.

Tim se acercó y le susurró a su compañero: —Vamos muy retrasados. ¿Podrías compartir tu testimonio otro día?

David dijo que sí y Karla rogó que no estuviera enfadado con ella. Con alivio escuchó el sermón de Horacio, que por cierto no entendió por estar en francés, pero el hueco en su estómago se hizo grande cuando pensó nuevamente en su madre y sus hermanos. Debía volver a México durante el verano para hablarles una vez más de Cristo. Necesitaban escuchar las buenas noticias.

* * *

La esposa de Horacio les informó que tendrían que preparar su almuerzo por sí mismos. Ella y su marido volverían hasta la tarde para una reunión en el jardín a la cual habían invitado a unos conocidos. Los Smith irían a una oficina para confirmar sus próximos viajes en tren, así que los dejaron en la cabaña. Las tres chicas se acomodaron en los sillones.

—¿Y la comida? —preguntó Sam.

—Nunca en mi vida he cocinado —confesó Andrea.

—Yo solo sé recalentar —Nelly se sonrojó.

Sam entró a la cocina buscando algo preparado, pero solo encontró materia prima.

—Esto podría funcionar —dijo al sacar filetes de pescado del refrigerador.

David halló pan molido y Óscar, verdura. Sam llamó a las muchachas y dio órdenes sin misericordia. Karla picó cebolla, Andrea deshojó lechuga y Nelly encendió el fuego. Mientras ellas ponían la mesa, David y Sam frieron los filetes empanizados.

Fue un almuerzo bastante peculiar sazonado con humor. Ellas lavaron los trastes y ellos prepararon el escenario de su próximo espectáculo. Karla repasó el programa: dos himnos en francés, un dúo por los Smith, la función de mimos y la cena.

En uno de esos tantos ir y venir con sillas, David pasó junto a Karla.

—Oye, yo… bueno, me gustó tu testimonio.

—Gracias —ella respondió. Se preguntó qué implicaba que a otro le “gustara” la historia personal de un compañero. Un testimonio debía inspirar o retar, pero ¿gustar?

A las cuatro en punto comenzó la siguiente actividad: la fiesta en el jardín.

Treinta adultos y quince niños acudieron a la invitación de Horacio y su esposa. Se acomodaron en las sillas que rodeaban el patio y los chicos se presentaron desde una pequeña tarima dando sus nombres y lugar de procedencia.

Óscar había encontrado una guitarra en el ático de los Smith, de la que no se separaría durante el resto de su tiempo en Moulins y eso hizo que la música mejorara. Karla temblaba de los nervios, pero después del primer canto, sus latidos se regularizaron. Le gustaba la melodía y la gente les sonreía.

Durante el dúo de los Smith, los seis se maquillaron en el segundo piso. Entre todos se ayudaron para bajar a tiempo y Karla calificó su presentación como decente. Se escabulleron a la cocina para despintarse mientras que Horacio compartía el mensaje y cuando volvieron, dos personas alzaron la mano indicando que deseaban conocer más de Dios.

Karla sintió un gran gozo, diferente a muchos otros sentimientos que había experimentado y se preguntó si así se sentían los hombres de Dios de los que ella leía en la Biblia y en diversas biografías.

En una mesa colocaron galletas, pastelitos y bocadillos de todo tipo. A pesar de las instrucciones de Tim, Karla se refugió en una esquina. ¿Qué hablaría con los invitados si no dominaba el francés? Nelly y Andrea la imitaron, pero los chicos se envalentonaron.

Sam resultó el primero en romper el hielo pues se rodeó de tres niños a quienes preguntó sus nombres, luego sacó un balón y jugó con ellos. David y Óscar se unieron al improvisado partido hasta que una chica se acercó a saludarlos. Karla la reconoció. Se trataba de la joven que había acudido esa mañana a la reunión, pero no había podido hablar con ellos debido a la premura con que Tim y Horacio los habían conducido a la cabaña.

—Es guapa —Andrea indicó.

Un retortijón en su estómago, muy distinto al anterior, la invadió. Sophie se comunicaba en inglés y los chicos reían con ella. Trató de no contemplar el cuadro, pero sus compañeras no cooperaban.

—Usa ropa linda —decía Nelly.

—La moda francesa es la mejor. Esos zapatos que trae han de costar muy caro —les explicó Andrea—. Además, su cabello luce impecable. Solo que no me gustan sus hoyuelos en las mejillas.

Karla se excusó y tomó un vaso para servirse un poco más de ponche. En eso, una mujer se aproximó a ella.

—¿Karla? —preguntó—. ¿Hablas español?

Karla asintió con felicidad. ¡Por fin una oportunidad de hablar con alguien y seguir las instrucciones de los líderes! Eligieron una banca apartada cerca de un rosal.

—Mi nombre es Mariana. Soy española, pero me casé con un francés.

—¡Qué emocionante!

—Yo… escuché tu testimonio esta mañana. Mi vida es un poco confusa. Mi padre es marroquí, por lo tanto musulmán. Mi madre es de Sevilla, una católica consumada. Menciono esto porque Horacio me insiste mucho en el tema de religión pero yo me resisto al tema. Durante mi infancia asistí a misa los domingos y a la mezquita los viernes. Mis padres nunca me obligaron a tomar una decisión, lo cual agradezco, pero tampoco se tomaron el tiempo para enseñarme sus creencias, lo que me decepcionó.

—Jesús es la clave.

—Disculpa que te interrumpa, Karla, pero prefiero que me cuentes de la comida mexicana. Esto de Dios y la Biblia me molesta.

Karla obedeció con tristeza. ¿De eso se trataba testificar? Cuando Mariana se retiró, así como los demás invitados, ayudó a recoger todo en la casa, aún con ese sabor amargo en la boca. Horacio le preguntó por su conversación mientras ambos acomodaban los cubiertos en la gaveta.

—Mi mujer y yo solemos visitar a Mariana y a su esposo una vez al mes. Aunque no quieren hablar de Dios, nos extraña que nos invitan a cenar o nos proponen salidas culturales. Hiciste lo correcto, Karla.

Ella se quedó con la boca abierta. ¿Qué parte había hecho bien? ¿No insistir? O ¿charlar de cosas triviales como comida?

—Hiciste bien en ser amigable.

Aunque los demás se quedaron en la sala conversando, Karla se puso la pijama y se metió a la cama, hasta que el sueño la venció. Había sido un día muy extraño.

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa