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¡Bon Voyage! Capítulo 2

Aventura en Francia

Mayo 17

En el avión:

—¡Esa es la torre Eiffel! —exclamó Óscar casi encima de Karla.

—¡El río Sena! —ella gritó haciéndolo a un lado y asomándose por la ventana.

—Parecen niños chiquitos —comentó Andrea.

París, la ciudad de las luces que vio la elegancia de Luis XIV, aunque también la guillotina, recibía a los turistas con…

—Lluvia —se lamentó Nelly.

Pero Karla no se desanimó. Estaba en Europa y el clima se compondría tarde o temprano. El aterrizaje ocurrió sin novedad. Recuperó su maleta del compartimiento superior, luego abandonó el la embarcación detrás de Nelly. Como el vuelo llevaba cupo completo, tardaron en alcanzar a los otros.

—¡Espérennos allí! —Gaby Smith indicó un rincón solitario.

El estómago de Karla se retorcía de emoción. Solo rogaba para que los trámites aduanales se apresuraran para pasear libremente por las calles de París.

—A la salida nos espera Dan McGregor para llevarnos al hotel —Tim dijo al empujar su maleta—. No se distraigan.

Se formaron para la revisión de documentos. Óscar le susurró por la espalda: —Ahora sí, Karla. Practiquemos francés.

—Solo Nelly y yo memorizamos las frases, los demás no sé a qué vinieron.

Avanzaban tan lentamente que Karla se mordió las uñas. De pronto, percibió la imagen del grupo en un vidrio polarizado y lanzó una carcajada.

—¿Y qué es tan gracioso? —le preguntó Óscar.

—Somos un grupo peculiar, ¿no crees? Una mirada basta para descifrar que no tocamos en la misma banda.

Óscar parecía hippie con la cabeza casi rapada, la playera tres tallas más grande, jeans a mitad de la cadera y sandalias. Solo añadiría una guitarra y el símbolo de paz. Nelly lucía como una chica normal con su blusa floreada y pantalones de algodón. Quizás una sombrilla color pastel perfeccionaría su atuendo.

Andrea presumía sus jeans entallados moviendo la cadera con exageración para llamar la atención. Además, su perfume se distinguía dos metros a la redonda. Si pretendía fanfarronear sobre su posición económica, lo lograba a la perfección.

Sam, como típico deportista, traía pants que contrastaban con la camisa de David: uno directo al deportivo, otro al teatro. Por su parte, Karla y su gorra de béisbol no ganarían un premio de belleza, aun cuando la cachucha le trajera buena suerte. Y los Smith, ¡la gente supondría que eran sus abuelos!

Óscar y Nelly hicieron muecas divertidas.

—Definitivamente no somos del mismo grupo musical. Cada quien, además, tocaría ritmos opuestos —añadió Óscar.

Karla imaginó a Andrea bailando música country, a Nelly cantando una balada romántica y Óscar rapeando. La fila avanzó con lentitud asfixiante. Karla comenzó a sentir la pesadez del poco sueño, además de mucho calor, pero afuera llovía, ¡llovía! Había empacado un paraguas, pero no sabía exactamente dónde.

Para colmo, su maleta fue la última en el carrusel. Karla la recuperó con rapidez pues Dan McGregor los aguardaba en la puerta. Hubo saludos, presentaciones y comentarios que Karla pasó por alto. La lluvia ligera, pero constante, la desilusionó aún más.

—Tomaremos el metro —anunció su guía.

—¿Transporte público? Ni en Nueva York he puesto un pie en el subterráneo —susurró Andrea detrás de ella.

Karla intentó tranquilizarla.

—Este luce bastante decente. Deberías ver cómo se llena el de la Ciudad de México.

No mencionó que los pasajeros circulaban como sardinas y debían cuidar su bolso de los ladrones. Karla sujetó su cartera con energía. No permitiría que ningún delincuente arruinara sus vacaciones. Momento, no eran vacaciones. Se trataba de un viaje misionero.

Ingresaron al primer vagón y Andrea se ubicó junto a ella. Cada uno contaba con una maleta de tamaño mediano y peso casi ligero, ya que Tim Smith les había prohibido los bultos voluminosos, instándoles a usar el sentido común. Pero Andrea traía una valija que era el doble del tamaño de las demás. Ciertamente traía rueditas, pero Karla adivinó que pesaba más de lo permitido.

—Cada quién será responsable de su propio equipaje —les advirtió el señor Smith.

Frente a ellas estaban David y Sam. Karla contempló el suelo. Sam le simpatizaba. Había conversado varias veces con Carolina, su exnovia y conocía parte de su historia. Sam era un chico serio, buen deportista y creyente sincero. Pero David la descontrolaba. Siempre se había sentido fuera de lugar ante los muchachos como él. David era atractivo, divertido y sociable. Todo lo que Karla no era.

Seguramente David no se había percatado de la existencia de Karla hasta las reuniones para el viaje. Karla no iba mucho a las actividades deportivas. Pasó gran parte de su tiempo en la biblioteca, estudiando y mejorando su inglés y en la cocina donde trabajaba para pagar parte de su colegiatura.

Agradeció cuando arribaron a la estación correcta. Dan los condujo por unas callecitas y Andrea se despidió de los hoteles de cinco estrellas.

—Me imaginé que no pagaríamos el Ritz —comentó entre dientes. Tampoco Karla esperaba un hotel con barandales dorados, pero el edificio de cuatro pisos con un minúsculo lobby la decepcionó.

Intuyó que de su ventana no se alcanzaría a ver la Torre Eiffel. Tim Smith les entregó la llave de sus habitaciones y cuando Karla descubrió el elevador su corazón dejó de latir unos segundos. ¡Solo cabían dos personas! La idea de subir las escaleras hasta el último piso la mortificó. Pero Andrea lucía más pálida que de costumbre.

—Chicos, ayuden a sus compañeras con el equipaje que no cabrá en el elevador  —sugirió el señor Smith.

Sam de inmediato se apropió de la maleta de Karla. David hizo lo mismo con la de Nelly. Óscar contempló la valija de Andrea con horror.

—¿Pues qué trajiste? —preguntó con cierto fastidio cuando la cargó—. ¡Pesa demasiado! ¿Vienes por un año?

Andrea elevó la punta de la nariz y se acomodó un rizo.

—Solo traje lo necesario.

Apretó el botón del elevador y ella y Nelly entraron en él. Karla se quedó desconcertada en el pasillo. Aguardaría y subiría con Gaby Smith, pero lamentó que Nelly no le guardara lugar. En el tercer piso solo había dos habitaciones. En uno estarían las chicas y en el otro los Smith. En el segundo piso dormirían los muchachos.

Karla entró al cuarto. Dos camas individuales y un catre. En una cama estaba Nelly, recostada y enviando mensajes en su celular. En la otra cama Andrea encendía su tableta. Los Smith les habían pedido discreción en el uso de la tecnología, habían venido a aprender y ayudar. Karla puso sus cosas en el catre y analizó el teléfono sobre el buróy la repisa de la tele en la esquina. Concluyó que el sitio no alcanzaría ni las dos estrellas.

—Voy al baño —avisó Nelly.

Karla deseaba volar de regreso a Estados Unidos. Nuevamente se sentía sola, relegada e inferior. Quizá los demás no buscaban hacerla sentir así y ella imaginaba cosas, pero desde niña había soñado con volverse invisible y desaparecer.

—Dios está trabajando en tu vida —le susurró una noche Perla—. Eres linda, Karla, pero no lo crees. No eres menos por ser mexicana, aun cuando así lo sientas. Es hora de que dejes atrás el pasado y sigas adelante.

¿Por qué no vino Perla en vez de Nelly? Porque Perla estaba en su casa en Seattle cuidando a su padre enfermo. Porque Karla debía abrir sus alas y volar. En eso, un grito la despabiló.

—¡No hay regadera! —se aterrorizó Nelly y les mostró el cuarto de baño. Descubrieron una pequeña manguera que serviría en la diminuta bañera y las tres rieron. El hielo comenzaba a romperse.

—Tim nos espera abajo —les recordó Nelly.

—Solo me retoco el maquillaje —les pidió Andrea.

Diez minutos después, aparecieron en la planta baja.

—¿Dónde quieren almorzar? —preguntó Tim.

—¿Hay un McDonalds cerca? —David quiso saber.

—Es el colmo —dijo Nelly y se cruzó de brazos—. Venimos a un país extranjero y quieres comer en el mismo lugar de siempre.

—Perdón, no sabía que apreciabas la cocina francesa.

Karla encubrió una sonrisa. Secretamente apoyaba a Nelly. Hallaron una fonda en donde ordenaron una especie de emparedados que Karla fingió comer, pero traía el estómago revuelto. Andrea tampoco tocó la comida y anunció que la suciedad del lugar le provocaba indigestión. Tim Smith ignoró su comentario.

Cuando concluyó el almuerzo, Tim los envió por sus cámaras fotográficas y a pesar del mal comienzo, Karla se propuso dar lo mejor de sí.

* * *

Notre Dame resonó sus campanas en bienvenida. Karla admiró la fachada principal y el arte gótico la fascinó.

—Hermosa, ¿cierto? —Gaby le susurró.

—Sí, pero en las torres veo hombres reparándola. Es una pena que el tiempo acabe con algo tan bello.

—También las guerras destruyen. Vamos adentro.

Cruzaron el portal y tardaron en acostumbrarse a la penumbra del interior. Caminaron hasta el altar sentándose a contemplar la cascada multicolor que atravesaba los vitrales que ilustraban pasajes bíblicos. Karla imaginó que si el recinto hablara, les contaría sobre coronaciones, matrimonios reales y misas de victoria. El rosetón de más de nueve metros de diámetro la sorprendió.

¡Cuánta gente! David y Sam duraron poco adentro y se excusaron argumentando que estaba muy oscuro. Nelly y Andrea los siguieron.

—¿Alguien interesado en las gárgolas? —invitó Tim.

Óscar saltó de su asiento y lo acompañó. Gaby y Karla se acercaron al altar. Por primera vez comprendió un poco de la religión. Siempre se había preguntado por qué las personas se hincaban al entrar a ciertos lugares sagrados. Esa tarde, reparó en que las obras de arte, al transmitir la grandeza de Dios, movían al alma a ponerse de rodillas en señal de humildad.

Una anciana balbuceaba un rezo y encendía unas velas. Al verla tuvo ganas de imitarla, pero ¿qué motivaba a esa mujer? ¿El fanatismo, la tradición o la persona de Cristo? ¿Cómo saberlo?

* * *

—Rumbo al Arco del Triunfo —indicó Tim.

Los Campos Elíseos, una de las avenidas más famosas del mundo, los guiaría a su destino.

—Esta ciudad está sobrepoblada —le comentó Óscar a Karla.

Ella asintió pues la acera parecía un hormiguero. Jóvenes, viejos y niños caminaban o simplemente permanecían de pie en espera de algo. El grupo continuó su peregrinación y Karla se rascó la barbilla. En ninguna foto había observado una enorme bandera de Francia ondeando en medio del Arco. Tim caminó y vigiló que ninguno se rezagara, pero al intentar cruzar la calle, unos policías lo impidieron. Entonces Sam señaló que ningún automóvil transitaba por las cercanías.

—¿Venimos en algún día festivo? —indagó David con una mueca.

—No lo sé —Tim contrajo las cejas—. Quizá debamos volver al metro y visitar algún otro punto.

Se abrieron paso entre la muchedumbre hasta la entrada del subterráneo que resultó bloqueada. De repente, la gente se aglomeró en las orillas y Nelly gritó: —¡Un desfile!

Los muchachos se pararon de puntitas para contemplar a los caballos con esbeltos jinetes que atravesaban los Campos Elíseos, seguidos por motociclistas y bandas de guerra. Gaby y Tim les avisaron que se comunicarían con Dan McGregor para preguntar qué hacer. Buscarían un sitio con menos bullicio para marcarle. Karla tomó su cámara. No todos los días se veía una procesión tan majestuosa.

Nelly y Andrea la imitaron, luego se percató de que los tres chicos se alejaban y los vio sentarse contra una pared para dormitar. Patético. Solo ellos desperdiciarían una oportunidad como esa. Los minutos transcurrieron entre soldados, tanques de guerra y unas bailarinas que amenizaban el festejo. En medio de tantas fotos, Karla se fijó que mucha gente se acercaba para ver. Trató de localizar el rincón donde los tres chicos del grupo dormitaban, pero le fue imposible.

—Regresemos con los demás —Karla le dijo a Andrea—. Me da miedo perderme.

—No seas ridícula. El lugar no es tan grande.

Sin embargo, Nelly apoyó la propuesta. También le intimidaba la multitud que se apretujaba a su alrededor.

—¿Vienes, Andrea?

—Detrás de ustedes.

Karla y Nelly se abrieron paso entre la muchedumbre. Ya no llovía, pero el día estaba nublado. Eso impedía que sudara, pero sintió una humedad en su frente debido a que la reja donde había divisado a los del grupo se extendía por varios metros y en ningún punto lograba identificar la gorra de Óscar o el cabello de David o las gafas de Sam. Nelly los encontró primero y se acercaron con presteza.

—¿No tienen sueño? —las interrogó Óscar.

Las dos confesaron que aún no.

—¿Y Andrea? —Karla preguntó pero nadie respondió. Andrea no venía detrás de ellas.

Foto por Eduardo Roldán

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D.R. ©️ Keila Ochoa