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¡Bon Voyage! Capítulo 4

Aventura en Francia

Mayo 18

Karla rechinó los dientes cuando sonó la alarma. Por un momento había olvidado dónde estaba. De un salto se incorporó pero Andrea ya estaba en la ducha. Tardó cuarenta y cinco minutos en arreglarse, y Karla y Nelly se prepararon sin charlar. ¡Cómo echaba de menos a Perla y a Jenny! Con ellas solía reír, jugar y bromear.

Nelly de pronto se tornaba taciturna. Karla trató de concentrarse en estar lista, pero cuando echó un vistazo a la maleta de Andrea casi se desmaya. Traía un atuendo para cada día del mes. De plano iba decidida a no lavar ni una sola prenda.

En el comedor las aguardaban los señores Smith.

—¿Solo un croissant y café? —murmuró.

—¿Dónde están los hotcakes o el cereal con leche? —bromeó Nelly, pero las dos se conformaron con el pan después de leer la amenaza en los ojos de la señora Smith.

—¿Cómo durmieron? —inquirió Tim.

—Bien, gracias. Solo se perdieron de nuestra odisea con la electricidad.

Nelly les narró lo de la secadora. Karla terminó tomando la situación con gracia, le puso azúcar a su bebida y sorbió su café negro con apatía. Óscar apareció con ojos soñolientos.

—¿Y David y Sam? —preguntó Karla.

—No tardan.

El puertorriqueño le dio un mordisco al bizcocho. A los cinco minutos, los otros dos hicieron su entrada con el cabello húmedo.

—¿Esto es todo? —David preguntó asustado.

—Estás a dieta forzosa —se burló Nelly.

—No te preocupes, David. Comeremos en un restaurante africano —lo tranquilizó Gaby.

—¿¡Africano!? —Andrea casi escupió el café y se metió otro croissant a la boca.

Subieron a lavarse los dientes, recogieron sus cámaras y chamarras y abordaron el metro rumbo al tercer distrito. Allí los recibió Steve Tomas, un misionero americano que residía en el área.

Karla admiró al hombre alto y delgado, quien a pesar de unas cuantas canas, aún era joven. Lo examinó mientras él les mostraba sus oficinas en una casa de dos pisos. En la planta alta celebraban sus reuniones. Tim forzó a los muchachos a acomodarse en la sala para escuchar una breve reseña del trabajo que Steve y su equipo realizaban.

—Como pudieron observar, enfrente tenemos una iglesia católica. En la esquina notarán un templo hindú y atrás una mezquita. En Francia, como en toda Europa, las religiones orientales han proliferado. En este país, la religión católica predomina en ciertas esferas, pero los jóvenes buscan lo nuevo, dejándose llevar por cualquier doctrina atractiva cargada de filosofías humanistas.

—¿Qué les atrae?  —pensó en voz alta Karla.

—Les atrae lo desconocido y como nuestros vecinos son africanos, musulmanes, chinos y japoneses, tienen de dónde escoger. Tratamos de enfocarnos en sus necesidades, pero es difícil. Por ejemplo, nuestra congregación se compone de alrededor de cuarenta adultos. La mayoría oscila entre los treinta y cuarenta años. También contamos con una buena dotación de niños, mas no de ancianos, ni adolescentes.

—¿Y eso? —interrumpió Sam.

—Tal vez se deba a que la religión cristiana, en especial los evangélicos, somos considerados pasados de moda. Para los adolescentes la religión es cosa de la Edad Media. Se concentran en sus estudios y en la diversión.

—¿Y qué sucede con los viejitos? —Tim Smith preguntó.

—Ellos se conforman con la tradición de sus padres. De hecho, para ellos somos modernistas por la música y la liturgia.

—¿Qué hacen para alcanzar a estos sectores? —Gaby alzó la mano.

—El problema yace en que somos pocos obreros. A los misioneros les intimidan las grandes ciudades y París no es la excepción. Si no quieren ir a trabajar a Chicago o Nueva York, menos aquí. Oramos por otras parejas jóvenes como la de Dan McGregor para que vengan a trabajar exclusivamente con la juventud. ¿Otra pregunta?

El misionero observó su reloj.

—Bueno, hora de comer. Solo un comentario final. En el restaurante les presentaré a Etienne, un joven servicial de veintinueve años que refleja su energía en conciertos de jazz.

—¿Jazz? —repitió Andrea.

—Solo me gustaría comentarles que ha sufrido mucho. Hace dos años se casó con una chica americana que anhelaba servir en el campo misionero. Estuvieron juntos un año y luego ella lo abandonó. Regresó a Estados Unidos.

—¿Y por qué? —la curiosa Nelly también se despabiló.

—Nunca lo comprendí. Etienne es un muchacho increíble, inteligente y con sentido del humor. ¿Algo más?

* * *

“Pequeño pero limpio”, lo calificó Karla. El local resultó original y eligieron una mesa al fondo.

—La especialidad es el cuscús —Steve les informó.

—¿El qué? —David se rascó las cejas.

—Es comida típica del norte de África. Consta de sémola de trigo al que le agregas carne y verduras para formar una especie de estofado. Lo disfrutarás.

—Mientras sea comestible y abundante, no me opongo.

¿Quién sería el famoso Etienne? En ese momento apareció. Tenía cabello rizado hasta los hombros, ojos oscuros y una sonrisa encantadora. Steve lo presentó y Tim repitió sus nombres y su lugar de procedencia.

—¿Nos sentamos? —sugirió Tim.

Andrea guió a Etienne hacia una silla disponible a su lado. Nelly corrió al lugar de enfrente, y Karla se ubicó a su izquierda dejando a los tres hombres cerca de los Smith. Les sirvieron de inmediato y Etienne les enseñó a preparar sus platillos. La conversación giró en torno a temas cotidianos como el clima, las costumbres y los deportes. El mesero se acercó a David.

—¿Tú… americano? ¿Michael Jordan?

—¿Qué si soy Michael Jordan? —David rió—. ¡Mi deporte es el soccer!

—Quiere saber si lo conoces —le explicó Etienne.

—Dile que no.

El mesero se retiró con tristeza.

—¿Por qué todos piensan que por vivir en Estados Unidos uno se encuentra en la calle con el presidente o es vecino de Steven Spielberg? —Sam quiso saber.

Karla se concentró en Etienne. Andrea le preguntaba algo.

—¿Cuáles son los mejores centros nocturnos?

—No lo sé. Antes de convertirme a Cristo las frecuentaba, pero eso quedó en mi pasado y supongo que ustedes vienen con propósitos mayores como evangelizar, que gastar su dinero en diversiones de ese tipo.

—Solo tenía curiosidad —Andrea se ruborizó.

—¿Y por qué jazz, es decir, por qué no rock o balada? —continuó Nelly.

—El jazz me agrada.

—A mí también, aunque no tanto a mi padre. Vivo cerca de Nueva Orleans —dijo Andrea.

—¿En serio?

Karla deseaba participar en la conversación, pero Andrea acaparaba a Etienne con cientos de preguntas.

—¿Me acompañas al baño? —le pidió Nelly.

Karla y Nelly se equivocaron de puerta terminando en unos baños turcos, con su coladera en el piso y nada de taza.

—¿Y qué se hace en estos casos?

—Huir de aquí —sugirió Nelly.

Óscar llegó buscando el baño.

—Disculpen, creo que el tocador de damas queda en la otra esquina. ¿Puedo?

—Todo tuyo —jugueteó Nelly—. No te asustes si no es como en casa.

Al concluir el almuerzo, preguntaron por cajeros automáticos. Steve se despidió y los dejó en las expertas manos de Etienne quien los escoltaría a la Iglesia del Sagrado Corazón.

¡Cuántas escaleras! Karla lamentó traer zapatos y no sus cómodas sandalias. Andrea se cansó a la mitad, pero Etienne gentilmente la tomó del brazo para auxiliarla. Karla deseaba no sacar conclusiones, pero Nelly lo hizo por ella.

—Es una coqueta.

Disfrutaron de la vista desde el montículo donde se encontraba el templo, luego evaluaron la decoración interna. Pero el mayor encanto de la región se localizaba en las calles cercanas en donde los artistas plasmaban retratos y paisajes. También se descubrían algunas tiendas con souvenirs como plumas, playeras, postales, ceniceros y llaveros.

Tim y Gaby sugirieron que al final del viaje volvieran para realizar sus compras, pues debían considerar el peso y el recorrido que tenían por delante.

Esta vez, Karla quiso ir al baño. Nelly aceptó ir con ella y Etienne las guió, ya que los demás parecían estar muy entretenidos. Andrea, por supuesto, no desaprovechó la oportunidad de adquirir un retrato, posando para un dibujante bastante mediocre.

—¿Listos para ir al centro comercial? —Tim interrogó a los muchachos.

Andrea presumió su pieza de arte y Karla evitó comentar sobre el poco parecido entre su rostro y los trazos escuetos del artista.

* * *

El centro comercial, tan parecido a cualquier otro, los desanimó. Karla miró su reloj. Eran las seis y de nuevo tenía hambre. No fue la única. Oscar divisó una pizzería y casi se hinca para que los Smith les concedieran una merienda temprana. Tim accedió a la súplica, así que la música de fondo con canciones americanas de moda, relajó al grupo.

—Estoy cansada. ¿Nos podemos ir al hotel? —preguntó Andrea al finalizar su último bocado.

—Apenas son las siete —Gaby la tranquilizó.

Si Andrea se proponía algo, podría convertirse en una pesadilla, concluyó Karla. Además, ¿por qué su mal humor? Concluyó que como Nelly charlaba con Etienne se había enfadado.

Nelly y el francés no compartían su amor por el jazz, pero si por el arte, así que discutían sobre Picasso y Dalí. La cosa empeoró porque Óscar también sugirió volver. Seguía con el estómago indispuesto.

Para no causar una división, los Smith decidieron pasear por el lago a las afueras del consorcio y volver temprano al hotel. Andrea sonrió triunfante. Rumbo a la laguna, Karla observó una tienda llamada Naf naf.

—¿Qué significa? —le preguntó a Etienne quien halagaba el perfume de Nelly.

—Es como oink oink. Tú sabes, el sonido que hacen los cerdos.

Nelly rió un poco más fuerte que de costumbre. Para Karla también sonaba como un nombre extraño para una tienda, pero no por eso le dio un ataque de histeria. Y luego cuando Etienne le contó que el nombre de los tres cerditos en el cuento infantil eran Naf naf, Nif nif y Nuf nuf, Nelly no se contuvo señalando a sus tres amigos.

—No me creerán cómo apodan a los sobrinos del pato Donald —sonrió el francés.

—Dinos —le suplicó Nelly.

—Riri, Fifi, Lulú.

Nelly y Gaby entonces rompieron en carcajadas y Karla se contagió. El hermoso paisaje en el lago inspiró a los Smith para tomar fotos de grupo. En la primera, acomodaron a los chicos atrás y a las muchachas al frente. La segunda fue en posición inversa y en la tercera ocuparon una banca.

—Última. Colóquense como quieran —anunció Gaby.

Andrea tomó a Etienne del brazo, pero antes del flash, este se soltó. Todos sonrieron, menos Andrea.

—¿Quieren dar la vuelta? —sugirió Tim.

Óscar y David decidieron descansar. Sam y Nelly los imitaron en otra banca. Gaby acompañó a Andrea por unas pastillas a la farmacia y Tim las escoltó.

Karla quería caminar un poco más y Etienne decidió acompañarla.

—Así que no te gusta el jazz y no sabes mucho de arte —le dijo Etienne—. ¿Entonces de qué conversaremos?

Karla se preguntaba lo mismo.

—Puedes contarme tu sueño —se le ocurrió.

—¿Mi sueño? Mi sueño es establecer un café cristiano. Quisiera dar a conocer a Jesús a través de la música.

—¿Y qué instrumento tocas?

—El saxofón. ¿Y tu sueño, Karla?

Ella tosió ligeramente.

—Bueno, por ahora sobrevivir en Europa y volver a casa. He de parecerte una adolescente confundida.

—En ese caso yo soy un adulto confundido también. La vida no es fácil, Karla. Supongo que saben un poco de mi experiencia. Cuando Mayra me dejó, ¿sabes a qué me refiero? —Karla asintió—, pensé que era el fin de mi existencia. Me costó trabajo aceptar que me había equivocado. Me repetían que era lo mejor para ambos, pero ¿cómo saberlo…?

—¿Te has enamorado? —añadió Ettiene.

La vida amorosa de Karla se resumía así: un novio en secundaria con el que no duró ni un mes, pretendientes en la escuela, un amigo cercano en el colegio que en dos ocasiones la tomó de la mano durante una película en el cine y nada más.

—El día que ames —continuó Ettiene—, comprenderás muchas cosas. Duele separarse. Es un dolor agudo que solo se alivia con la ilusión de que la volverás a ver, como cuando son novios. Pero cuando esa esperanza muere, cuando te das cuenta de que se acabó, necesitas confiar en Dios. Nadie más soluciona el problema.

—¿Crees que Mayra no era la persona correcta? Es decir, alguna vez escuché que Dios tiene a alguien preparado para ti. Si no es ese…

Etienne se detuvo clavando la vista en el lago. Karla jugó con sus manos.

—Dios te permite escoger, Karla. Él ha puesto a muchos chicos en tu camino, estoy seguro. Tú puedes elegir al que más te guste. Solo sigue los parámetros establecidos, como el hecho de que se trate de un chico creyente y que persiga metas afines a las tuyas.

—¿Alguna vez has sentido confusión sobre el futuro?

—Todo el tiempo —sonrió el francés—. Cuando Mayra se marchó, seis meses después, decidí salir de Francia. Tomé el Camino de Santiago. Es una ruta de peregrinaje que se realiza en el norte de España. No la elegí por motivos religiosos, sino porque algo dentro de mí necesitaba enfocarse en algo más, como la sobrevivencia. Podría escribir un libro sobre lo que aprendí. Entre otras cosas, a no cargar con tanto equipaje.

¡Cómo no escuchaba Andrea sus consejos!

—Me refiero a ese bagaje emocional que traemos dentro. Sufrí heridas en mi pies, muchas veces me quise rendir, conocí a todo tipo de gente, pero la lección principal me llegó de la manera más sutil. ¿Sabes, Karla? Había convertido a Mayra o mi amor por Mayra, en mi destino final. Olvidé que en la vida tenemos una meta más allá del aquí y el ahora y es Jesús. Cuando fijé mis ojos en Él, cuando Él se volvió la meta de nueva cuenta, sanó mi corazón.

—¿Crees que volverás con ella?

—Tal vez, no lo sé. Esa es mi oración.

Karla y Etienne caminaron en silencio de regreso a donde estaban los demás. Las palabras sobraban cuando ya casi todo se había dicho.

Despertó a media noche pensando en la conversación. Andrea y Nelly dormían. De hecho, Nelly había llegado radiante y con ganas de charlar, pero Andrea se quejó de jaqueca y las tres decidieron reposar. Así que Karla se levantó al baño, encendió la luz y notó las manchas de maquillaje en el lavabo.

¿Por qué Andrea no lo había limpiado? Se miró al espejo y pensó en la esposa de Etienne. ¿Por qué regresó a casa? ¿Por qué dejó de ser esposa de un hombre tan agradable?

Tal vez ella tampoco tenía puestos sus ojos en Jesús, sino en la ilusión de un matrimonio o sus sueños de ser alguien. Abrió la Biblia que había sacado de la maleta. No la había leído y curiosamente tampoco Andrea ni Nelly. Buscó uno de sus pasajes preferidos:

«Pues yo sé los planes que tengo para ustedes —dice el Señor—. Son planes para lo bueno y no para lo malo, para darles un futuro y una esperanza».

Karla se aferró a esas palabras. Dios tenía planes para ella. Para Dios ella importaba. Y tanto así que le daría un futuro y una esperanza. ¡Cómo le gustaría compartir esa noticia con Mayra, dondequiera que estuviera!

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa