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¡Bon Voyage! Capítulo 5

Aventura en Francia

Por Keila Ochoa

Mayo 19

El despertador sonó a las seis de la mañana y Karla se acurrucó de lado. ¿Por qué no le daban unas tres o cuatro horas más? Andrea no tardaría en correr al baño, pero los minutos transcurrieron y nadie se movió. Cuando la manecilla llegó al tres, Karla decidió hacer algo. Andrea roncaba, así que tomó su toalla y atrancó la puerta.

Mientras el agua tibia llenaba la bañera, leyó un salmo. Una manera de mantener el punto de referencia en el horizonte, es decir Jesús, era leyendo su Palabra. Karla, a diferencia de Perla, no había crecido en un hogar cristiano y conoció la Biblia hasta los quince años. Pero desde entonces la devoró, la subrayó y la amó, pues reconocía el poder que le daba a su alma cuando las cosas no iban bien.

Salió refrescada y ansiosa por empezar el día. Andrea continuaba con los ojos cerrados, así que Nelly aprovechó para ducharse. La sonrisa de Nelly no se borraba de su rostro y Karla se preguntó si se debería a su plática con Sam del día anterior. En eso, Andrea despertó y saltó al contemplar la hora.

—¿Quién está en el baño? Saben que yo voy primero.

—Pero son las seis y media, Andrea.

—¡No tardes mucho, Nelly! —gritó Andrea y golpeó la puerta del baño—. ¿Qué haré con mi cabello?

Karla notó que restaban quince minutos y supuso que Andrea no conseguiría lucir impecable.
Pero para su sorpresa, bajó las escaleras luciendo radiante, con un envidiable atuendo y un buen peinado. Definitivamente, conocía los gajes del oficio.

—¿Dormiste bien? —Gaby le preguntó, y Andrea le dijo que el dolor de cabeza había disminuido.

Después del desayuno, aguardaron a Etienne. Karla se sintió fuera de lugar. Todos chateaban o escribían en sus celulares o tabletas, pero Karla no recibía ningún mensaje. Su madre no era adepta a la tecnología y sus hermanos siempre andaban ocupados.

Ni siquiera Perla le enviaba unas líneas, pero Karla no quería presionarla. Su padre estaba enfermo. ¿Y Jenny? Estaba cuidando niños en un campamento, así que dudaba que tuviera mucho tiempo para chatear.

Andrea tecleaba con furia. Nelly sonreía ante lo que leía del otro lado. David, Sam y Óscar parecían entretenidos más en los juegos que en conversaciones serias. En eso apareció Etienne. Nelly y Andrea dejaron al lado sus aparatos.

—¿Y te veremos tocar en estas vacaciones? —le preguntó Andrea.

—Eso espero. Cuando vuelvan a París al final del recorrido los llevaré al café donde toco por las noches.

Todos lucieron emocionados. Avanzaron rumbo a la estación del tren donde continuarían el viaje. Etienne ofreció cargar la maleta de Nelly y charlaron sobre el clima. Karla observó las dificultades de Andrea que lidiaba con su monstruoso equipaje, pero no podía auxiliarla.

Ella misma traía sus propias cargas a cuestas. Se acordó de lo que Etienne había dicho. Uno debía viajar ligero. Pero por lo visto Karla tampoco lo hacía, aun cuando no traía un atuendo para cada día.

Comenzaba a pesarle el recuerdo de su familia y la sensación de ser ajena al grupo. ¿Por qué esos sentimientos la perseguían a todos lados? En el Colegio, en el viaje, incluso en la escuela primaria siempre se había sentido apartada, relegada y excluida.

Excluida. No pensaría en esa palabra por el momento.

En la estación del tren, Etienne les pidió sus datos para contactarlos y agendar la cita a fin de mes. Luego abordaron el vagón que los Smith señalaron después de las despedidas. Andrea tomó el primer asiento disponible y cerró los ojos. Óscar la imitó. David buscó la compañía de Sam, así que Karla se sentó junto a Nelly.

El tren anunció su partida y veinte minutos después Karla sintió náuseas. Su asiento la obligaba a mirar en dirección contraria, por lo que las escenas de la ventana con postes avanzando a una velocidad desorbitada, la marearon. Al parecer Nelly también se estaba sintiendo mal.

—Vayan a otro compartimiento —sugirió Gaby al percibir su predicamento—. Tal vez encuentren lugares vacíos.

Gaby acertó, pues Karla y Nelly se extendieron en una butaca olvidada. Ambas miraban hacia el techo, cuando Nelly inició la conversación.

—Dime, Karla, ¿te uniste al grupo solo por, tú sabes, servir a Dios? Es decir, no quiero incomodarte, pero…

—Te entiendo, Nelly. Te confieso que la mayor razón fue Francia. Siempre soñé con viajar a Europa. ¿Y tú?

Nelly titubeó, pero la miró de soslayo y susurró: —Francia, las misiones y Sam.

Karla sonrió: —Lo imaginé.

—¿Soy tan obvia? Es el muchacho más guapo del mundo y me desespera no estar junto a él.

—Ayer platicaste mucho con él. ¿Algo interesante?

—Bastante. Aún no profundizamos, pero ¿crees que le guste?

—Estaré al pendiente. No soy una experta en esto de los amores. Más bien, soy patética en cuestiones del sexo opuesto. Supongo que soy una… santurrona, como otros me dijeron en el Colegio.

—¿Pero alguien te gusta? — le preguntó Nelly y le compartió un poco de yogurt.

—En realidad no. Bueno, me simpatizaba un chico, pero no de modo romántico.

—Creo que a Andrea le agrada David… y Etienne… y tal vez Óscar.

Las dos rieron.

—No se lo dirás a nadie, ¿verdad, Karla?

—¿Lo de Sam? Por supuesto que no.

—Gracias.

Las dos cerraron los ojos y se perdieron en sus propios mundos.

* * *

Horacio Hanks, misionero en Moulins por quince años, los recibió en la terminal. Nelly criticó en voz baja su delgadez y su cómico bigote. Karla sonrió, pero estuvo de acuerdo, aunque su voz algo chillona la incomodó. Desde que pusieron un pie en la calle, dio las órdenes con tal velocidad que en menos de diez minutos, viajaban en dos camionetas rumbo a su hogar.

Karla quedó impresionada por la casa. Horacio la había construido en la campiña, donde la madera resplandecía en medio del césped verde y unos árboles que componían una vereda.

Más tarde investigaría a dónde conducía. Cuando Horacio les confesó que él mismo había lijado las tablas, Karla lo vio con nuevos ojos. Un hombre con la capacidad de levantar semejante morada merecía su respeto.

Su esposa Felice los condujo adentro. El interior no opacaba la fachada. Karla rozó los muebles de caoba y los tapices. Saboreó el aroma a pino fresco, prometiéndose que si algún día contaba con el dinero suficiente para vivir como reina, compraría una casa parecida.

—Por aquí —Horacio guió a los tres chicos al segundo piso. Dormirían del lado derecho y los Smith cruzando el pasillo. Las damas permanecerían en la planta baja. Karla depositó su valija junto a la de Nelly.

Las colchonetas no atrajeron a Andrea, quien hizo un puchero de nueva cuenta. Karla salió a la sala donde descubrió unas fotografías de la familia. Horacio y Felice tenían dos hijos: un chico de quince años que estaba de visita con sus abuelos en Miami y su hija que vivía en Oklahoma, era pelirroja, estaba casada y tenía un bebé recién nacido.

—La comida está servida —Felice gritó desde el comedor.

Karla repasó sus labios con la lengua. Olía delicioso, casi como en casa. Cuando la misionera repartió los bollos, añoró a su madre. La tenía muy abandonada, sobre todo, desde la muerte de su padre. Quizá de regreso le convendría pasar más tiempo con ella en la cocina.

—¿Por qué no toman una siesta? —sugirió Horacio. Y no necesitó repetirlo.

Solo le bastó colocar la cabeza sobre la almohada para perderse en sus sueños. Cuando despertó, dos horas más tarde, Nelly le sonreía.

—Estaba a punto de aventarte un cojín —confesó con picardía—. Horacio nos llama a la sala. Quiere explicarnos las actividades que nos esperan.

Karla no memorizó el día siguiente ni el resto de la semana. Oyó algo de repartir folletos, visitar un asilo, cantar en una iglesia y un partido de béisbol. Pero se desconectó del presente remontándose a su casa. ¿Por qué pensaba tanto en su madre? La cena le trajo más recuerdos.

Horacio declaró tiempo libre hasta las diez de la noche. David y Óscar optaron por indagar en los alrededores y el resto los acompañó.

Caminaron por el sendero bordeado de pinos. David mantenía la delantera con Óscar, ambos comentando sobre la flora. Unos pasos detrás, Karla, Nelly, Andrea y Sam rememoraban sus aventuras en sus días de campamento. Después de dos kilómetros de bosque, hallaron un arroyo.

Los tres muchachos lanzaron piedras en el agua compitiendo por el que lograra más rebotes. Las chicas conversaban sobre las ventajas y desventajas de vivir en una ciudad. De regreso, el ambiente se serenó. Nelly se ubicó al lado de Sam. Andrea y David avanzaron sin prisa en la retaguardia, así que ella se ubicó al lado de Óscar.

—El horario se ve complicado —lamentó Óscar—. ¿Dónde quedan las horas de placer?

—Te equivocaste de tour —ella bromeó.

—Supongo que sí. No iremos a restaurantes ni museos.

—Mañana visitaremos un castillo.

Él meneó la cabeza: —Uno que nadie conoce.

—Vamos, Óscar, no te desanimes.

—Que quede claro que puedo ser la persona más maravillosa del mundo si me estoy divirtiendo, pero mi concepto de esparcimiento no es precisamente repartir folletos.

—¿En serio?

—Yo pensaba que haríamos algo más, como… lo que a mí me gusta. Cantar, tocar la guitarra, conocer jóvenes franceses.

Los dos guardaron silencio.

—Me agradas, Karla. No convivimos mucho en el Colegio, pero te me figuras una chica sensata. No impones tu opinión ni hablas de cosas banales como Andrea.

Karla prefirió no añadir nada al respecto.

—Eso decíamos esta mañana.

¿Decíamos? ¿Eso incluía a Sam y a David? Karla prestó atención.

—Los hombres podemos ser unos tontos, ¿sabes? Nos pusimos a calificarlas por belleza externa y luego interna. Pero concluimos que la interna aún no nos resulta muy clara, así que nos quedamos con la externa. Aunque a mí no me importa mucho la apariencia. ¡Mira cómo visto! En realidad el que inició el tema fue David.

Karla moría de ganas por saber sus conclusiones, pero decidió no apresurar la cosa. Óscar se distrajo con una rama y Karla pensó en cómo sacarle la información.

—Supongo que reprobé.

Óscar meneó la cabeza: —Claro que no. Aquí nadie reprueba. Andrea sacó 9, Nelly 8.5 y tú un honorable 8.

¡Ocho! Las lágrimas se agolparon en sus párpados. El ocho era mejor que el seis y el siete, pero ella siempre había querido nueve o diez. En la escuela se esforzó y fue la mejor alumna de entre todos sus hermanos.

Karla jamás reprobó una materia. ¡Nunca! Pero en apariencia siempre salió perdiendo. Era la más morena de la casa. La más delgada. La del cabello más incorregible. Por supuesto que no compartiría dicha información con sus compañeras de cuarto, pero antes de entrar a la casa, giró el rostro. David le había prestado su chamarra a Andrea y ella sonreía. Nueve. Andrea había sacado nueve.

* * *

Sam espetó: —Ni siquiera en mi casa me acuesto tan temprano. Un momento, Horacio dijo que a las diez entráramos a la casa, pero no que durmiéramos.

—Tienes razón —David lo apoyó de inmediato.

Los seis se arremolinaron en la sala.

—¿Por qué no practicamos cómo maquillarnos de mimos? —sugirió Nelly cuando ningún otro propuso algo mejor.

Durante un mes habían ensayado en la escuela obras silenciosas guiados por el maestro de arte. Aun así, solo David, Andrea y Karla contaban con experiencia en cuanto al uso de las pinturas especiales.

—Tú me pintas a mí, Karla —Óscar se abalanzó. David eligió a Nelly, y Sam quedó en manos de Andrea. Karla comenzó a aplicar una capa de base blanca en forma de óvalo.

—¿También en los párpados? —se quejó el puertorriqueño.

Karla lo reprendió. Le colocó delineador en una línea recta que cruzaba los ojos a la altura de la pupila. Desde sus cejas hasta las mejillas rodó el líquido, pero Óscar prometió buena conducta. Un cosquilleo en su nariz lo molestó mientras ella rellenaba dos triángulos en el párpado.

—Me veo horrible —Óscar se contempló en el espejo.

—Y te verás peor cuando te lo quites —se burló Karla—. Faltan los labios.
Óscar analizó el labial rojo.

—No, no —se retractó—. Íbamos bien, pero esto no va conmigo.

Karla no se dio por vencida. Lo sujetó de las manos restregándole el labial, pero él luchó con todas sus energías y al mover su brazo, Karla se pintó su propia mejilla.

—¡Mira lo que hiciste!

Él la abrazó y frotó su cara contra la de ella manchándola sin piedad. Sam hizo lo mismo con Andrea y David con Nelly. Cuando los Smith interrumpieron el juego, todos lucían rojo, negro y blanco.

—A lavarse —dijo Tim con una sonrisa.

Para cuando Karla se metió entre las cobijas, ya daban las doce. En la escuela solía poner la cabeza sobre la almohada a las diez de la noche, pero su corazón aún latía con fuerza. ¡Ocho! ¡Ocho! Si contaba ovejas tal vez conciliaría el sueño.

* * *

—¡Auxilio! ¡Sam, sálvame!

Karla despertó debido al grito. Nelly se movía en la cama y sacudía las sábanas, pero estaba dormida. Se preguntó si Andrea había escuchado el grito. Rogó que no. ¿Qué habría soñado Nelly?

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa