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¡Bon Voyage! Capítulo 6

Aventura en Francia

Mayo 20

Los tres chicos devoraban el cereal con rostros alegres. A Karla aún le escurría el cabello cuando se sentó para desayunar. Comenzaba a untar un pan con mantequilla cuando Andrea habló: —¿Y qué pasó con tu pesadilla, Nelly?

—¿Cuál?

¿Acaso Nelly había palidecido? Se preguntó Karla al tragar saliva.

—¿Te salvó tu príncipe azul?

—No sé de qué hablas—. El rostro de Nelly enrojeció.

—¡Auxilio! ¡Sálvame! —Andrea imitó un grito desesperado.

—¿Mencioné algún nombre? —susurró Nelly clavando la vista en la leche.

Andrea sonrió, pero Karla se mantuvo serena. Quería estrangularla, pero no lo haría frente al resto. Los muchachos insistieron en enterarse sobre el contenido del sueño, pero Andrea dijo:

—A su debido tiempo lo revelaré.

Mientras se lavaban los dientes, Nelly acorraló a Karla en la habitación.

—¿De qué está hablando Andrea?

—Mencionaste el nombre de Sam.

—Tuve una pesadilla, pero… Yo corría; los lobos me perseguían. ¿Cómo llegué allí? Peor aún, ¿cómo escapar? Un lobo mordió mi pantalón y logré zafarme, pero el camino me llevó a un precipicio. De pronto, percibí una silueta detrás de unos arbustos. ¡Sam! Justo entonces uno de los lobos se abalanzó y yo resbalé por el despeñadero… y desperté. ¿Crees que Andrea diga algo al respecto?

—No lo sé, Nelly.

Salieron a la sala para el tiempo de meditación matutina. Tim Smith tomó la batuta.

—Leamos el libro de Hechos capítulo 9, versículos 5 y 6.

—¿Quién eres, Señor? —preguntó.
—Yo soy Jesús, a quien tú persigues —le contestó la voz—. Levántate y entra en la ciudad, que allí se te dirá lo que tienes que hacer».

Tim aclaró su garganta.

—En este pasaje aprendemos sobre la conversión de Saulo de Tarso. Supongo que la mayoría recuerda la historia. En primer lugar, Saulo, posteriormente llamado Pablo, conoce a Jesús. Él es el Camino, la Verdad y la Vida. Creo que todos ustedes y yo hemos tenido la experiencia de entregar nuestras vidas a Cristo.

A Karla le enfadó que Andrea se contemplara las uñas y David bostezara. ¿Por qué no mostraban más respeto? Tim continuó: —La segunda parte nos habla de olvidar nuestros sueños y no me refiero a tu pesadilla, Nelly.

El ambiente se tranquilizó con la broma, aunque Nelly se puso más tensa que un arco.

—Debemos rendirle nuestra voluntad a Cristo. Él tiene un plan especial para cada uno. A lo mejor desea que uno de ustedes sea misionero y venga a Francia. O puede que el Señor les llame a su propia ciudad a realizar una obra determinada. Pregúntenle hoy: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?» No lo que otros deben o no realizar, sino ustedes en lo particular.

Mientras Tim oraba, Karla rogó que Dios le mostrara sus planes. Estaba comenzando a dudar si había alguno para ella.

* * *

La furgoneta acomodó a los siete, pues Gaby Smith prefirió quedarse en casa. El equipo se sobresaltó al observar el castillo en la distancia y Karla sintió mucha emoción. El palacio de Thoury, aunque uno de los más pequeños, reflejaba la estructura medieval a la perfección.

Karla examinó las cuatro torres en cada esquina, perfectas para la defensa. Si bien Karla era tímida, leía vorazmente y ese último año en particular, había descubierto muchas historias medievales que capturaron su imaginación.

El guía, que rondaba los cincuenta años, los saludó una vez que cruzaron el foso. El patio, escenario de elegantes fiestas en siglos pasados, ahora lucía descuidado. De su grandeza solo quedaba una fuente que lo coronaba.

—Algunas veces montamos representaciones teatrales —les explicó el hombre que los conducía por la historia—. La acústica es excelente y la voz se capta desde las torres. Ahora bien, esta plaza la pisaron los ingleses. Este sitio lo habitó un contingente británico durante la Guerra de los Cien Años. Los franceses los expulsamos y mi familia se ganó como premio la fortaleza. Desde entonces, cuidamos de ella. Subamos por esta escalera para explorar las torres.

En los muros, Karla palpó los orificios por donde los soldados apuntaban sus flechas. Ahora utilizarían metralletas. Entre más escuchaba, más aumentaba su fascinación por aquella época. Se vislumbraba como una dama de la corte, enamorada de un caballero de cota metálica luchando en contra del enemigo. Monsieur Dupont los adentró al primer campanario repleto de libros viejos, mapas antiguos, ropa arcaica y una espada.

—Cuenta la leyenda que aquí habitó la amante de uno de mis ancestros. Mi tatarabuelo era un hombre fuerte y severo. Estaba casado pero se enamoró de una campesina con quien tuvo un hijo. Él decidió traerla al castillo para cuidar su linaje. Sin embargo, su mujer no permitió que la amante compartiera su techo, así que la relegó a esta torre.

El niño creció entre estas paredes, ignorante de su condición y creyéndose un simple sirviente. A los dieciocho años, se enteró de su linaje y reclamó su herencia. Mi tatarabuelo lo envió a la guerra. Si el joven volvía a salvo, lo nombraría su heredero, ya que era el único varón de la familia.

A su regreso, recibió la noticia de la muerte de su padre. Sus tres medias hermanas lucharon por conservar el castillo, pero debido a las carencias de esos años, lo perdieron. Como adivinarán, mi abuelo se convirtió en el dueño de estas ruinas.

—¿En serio? —Karla interrumpió.

—Así cuenta la leyenda.

Antes de ingresar a la siguiente sección, el guía les dijo: —Este es mi tesoro especial. Por años mi familia se ha dedicado a la caza en los bosques de Francia. Mi padre viajó a África trayendo animales extraños. No se asusten.

Karla abrió los ojos con sorpresa. Los animales disecados, un venado, un jabalí, reptiles y pájaros, los observaban desde las paredes. Óscar y Sam los miraban, les sacaban fotos y hacían mil preguntas. A Karla no le animó mucho ese cuarto en particular. Prefería la torre con su leyenda.

Ella había notado que David amaba a los animales, ya que él se había encariñado con el perro que tenían los misioneros que los hospedaban. Karla se acercó para observar una ardilla y David se puso a su lado.

—No me parece justo, Karla. Los animales son para disfrutarse, no para decorar casas.

—¿No te gusta la cacería?

—Cuando niño, mi padre me llevaba al campo, pero… ya no me gusta.

Nelly gritó cuando se topó con una tarántula, lo que interrumpió la conversación. A Karla le hubiera gustado saber más.

Se reunieron en la planta baja. El resto de las habitaciones no lucían tan atractivas: pinturas, retratos de familiares ya muertos y cerámica.

—¿Un refresco antes de concluir?

La esposa de monsieur Dupont les ofreció unos vasos. Tim Smith y las chicas se sentaron en el patio a saborear su bebida. Los chicos se adelantaron con el guía al calabozo. Después de refrescarse, Karla, Nelly y Andrea continuaron el trayecto y bajaron por unas escaleras desiguales y enmohecidas. Andrea hizo las paces con Nelly.

—No diré nada sobre la pesadilla. Siento haberlo mencionado. ¿Te gusta Sam?

—Por supuesto que no, Andrea. En mi sueño también estaban David y Óscar, pero Sam era el más cercano. Es todo.

—Ya veo.

No había muchos instrumentos de tortura, aunque sí una buena dotación de cadenas y grilletes en las paredes. En eso David le pidió a Andrea que abriera una puerta. Un cráneo flotó de los adentros y la rubia gritó histérica. Los otros rieron, pero ella no pareció muy divertida. Si David hubiera elegido a Karla se habría enfadado. Pero como ella era una chica de ocho, y no de nueve, a David no le interesaba ni siquiera jugarle una broma.

—Algún día visitaré todos los castillos de Francia —dijo Andrea al abandonar el lugar histórico.

—Pues será en unos años. Con esos precios, necesitarás una millonada —le recordó Óscar.
Karla solo deseaba tener una novela medieval consigo.

* * *

En el almuerzo, Andrea se mantuvo seria. Al parecer no le había impresionado el chiste de David y lo aclaró con su actitud. Horacio anunció dos horas de siesta. ¡Dos! Karla quería morirse. En lugar de frecuentar algún otro castillo, pasaron los primeros sesenta minutos ensayando las obras que representarían como mimos.

La otra hora descansaron en sus habitaciones, pero Andrea no quería dormir, sino conversar.

—Vamos, Nelly, dime, ¿te gusta Sam?

Nelly bostezó.

—Ya te dije que no.

—¿Ni un poquito? No te perdiste ningún partido de la temporada. Y si no me equivoco, viajaste a una ciudad cercana para la semifinal.

—Me gusta el baloncesto.

Andrea sacó su barniz y comenzó a pintar sus uñas. Nelly se puso a ejercitar las piernas en bicicletas aéreas y Karla cerró los ojos.

—Yo no he tenido novios formales —les comentó Andrea—. ¿Y tú, Nelly?

—Uno en bachillerato, pero rompimos un año después.

—¿Karla?

—Ninguno.

—Eres de mi club.

Karla no se consideraba parte de su club. Andrea no tenía novios formales, pero sí salía con muchos chicos, como se acostumbraba en Estados Unidos.

Entonces Andrea se puso a contarles sobre los planes para el Banquete Navideño de ese año. Era todo un acontecimiento en el Colegio Sinaí. Se trataba de una cena formal, a la luz de las velas y con vestidos elegantes, que culminaba con patinaje sobre hielo.

Karla se perdió en el recuerdo del último Banquete. Perla se había ilusionado. Su madre le había enviado un hermoso vestido de terciopelo negro que había usado en su graduación de bachillerato. Jenny compró un atuendo verde esmeralda en una renombrada tienda. Karla buscó entre sus vestidos, pero solo se deprimió. Nada decente. Perla entonces llamó a su madre, quien le envió un vestido color vino muy bonito que le prestó una sobrina.

Perla soñaba con un chico de tercero llamado Víctor. Pero él invitó a Andrea al gran evento. Ella lució como una reina. Sus ojos azules brillaron en cada fotografía y se les declaró la pareja más atractiva de la noche. De hecho, Andrea estaba hablando de Víctor en esos momentos, pero Karla volvió a sus recuerdos.

Perla salió con un compañero de su clase de estadística. Jenny fue invitada por Rick, un chico que comenzaba a frecuentarla. A ella no le molestaba, de hecho empezaba a sentirse atraída por él.

Entonces apareció Ernesto, un chico peruano, que habló con Karla en términos sencillos. ¿La acompañaría esa noche? Solo mencionó esa noche, por lo que Karla aceptó. Ambos platicaron todo el tiempo en español, compartieron anédcotas familiares y observaron al resto patinar sobre el hielo. Ninguno de los dos dominaba dicho deporte y prefirieron no experimentar en ese instante.

—¿Y tú Nelly? —preguntó Andrea.

—Salí con un par de amigas. Decidimos que fuera noche de chicas.

—Te gusta Sam —Andrea declaró después de un rato.

Nelly no respondió.

—¿Y a ti te gusta alguien del equipo, Andrea?

—Ninguno de los tres. No son mi tipo.

De ahí pasó media hora describiéndoles al amor de su vida, un chico que vivía en Nueva Orleans, hijo de un teólogo renombrado y futuro heredero de un negocio envidiable.

Karla juraría que describía al señor Darcy, el personaje de “Orgullo y Prejuicio”. El “famoso” Jake se escuchaba como un hombre perfecto, digno de una chica con nueve de calificación.

—Vamos, Horacio nos llevará de paseo por Moulins. Se nos hace tarde —les dijo Nelly y así puso fin al monólogo de Andrea.

* * *

Empedradas y curvas, así describiría Karla las calles de Moulins. La catedral, estilo gótico, albergaba a la virgen negra. Horacio les explicó que la tradición indicaba que en esa iglesia había comenzado el culto a María, pues una mujer del siglo dieciocho había propuesto que, como la reina del cielo, merecía adoración y no solo ser recordada como la madre del Salvador.

De allí se trasladaron a otra iglesia, una de más de mil años de antigüedad que también la adormeció. Hasta que llegaron al centro de la ciudad se cargó de adrenalina. Muchos jóvenes paseaban o bebían café al aire libre. Se escuchaba música y notó que sus compañeros también se vitalizaban con la algarabía, en especial Andrea quien recuperó sus sensuales movimientos.

Callejuelas sin historia, otras solo como puntos de referencia para su misión dentro de dos días. De pronto, Óscar señaló una placa sobre el muro de una casita que revelaba la estancia de la doncella de Orleans por quince días. Los demás se acercaron, pero se demoraron viendo a un perro que hacía trucos en la esquina. Karla se aproximó para leer sobre la historia de Juana de Arco. Por supuesto que la conocía, hasta en película, pero el lugar la inspiró.

“Juana de Arco nació en Domremy, Lorena, hija de acomodados campesinos. Cierto día dijo escuchar voces celestiales que la alentaban a tomar las armas para salvar a Francia de la opresión inglesa causada por la Guerra de los Cien Años. Tan segura de su visión, persuadió a otros para creerle. Incluso fue ante el rey de Francia. Pronto la corte se convenció de su pureza y buena fe. Así que el rey la mandó con armadura blanca a la cabeza de una tropa de hombres a caballo rumbo a Orleans.

Los rudos soldados, con una santa y compasiva doncella por capitana, aprendieron a refinar su vocabulario creyéndola líder enviada del cielo. Adonde iba, parecía que el enemigo se esparcía ante sus ojos. Los mismos ingleses rumoraban que era una bruja por su poder para destruirlos, mientras que los franceses la consideraban una santa pues gracias a ella recuperaron las esperanzas.

Capturada bajo traición, siendo sobornados algunos franceses en Compiegne, encarcelada y enjuiciada por ingleses, fue acusada de hechicería y sentenciada a la hoguera en Normandía”.

¡Qué mujer! Algo había dicho Horacio sobre su canonización. Lo comprobó en la siguiente tienda de curiosidades en donde un calendario marcaba que su fiesta se celebraba el 30 de mayo. ¡Qué curioso! Ese día estarían en la catedral de Lourdes.

Alguien sugirió un helado. Karla optó por uno de fresa y se acomodó junto a Andrea, ya que Nelly seguía en plan de conquista. Su mente se trasladó a su hogar, luego a la historia de Juana de Arco. ¿Habría sido una santa o una endemoniada? En su caso, ¿qué dirían de ella años después de su muerte?

David se acercó a ellas con su helado.

—¿Creen que esta tarde podamos revisar nuestros mensajes? Eso de que debemos limitar la tecnología me trae un poco angustiado. No me había dado cuenta que soy adicto a mi celular.

—Me pasa lo mismo —le confió Andrea—. ¿Esperas noticias de alguien en especial?

—Realmente no.

Andrea se escribía con el “famoso Jake”, pero mintió: —Yo tampoco.

Quizá Andrea y David harían buena pareja. Los dos eran atractivos y tenían gustos parecidos pues unas horas antes habían comentado sobre la moda. David aclaró que solo le interesaban las buenas marcas porque duraban más. Karla solía comprar ropa de segunda mano y en su país compraba en las tiendas de precios accesibles.

Merendaron en relativa calma, luego cada quien se puso a enviar mensajes o revisar sus tabletas. Karla leyó un mensaje de Perla. Su padre estaba estable y disfrutaba de su compañía. Jenny escribió dos líneas. Mucho trabajo, niños traviesos y Rick a su lado. Al terminar el verano esos dos serían pareja.

Una de sus hermanas mandó un correo. Ya esperaban con ansias su regreso. Su madre había mandado pintar su cuarto. ¿Estaba segura que deseaba volver al Colegio para un segundo año? ¿No sería mejor entrar a la universidad en México?

Karla se mordió el labio. Aún estaba indecisa sobre el futuro. Por eso se aferraba a Jeremías 29 y los planes que Dios tenía para ella.

Cuando los Smith se retiraron, David y Óscar subieron a su cuarto, y Andrea y Karla se refugiaron en el suyo. Minutos después entró Nelly, pero no dijo nada a pesar de que estaba sonrojada. Hasta que Andrea bajó al baño, le contó todo.

—¿En serio?

—Sí, cuando se despidió y me dio las buenas noches, me besó en la mejilla.

Karla sonrió y escuchó a una Nelly emocionada que le contaba con lujo de detalle todo lo que había sentido en esos segundos de magia. Ella por lo pronto imitaría a Juana de Arco volviéndose una santa.

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa