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¡Bon Voyage! Capítulo 3

Aventura en Francia

Mayo 17 (parte 2)

Andrea no aparecía por ningún lado. En cualquier momento regresarían los Smith, así que Karla pensó que lo mejor sería no moverse de allí, pero recordó el pánico que había sentido de niña al extraviarse en un centro comercial. Tenía que dar con Andrea. Divisó un McDonalds de dos pisos y creyó que desde arriba la localizaría con mayor facilidad.

El restaurante también albergaba una tropa de hambrientos parisienses. Logró subir las escaleras escurriéndose hasta la ventana, pero una fuerte ovación interrumpió su misión. Por la alameda circulaba una limusina sin techo. Un hombre de estatura mediana saludaba de pie a la vociferante concurrencia.

—¿Saben qué pasa? —preguntó a unos americanos que bebían Coca Cola en la mesa contigua.

—Es el nuevo presidente. Hoy toma el poder —le informó uno de ellos.

¡Vaya! ¿Qué los Smith no investigaron sobre las posibles complicaciones del viaje? Karla agradeció la información, luego siguió buscando a Andrea pero se dio por vencida. Volvió al sitio donde había dejado al grupo. ¿Dónde estaban? Distinguió a Óscar a unos metros.

—Así que es su nuevo presidente —rió David cuando ella les contó—. La buena suerte nos persigue.

—Seremos parte de la historia —lo consoló Nelly.

—¿Encontraste a Andrea? —Sam quiso saber.

—No. No sé dónde está.

Justo entonces regresaron los Smith.

—Muchachos, caminaremos unas cuadras, luego…

—Andrea no aparece. Y hace rato me comentó que su celular ya no tenía batería —les dijo Óscar. La frente de Tim se plegó y los labios de Gaby se fruncieron.

—Óscar y Nelly, vayan al McDonalds —ordenó Tim—. Sam, David y Karla, recorran las calles aledañas. Gaby y yo vigilaremos el metro.

Karla se mordió las uñas. Jamás darían con Andrea. En varias ocasiones Sam la rescató de morir aplastada y los pisotones la encolerizaron. Todo por Andrea, se repitió con enojo. Recordó el abrigo, la maleta, ¡quería estrangularla!

—¡Ahí está! —dijo Sam que con su altura fue el primero en reconocerla.

Andrea corrió hasta ellos y abrazó a David.

—¡Gracias! Tenía tanto miedo.

El terror se asomaba en sus facciones y David le dio una palmadita en la cabeza.

—Ya, ya, todo está bien. Aquí estamos —le susurró en tono paternal—. Voy a llamar a los Smith.

Andrea se enredó en su brazo y Sam tomó a Karla del hombro para protegerla del gentío. Ella no daba crédito a la actitud de Andrea. Ni siquiera una disculpa, solo drama. Guardó silencio en el trayecto a la ribera del Sena en donde abordaron un bote. No le comentó su molestia a Nelly.

El segundo piso del barco ofrecía una hermosa vista de la ribera. Sam, David y Óscar se pusieron gafas oscuras y continuaron con su siesta. Las tres chicas optaron por sacar fotografías.

—Una estatua de la libertad —señaló Andrea.

Nelly buscaba cientos de ángulos para tomar las mejores fotos, pero Andrea y Karla solo se limitaban a captar lo esencial. Eso les dio un respiro y se sentaron para contemplar el paisaje.

—¿Así que eres de México? ¿El país? —dijo Andrea.

Karla se preguntó si había algo más que el país, pero recordó que muchos confundían a México con el estado de Nuevo México.

—Soy de la capital.

—Ya veo —le comentó Andrea con cautela—. Yo vengo del sur de Estados Unidos. Mi familia tuvo plantaciones de caña de azúcar.

Quizá por eso se creía atrapada en los zapatos de Scarlett O’Hara.

Andrea sacó un espejito y se miró con detenimiento.

—Mi padre es un pastor renombrado de la zona. Mi madre hace grandes obras de caridad y mi hermana estudia el bachillerato. ¿Y tu familia?

Karla tardó en responder.

—Mi padre falleció hace tres años. Soy la menor de seis hermanos, todos casados. Solo somos mi madre y yo.

—¿A qué se dedica tu familia?

—Vende productos alimenticios.

Andrea no insistió, así que Karla no aclaró que sus hermanos atendían puestos en el mercado donde vendían semillas y verduras. Realmente les iba bien ya que se dedicaban al mayoreo, pero Karla no se enorgullecía mucho del oficio de su familia. Ella había querido ser diferente, hasta que conoció a los Frankfurter.

—¿Y por qué decidiste estudiar en el Colegio Sinaí?

—Unos amigos me recomendaron hacerlo.

Andrea se retocó el lápiz labial.

—Mi familia es como la de Sam. Muchas generaciones han ido al Colegio.

—¿Conoces a Sam desde hace tiempo?

—No vivimos en la misma ciudad, pero nuestras familias se han tratado durante años. Hemos coincidido en conferencias y campamentos. Es un buen chico, pero toma las cosas demasiado en serio. Su padre sueña con que Sam sea el siguiente Billy Graham o algo así. Supongo que no está muy contento con que venga a un viaje misionero.

—¿Por qué no?

Andrea la contempló con cierta simpatía.

—Porque… ¿cómo decirlo? Las misiones son buenas, pero riesgosas. Muchos mueren, ¿cierto? Los matan, los persiguen, viven en pobreza. Algunos cristianos hacemos cosas más importantes desde los púlpitos de nuestras congregaciones.

¿Entonces a qué había venido Andrea?, se preguntó Karla, pero ella pareció leer sus pensamientos.

—A mí me interesa ver y conocer a los misioneros, para volver a casa y ayudarles a levantar recursos. Pero esto de vivir en otros países no es lo mío. Aunque, claro, París tiene lo suyo. ¡Mira!

Las dos corrieron para fotografiar la Torre Eiffel.

Desembarcaron una hora después.

—¿Ya es hora de ir al hotel? —bostezó Óscar.

—Sé que están agotados, pero reservamos lugar en uno de los restaurantes de la torre Eiffel.

Andrea parpadeó: —¡He oído de su elegancia!

—Nos daremos un pequeño lujo —Tim le guiñó el ojo.

Andrea resucitó.

—Pero… ¿por qué no me avisaron antes? ¡Traigo jeans!

Karla lamentó traer gorra y una sudadera.

* * *

Encontraron poca gente en la taquilla debido al día lluvioso. En el elevador admiraron la estructura metálica y cuando pisaron el restaurante se sorprendieron de su distinción. Los hombres vestían trajes sastres y las mujeres vestidos de noche. Karla se sintió fuera de lugar.

—Parecemos vagabundos —Andrea le confió.

El capitán de meseros los escoltó hasta la mesa del rincón para esconderlos de la nobleza. Karla sujetó la primera silla que captó para descansar sus pies. De pronto, Sam se acomodó a su lado. Andrea y David quedaron atrapados entre los Smith, y Óscar y Nelly junto a otra mesa.

Tim pidió el menú del día. Karla olvidó los nombres de los platillos pero los calificó como decentes. No creía tener tanta hambre, pero devoró la sopa con pasión y el líquido caliente tranquilizó su corazón acelerado. Los Smith disfrutaban el paisaje, David y Andrea se concentraban en la comida, y Óscar y Nelly enfrentaban un serio problema. Una pareja de ingleses había entablado una plática con ellos que lucía poco interesante.

El plato fuerte revivió a Sam.

—Mi mamá cocina algo parecido. Por cierto, Karla, no te ves muy cansada. ¿No tienes sueño?

—Sí, pero no tanto como David.

El imprudente  había colocado la cabeza en el respaldo de la silla y solo le faltaba roncar. El celular de Sam timbró incesante. Sam se sonrojó cuando Tim Smith le mandó una señal de advertencia, pero contestó de todos modos. Los Smith decían que la tecnología podía distraerlos. Quería que se concentraran en escuchar la voz de Dios durante el viaje, no de amigos ni familiares del otro lado del mundo.

—Sí, papá, estoy bien… Lo normal… Papá, soy un adulto… ¿Carolina?… Gracias… Saludos a mamá.

Sam se quedó contemplando el postre que les habían ofrecido. Karla lo había probado y el sabor se le figuró un tanto fuerte, pero aceptable. Sam, sin embargo, lo comió sin comentarios. Karla aprovechó para mirar por la ventana. Había comenzado a llover otra vez. Era una tarde gris en París, no la más romántica de las noches, y el humor de Sam lo comprobaba.

Carolina cocinaba los desayunos en el Colegio, razón por la cual Karla entabló conversaciones con ella en más de una ocasión. Carolina era una chica risueña y con un sentido del humor fino. Le encantaba el turno del desayuno pues no todos despertaban a tiempo, lo que le permitía conocer bien a sus comensales. Aquel prefería sus huevos estrellados, el otro revueltos. La chica de rosa estaba a dieta, así que le servía cereal.

Pero Carolina estaba enferma, se lo confesó una mañana de sábado en que solo dos chicos llegaron a desayunar. Ni siquiera Sam se presentó pues andaba fuera de la ciudad con el equipo de baloncesto. Una de tantas variedades de esclerosis hería sus huesos. Aunque lucía normal por fuera, por dentro sus huesos se desintegraban. No llegaría a los cuarenta años, según el pronóstico del doctor.

Pero sus padres creían en los milagros, así que la enviaron al Colegio para que ella continuara su vida como una chica normal. Ella jamás imaginó que se enamoraría de Sam, la estrella del deporte en el pequeño Colegio.

Al principio Carolina se resistió a sus avances, pero él la conquistó con sus detalles. Él no comprendía que ella era un mal partido, un terrible partido. Los padres de Sam, sin embargo, se dieron cuenta enseguida. Carolina no podría tener hijos. Podría morir en el parto. Carolina podía sufrir una degeneración más acelerada y dejarlo viudo a los dos años de casados. Un día, Sam tendría que cargarla a todos lados. Cualquier movimiento brusco podría dejarla paralizada o con huesos rotos.

Durante el postre, Sam contempló su teléfono y envió un mensaje. Luego lo apagó.

—¿Pedimos la cuenta? —Gaby indagó.

—¡Sí! ¡Por piedad! —David gritó.

Karla sorbió su bebida. Ella tampoco lograba mantener los párpados abiertos.

* * *

Por fin a dormir, suspiró Karla recargada en el tubo del metro. Sin embargo, Tim Smith se distrajo y se pasaron la estación del hotel.

—Estamos perdidos —les avisó al emerger del subterráneo.

—Lo voy a matar —David comentó, pero solo Óscar y Karla escucharon.

Sam descifró el mapa con ayuda de Óscar.

—Estamos a cinco cuadras al oeste.

—Caminaremos.

El tono de Gaby no ofreció alternativa. Karla arrastró los pies y se volvieron las cinco cuadras más largas de su existencia. En el hotel, nadie se dio las buenas noches. Cada quien reclamó su llave y desaparecieron como el humo. Andrea y Nelly se abalanzaron al elevador.

—No cabes —Andrea apretó el botón para cerrar la puerta—. Espera tu turno.

Karla apretó los puños. Comenzó a subir los escalones con fastidio. En el segundo piso, casi se tropieza con Óscar.

—¿Te vas? —frunció la frente.

—Busco un baño. David se apropió del nuestro y la comida francesa no le cayó bien a mi estómago.

Cuando Karla entró al cuarto, Andrea y Nelly vestían sus pijamas. Karla se cambió, luego se recostó en el catre.

—¿Quieren que ponga el despertador? —les preguntó.
Nelly murmuró un sí cubriéndose con las cobijas. Karla apagó la luz principal, pero Andrea encendió la lámpara junto a su cama.

—Chicas, estoy angustiada. Traigo mi secadora, pero dicen que el voltaje en Europa es distinto al de Estados Unidos.

—¿Por qué no lo pruebas? —sugirió Karla tapándose con la sábana. Después de todo, el colchón no estaba tan incómodo y su enojo se disipó gracias al agotamiento.

—Mejor no intentes nada —Nelly sonó amenazadora—. Nadie te conoce en París, si te peinas distinto ni se notará.

—No comprendes. Si no me cepillo con aire caliente, mi cabello se riza.

—¿Y a quién le importa? —Nelly refunfuñó y abrió los ojos—. Usa una gorra como Karla.

—Si no luzco decente, no salgo del cuarto —Andrea respondió.

—¡Qué necia!

—Pues conéctala y a ver qué pasa —cedió Karla.

—¿Y qué tanto traes en esa maleta? —Nelly quiso saber.

—Lo indispensable.

La canadiense torció la boca: —Yo no consideré la secadora como algo imprescindible, y eso que la uso bastante.

Andrea le dio la espalda. Insertó el enchufe y un corto circuito apagó todas las luces del hotel.

—¡Oh, no! Nos van a correr del hotel.

—¡Te van a correr, que es distinto! —la corrigió Nelly—. Baja a explicar tu experimento.

—No, por favor. Me muero de la vergüenza. Ve tú, Karla.

—¿Yo?

—Te lo ruego —Andrea lloriqueó.

Otro drama. Primero en el Arco del Triunfo, ahora en el hotel. ¿Habría estudiado actuación?

—Karla, si quieres yo voy —Nelly se ofreció.

Nelly ya estaba en pijama, así que Karla se puso los jeans de mal humor y bajó las escaleras. El gerente del hotel no se irritó.

—Esto sucede con frecuencia. Pero no podrán utilizar ese tipo de aparatos sin un adaptador.

La luz regresó y Karla tomó el elevador. Andrea comenzaba a colmar su paciencia. No había pasado ni un día y ya quería ahorcarla. Le recitó las advertencias del gerente mientras se calentaba entre las frazadas.

—¿Entonces qué haré? Seré la primera en bañarme, pues secaré mi cabello manualmente. ¡Qué horror! Debimos ir a un hotel de más calidad.

—También allí hubieras necesitado un adaptador —insistió Nelly.

—Allí venderían adaptadores, no como en este hotelucho de dos cuartos por piso, cero tiendas y elevador de dos por dos.

Bonita primera noche en Francia.

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa