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¿Por qué acepté ese perfume?

Si nuestras decisiones nos han llevado a tener un “olor desagradable”, no intentemos limpiarnos con un baño

Por Andrea Hernández González

¿Alguna vez has tomado una mala decisión, aun sabiendo que las consecuencias serían terribles? A mí me acaba de suceder. Bueno, más o menos. Fue de una manera muy superficial, pero creo que puede trasladarse a un plano más espiritual y cotidiano. Primero te lo cuento.

El otro día, entré a una tienda departamental por la puerta donde ofrecen muestras de perfumes. De lejos vi a una persona lista para atacar mi muñeca con la fragancia de una marca que para mi gusto es demasiado fuerte y aseñorada. Lo que menos quería era que me impregnaran ese perfume, pero sentí que me vería muy grosera si me negaba, así que accedí con una sonrisa fingida. Lo olí en mi muñeca y me mareé horrible.

Pude haber dicho “No, gracias”, con una sonrisa más sincera, ¿por qué no lo hice? Me arrepentí de inmediato, pero era tarde. Me lavé la mano, me tallé para quitarme ese olor tan molesto, sin embargo, solo provoqué extenderlo a la otra muñeca y la blusa. Minutos después, me encontré con mi prometido.

Él se dio cuenta que ese olor no iba de acuerdo con mi personalidad y hasta le pareció fastidioso. Intentamos ignorarlo, pero fue imposible. Estuve de mal humor, mareada e incluso, con náuseas. Creo que él sintió que estaba saliendo con su tía más que con su novia y resultó incómodo para ambos. Todo por no decir que no cuando era oportuno.

Fue mucho mi coraje para una experiencia tan vana, pero me llevó a reflexionar sobre las veces que he tomado malas decisiones en cuestiones más serias, aun cuando sabía que las consecuencias serían nefastas.

Muchos errores cometidos provocaron que mi relación con Dios, con los demás y conmigo misma se vieran quebrantadas, y me aflige pensar en personas a mi alrededor que están tomando decisiones destructivas debido a su necedad.

Recordemos algún olor que consideremos penetrante y repulsivo. Ahora, imaginemos que está impregnado en nuestra piel, ropa y cabello. Y lo está porque decidimos que así fuera, pues nos dio pena quedar mal con el que nos lo ofreció.

Nos escondemos, lavamos y cambiamos la ropa, pero nada funciona. Nos damos cuenta de que los demás también nos huelen y vemos en sus reacciones que su percepción de nosotros cambió de manera negativa. Terminamos convenciéndonos de que merecemos el rechazo de cualquiera, pues ya ni nosotros nos toleramos.

Tal vez el ejercicio anterior suena ridículo y fatalista, pero me ha pasado que al caer en pecado, me siento como si un perfume insoportable se adhiriera con fuerza a todas las áreas de mi vida y se vuelve un martirio deshacerme de él.

Cuando decidimos seguir un estilo de vida impregnado de pecado, este inyecta a nuestra mente la constante y profunda mentira de que es imposible salir de esa situación y de que ahora es parte de nuestra identidad, la cual no merecemos limpiar. Pero, esta no es la identidad que Dios nos dio. Es correcto reconocerlo y acudir al Único que puede limpiarnos de toda maldad: Jesús.

Si nuestras decisiones nos han llevado a tener un “olor desagradable”, no intentemos limpiarnos con un baño. Los esfuerzos humanos solo cubren los problemas de manera superficial, pero tarde o temprano vuelven a salir, hasta con más fuerza. Lo que necesitamos, entonces, es erradicar de raíz lo que causa ese “mal olor”.

Podrá ser doloroso, pero como resultado tendremos una nueva oportunidad de alinear nuestros caminos con Dios. El único esfuerzo que tenemos que hacer es rendir nuestra voluntad a Dios y dejar que Él nos transforme:

“Vengan ahora. Vamos a resolver este asunto —dice el Señor—. Aunque sus pecados sean como la escarlata, yo los haré tan blancos como la nieve. Aunque sean rojos como el carmesí, yo los haré tan blancos como la lana” (Isaías 1:18 NTV).

No somos perfectos y en ocasiones fallamos. Sin embargo, estoy hablando de aquellas veces en las que nos encontramos conscientemente ante una disyuntiva en la cual conocemos bien los inconvenientes de tomar la decisión tentadora. Lo peor es que aun sabiendo el riesgo, tomamos el camino que Dios nos marca como incorrecto. ¡Cuántas veces he alertado a conocidos y seres queridos del dolor y esclavitud que las consecuencias les traerán!

No permitamos que esto suceda. Pidamos consejo para rendir cuentas a alguien de confianza, que nos ayude a aferrarnos a las promesas de nuestro admirable Dios. Dice la Biblia en la primera carta de Pablo a los corintios, capítulo 10, versículo 13: “Cuando sean tentados, él les mostrará una salida, para que puedan resistir” (NTV).

Confiemos en Dios. Sé que es difícil. Lo he vivido. Conozco lo que implica bañarse de olores fétidos espirituales. Pero me he arrepentido y he aprendido a obedecer a mi Dios, sin hacer tantas preguntas, pues al final he recibido su protección, bendición, sabiduría y respuestas que me han dado paz y plenitud.

Él promete: “Pues yo sé los planes que tengo para ustedes —dice el Señor—. Son planes para lo bueno y no para lo malo, para darles un futuro y una esperanza” (Jeremías 29:11 NTV).

Foto: Brenda García B.